En el mundo de Carrick





En el relato “Exilio”, del escritor americano Edmond Hamilton, un grupo de escritores de literatura fantástica hablan de la posibilidad de crear un universo paralelo, un mundo imposible. No es nada nuevo, solo su trabajo. Entre ellos se encuentra Carrick, que les recuerda lo que ya saben: que ha fundado un universo nuevo para sus novelas. Luego añade: no solo he inventado ese universo, también me he visto obligado a vivir en él.

Esa confesión atosiga a sus amigos. ¿Vivir en tu mundo imaginario, salir a la calle y descubrir sus limitaciones, ser uno más entre los fantasmas de tu imaginación? 

El whisky escocés no les impide discutir algunos detalles de ese mundo. El mundo de Carrick es un planeta con seres a medio civilizar, que se debaten entre la barbarie y las supersticiones. Un mundo que permite la vida, pero que también la amenaza sin descanso. 

Era un mundo adecuado para mi narración, asegura Carrick, y solo faltaba un detalle: su creador. Decide entonces incluirse en ese nuevo mundo, habitar esa realidad de la ficción. Luego se durmió extenuado. 

Al despertar se encontró en ese otro mundo, hijo de hijos que habitaron ese mundo, familiarizado con cada detalle. Solo una cosa le distinguía de sus semejantes: tenía la creencia de haberlos inventado a todos. Nunca se atrevió a decir nada. Temía que lo tomaran por un loco.

Un día, cansado de ese otro mundo, Carrick siente la necesidad de regresar. Pronto descubre que el regreso no es posible. El billete solo era de ida. Atrapado en ese otro mundo, Carrick terminó por llevar allí la misma existencia que en el nuestro, y se ganó la vida escribiendo historias.

El relato de Edmond Hamilton no acaba, solo se detiene. Un amigo le pregunta a Carrick cuándo volvió a nuestro mundo. Él no se alarma y responde: “Nunca regresé”.

Todos estamos atrapados en el contrahecho mundo de Carrick, dando vueltas en un tiovivo mal alquitranado, arrastrados por una novela cuyo absurdo se renueva, sobreviviendo entre el espanto y el humor desesperado.  

No me preocupan las torpezas del autor o su desdichado argumento, solo me inquieta la repetida incapacidad de los personajes para contradecir a su creador y dignificar  ese invento.



Foto: Gilbert Garcin

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