Tus convicciones no valen nada: son huesos de papel y músculos de ceniza. Lo entenderás en cuanto veas cómo se abre paso el deseo con un lanzallamas.
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–Nadie merece ser tratado como el ser humano trata a sus semejantes –dijo un muchacho esquinado en el bar.
Tenía razón la cerveza, que hablaba por él como un sabio. Luego salió a la calle y se puso a patear piedras para sacarse la mala sangre.
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Quienes ven un peligro en cada esquina, objeto o acto deberían considerar la posibilidad de mudarse al único lugar donde serán invulnerables: una confortable tumba.
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Voy a pensármelo dos veces antes de morirme, dijo el suicida, no sea que por culpa de algún dios zumbón me vea aquí de nuevo entre vosotros, midiendo sombras, a bolsillo vacío, bien retostado y remuerto en vida.
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Comenzamos el viaje como desconocidos. Pronto salvó esa frialdad y empezó a hablar. En el cristal se sucedieron los yermos, los polígonos industriales, las cuchillas del viento y las paradas desnutridas. En todo el viaje mi compañero no me concedió un silencio. En la última parada del autobús me prometió una amistad incondicional.
Nos entendíamos bien. Yo solo escuchaba.
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Desengáñate: te conviene engañarte para seguir en pie.
La verdad se reseca en el sur entre desiertos, buitres encorbatados y parlamentos de orangutanes. En el norte está hundida bajo la nieve o diseccionada sobre la mesa del forense: aquí el hígado de la verdad que no pudo ser, más allá los ojos aún abiertos de la otra verdad que asesinaron ayer, no muy lejos los huesos de aquella certeza que nunca llegó a caminar. Le habrán cortado las piernas.
Pero no importa, nos informa el forense, aún es posible salir a la calle, aún podemos respirar.
Imagen: Juan Rulfo

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