El monstruo ama su laberinto, de Charles Simic





  Si ves a Charles Simic subir a la torre de telecomunicaciones, huye. Es un francotirador cuyas balas se fabrican en el suburbio del humor trágico, de la metáfora dentada, de la ironía en forma de espejo colectivo. Los apuntes de El monstruo ama su laberinto se nos presentan como una colección de objetos encontrados en la calle, una acumulación de minucias, desórdenes y patologías que nos llevan sin error hacia las obsesiones de su autor, y luego, a través de él, hacia la dudosa realidad. Esos objetos contienen no tanto la personalidad del coleccionista como la fotografía de un tiempo: es la biografía como medio para repensar una sociedad; son las costuras innobles de nuestro pensamiento, son las navajas afiladas que se clavan en el estómago del lector, son las aforismos que aspiran a la certeza por el camino embarrado de la intuición, son faros de coches que atraviesan la niebla de un prejuicio, son calles abarrotadas al mediodía, justo cuando una angustia nos crece por la garganta y se duplica en los ventanales de las cafeterías y las oficinas bancarias. 
     Simic abre un paisaje alucinado y a la vez cotidiano, la fábula dentro de la fábula de cada día, justo cuando creíamos tener un destino. Eso es lo que puedes encontrar en estos cuadernos de apuntes premeditados y golosos, convencidos de que la imagen es la autopista más exacta hacia el pensamiento, libres del dogma y tranquilos en la conjetura, como quien pasea una media sonrisa y una pregunta múltiple, sin caer nunca en la carcajada o el patetismo.
           Pocos como él han sabido esquivar los lugares comunes que minan cualquier afirmación, esos gusanos invisibles del lenguaje que terminarán por devorarnos en cuanto nos confiemos un poco. 
       Es cierto, somos escritores de necrológicas que están de vacaciones, traficantes de símbolos, ridículos espías de nuestra propia conciencia.  Al menos en sus páginas encontramos a alguien que sabe reírse de nuestra infecciosa seriedad.


Sobre un disparo de Joubert






Me detiene un aforismo de Joubert: “Vemos todo a través de nosotros mismos. Somos un medio siempre interpuesto entre las cosas y nosotros”. La intuición es desoladora, porque esconde una incapacidad general que nos hunde a todos, un cárcel perpetua. Preferimos omitir esa enfermedad, convertirla en esa bisutería llamada personalidad, o aún peor, elevar nuestra torpeza a convicción. 
 

En realidad Joubert nos está disparando a la cabeza, a bocajarro. Nos dice: no ves nada, excepto a ti mismo. Nunca escuchaste a nadie, excepto lo que tu aterrado cerebro permite escuchar. No tocabas: te reconocías. Estás siempre en medio, interrumpiendo lo que sucede, ahogado por ti mismo, como una niebla constante. 
 

Alguna vez, quizá, con suerte o por olvido, tras un gran esfuerzo, como el simio que utiliza por primera vez una herramienta, llegarás a ver al otro, a entender una milésima parte de lo que dice o quiere. El resto, lo desees o no, es una celda de aislamiento, eres tú discutiendo solo, como ese conocido que afirma que él escucha, que sabe estar con los otros, ese conocido tan parecido a un muro de hormigón.





Imagen: Amy Friend

Intervalos




He recopilado todos sus mensajes para componer un retrato, pero el resultado ha sido monstruoso: la imagen era un espejo del recopilador.



Si depositas tu cuerpo en una cuneta, sin protocolo y sin aviso, serás bendecido por la naturaleza. No olvides, sin embargo, que nunca serás un símbolo, siquiera una mueca. Hierba sola serás. Hierba que se abre paso entre el asfalto.




Cuando hablo hay alguien detrás de mí que me corrige, alguien que se me parece pero que no soy del todo. Cuando hablo hay alguien detrás de mí que dice, con sabiduría, cállate. Cierra la boca. Escóndete. No vayas. Tu lugar es la página, repite. Sé que miente, pero hace años que acepté su demencia. El engaño no es un refugio, es el mundo.


Vivía sin remordimientos, sin esperanza y sin deseo, sin necesidad de Stasiuk o de Herbert, sin iglesias y sin excusas, sin hermanos y sin amigos. Lo vi una tarde y era como si no estuviera, como si la realidad se hubiera escondido en un lugar inaccesible para él. Era un no sabría, un tal vez, un desesperado todavía, un no sé, no hay, no quiero. Esperaba como una columna, absuelto por el tiempo, casi piedra. Las manos nerviosas le extrañaban. Su cuerpo era de otro. La voz sonaba como una ficción levísima, como si hiciera contrabando con el silencio. Vivimos, pero a veces, sin saber cómo, ese verbo no dice nada.




Baja la voz. El grito es una cobardía y un disfraz. Baja la voz. Deja que el pánico baile en silencio hasta el amanecer.




Alguien te reclamará de nuevo para que cumplas lo pactado. Debes huesos, ojos, extremidades. Debes nombres, ciudades, promesas. Llamarán para recordarte tus compromisos. Hay responsabilidades que no puedes incumplir. Hay horarios, proyectos, favores, amigos, acreedores. Respira y acude: es tu obligación. No te quejes. Levanta la cabeza. Alégrate de estar vivo. Sonríe, desgraciado.




El camarero soñoliento avanza con el café como quien está fuera del mundo. La fila de escolares canta desganada tras una profesora furiosa. Los dos abuelos han intercambiado sus medicinas. Las calles se han embarrado de mediodía. La mujer de la esquina sigue inventando excusas para no ver a nadie, siquiera a sí misma. Las hormigas han hecho colonia en una esquina de la cafetería. No se lo digas a nadie: permite que avancen, que tomen la calle, la ciudad, el mundo. Así será más fácil escapar.



                                                         Imagen: David Denil

Retrato de los meidosems




El tiempo de los meidosems es nuestro tiempo, y en ellos se reproduce y multiplica nuestra perplejidad. Vienen disconformes y aturdidos, con vendas que son máscaras. Alzan el vuelo pero no se elevan. Gritan, pero no es posible escucharlos. No es difícil verlos caminar hundidos por sus esperanzas, en busca de una alegría que solo sucede justo cuando no se piensa en la alegría.


En ellos nos descubrimos ajenos, como nos sucede ante el espejo, porque no hay mayor desconocido que uno mismo. Sus cabezas surgen por las chimeneas, se abren paso entre las ruinas, saltan de las cloacas: son cabezas sedientas, febriles, confusas. Vuelven agotados del trabajo para dormir en sus cajetillas de tabaco, para arder y ser humo. Algunos viven en un palacio en ruinas, sujetos a unas cuerdas que no necesitan, pero sin las que no saben vivir. Otros se mezclan, desplomados en la multitud, como partículas cada segundo más diminutas.


Los meidosems son elásticos y su fe es vaho. Tiemblan como fósforos estremecidos por su naturaleza, muñecos que mantienen la compostura y la sonrisa, aunque estén envueltos en desperdicios.


Los seres imaginarios funcionaban para Henri Michaux como medicinas frente a la realidad, allí donde solo encontraba tremedales del pensamiento, desamparos envueltos en justicia, caídas y disimulos. Inventaba estos animales de la ficción para que se interpusieran entre él y lo cotidiano, entre la enfermedad y su conciencia, y mientras ellos absorbían los golpes, él podía observar lo real con distancia, y por esa vía encontrar un pliegue para respirar, un salvavidas, quizá una grieta hacia la reflexión. 



Esos personajes solían aparecer en sus viajes, en una especie de invención protectora con la que su mente cuidaba de sí misma. Los personajes eran trincheras. Pero no hablamos solo de viajes físicos, sino también de viajes mentales y biográficos, aquellos viajes en los que debemos atravesar el dolor, la impotencia o el absurdo. Los seres imaginarios se encargaban del trabajo sucio: comprendían la tierra hostil, se armaban contra ella, descubrían la maravilla y el horror, el ofrecimiento y el castigo. Los seres imaginarios de Michaux son como las protecciones de un boxeador durante un entrenamiento: salvan de la conmoción y acolchan nuestra torpeza.


No quiere contarnos con este libro una historia el escritor francés, sino ensayar una etnografía de los meidosems. Estos individuos nacen y se disuelven sin descanso, y lo único relevante son sus costumbres y manías, sus fervores y debilidades. Más allá de la etnografía, la otra mirada más frecuente en estas páginas es la de un zoólogo caprichoso que ha derivado hacia la poesía. Por eso no debe extrañarnos si leemos:

     Esférula contraída de cabeza de insecto, de cabeza de libélula, coronando altiva un paso danzante, un porte campesino.
   Y siempre esta cabeza inquieta, semejante a la que lleva el ratón sobre su cuerpo al encuentro de los quesos envenenados, el grano esparcido y los tejidos abandonados.
    Cabeza para triturarse.

La traducción y el epílogo de Chantal Maillard son ejemplares, y también a ella debemos agradecerle este libro entrecortado, apabullante, torturado y beneficioso, este libro que no se acaba nunca.


Suite catalana



Resumen del estado de la cuestión (versión A): una jauría de votantes apalea a miles de policías inermes y despistados, invade colegios, secuestra urnas, utiliza a sus ancianos como escudos humanos y devora a la democracia depositando su voto.


Resumen del estado de la cuestión (versión B): un gobierno de chacales secesionistas, sedientos de carne virgen, violan a la Constitución con la colaboración de cientos de miles de descerebrados armados con banderas y papeletas dentadas.


Resumen del estado de la cuestión (versión C): la legalidad será hoy lo que nosotros digamos que es la legalidad, y en ese nosotros caben dos gobiernos. ¿Y mañana? Según nos parezca.


Resumen del estado de la cuestión (versión D): la participación será una hipótesis y el resultado de las votaciones una hermosa conjetura o una leyenda rusa. Del otro lado cada manifestación multitudinaria será considerada un alboroto vecinal y cada huelga una cacerolada convocada por radicales sanguinarios.



Resumen del estado de la cuestión (versión E): los diez mil agentes de la policía enviados a Cataluña eran ángeles constitucionales que han promovido la fraternidad universal, la lengua vernácula, la música de raíz, la democracia representativa y una saludable convivencia.


Resumen del estado de la cuestión (versión F): desde este momento la democracia se defenderá incautando urnas, apresando papeletas, invocando censos universales, reventando puertas de colegios, contabilizando augurios, regalando porrazos a los votantes, insultando al adversario, regalando claveles, ignorando la ley, desplazando guardias civiles en transatlánticos, considerando inexistente lo real y lo real inexistente.


Resumen del estado de la cuestión (versión G): la democracia también se defenderá convirtiendo un colegio electoral en la escena de una película de los hermanos Marx, con vocales que huyen con urnas por la puerta de atrás, improvisados coros patrióticos en mitad de una cancha de baloncesto, periodistas que corretean tras un político aturdido y una bandada de policías rebuscando entre pupitres y taquillas los instrumentos del delito.


Resumen del estado de la cuestión (versión H): la violencia en nombre de una patria es el sistema más rápido para convertir a dos idiotas en dos héroes.


Cómo deshacer cosas con palabras



Si la mentira es un juego de lenguaje que debemos aprender, como defendía Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas, es porque el lenguaje mismo es una forma de encubrimiento, un maquillaje social, un sistema de evasiones y disimulos. La sinceridad es solo un planeta deshabitado y gaseoso, algo que se presupone en la comunicación, pero que solo es percibido como un ideal. Acaso no existe escritor que no haya observado esa materia contradictoria con la que debe edificar su casa. Vista así, la literatura es siempre, como comprendió Kertész, una confiada negación de sí misma, una celebración de su propia incompetencia, una imposibilidad que sonríe.

Escribimos contra el lenguaje y contra nosotros, o no escribimos. Esos engaños hacen de la memoria un pasaporte falsificado: inventamos cuando creemos recordar. Cada biografía es  una reunión de fantasmas. 

La teoría de los “actos de habla” de J. L. Austin proponía una perspectiva distante, casi glaciar: había que acabar con las oposiciones de lo verdadero y lo falso, y hablar de actos desafortunados o no. Para Austin la insinceridad era un abuso, pero también un presupuesto conversacional. No existe en su teoría una mentira pura y abstracta, sino la mentira como recurso: el que miente lo hace para obtener cierto beneficio. La mentira que se da en la conversación cotidiana trama una realidad, eleva una estrategia y espera engañar al interlocutor. El arte, sin embargo, nos rescata de ese juego.

En el poema, en la fotografía o en la danza no hay verdad, no en el sentido en que utilizamos la palabra verdad en una conversación. Lo que vemos es juego y representación, y se nos muestra como tal. Todo encuadre es ficción, todo punto de vista del narrador también.

El arte es una fábula dentro de la fábula de la realidad, pero no pretende engañarte, no quiere que creas en nada, no te dice lo que debes pensar. Es apariencia, y en su apariencia, en su mentira esencial, es verdad. Acaso la única verdad que podemos rozar. La literatura es inútil porque no da respuesta, porque su función es no dar respuestas, y esa capacidad para contradecirse y para cuestionarlo todo es una de las pocas vías que nos quedan para socavar los relatos de la verdad.

La literatura debe atravesar la realidad y ser parte de la vida, pero debe conseguirlo sin caer en sus trampas. Por eso necesita la escritura defenderse de sí misma, evitar los automatismos del lenguaje, deshacerse de cuanto la empuja hacia la exhibición, la autodefensa y la tesis, que son los motivos habituales de su hundimiento.

No, la literatura no es constructiva. La literatura solo aspira a deshacer cosas con palabras (por hacer un juego con el título del libro inevitable de Austin, How to do things with words). Es como un niño que se ha propuesto desmontar el mecanismo y descomponerse a sí mismo, un niño insoportable e irreverente tal vez, habitualmente equivocado, pero también medicinal.

Escribimos para deshacer cosas con palabras. Cuando nadie se proponga esa labor será cuando el engaño, el encubrimiento del lenguaje, ese que usamos cada día para inventarnos, haya ganado la batalla y ya no sea posible jugar.


Un breve paseo con Chéjov




Chéjov nos dice en sus obras: aquí estáis en la intimidad y sin retoques. Esto es lo que sois. Decidme ahora que no somos lamentables, incoherentes y débiles. Decidme si el orgullo no es ridículo. Acaso un hilo de poesía servirá para beberse esta vida.

Tío Vania es una obra maestra en la que no sucede nada mientras sucede la vida. Los personajes que habitan la dacha sufren en silencio y sin tormento, no desean nada y no necesitan nada, caen una y otra vez, pero los golpes son invisibles. A veces se elevan, pero saben que nunca llegarán a nada, que son nada, como lo somos todos. Hojas que esperan su invierno, animales atemorizados que sobreviven en el bosque incomprensible de la existencia, desperdicios de una fiesta que nunca fue como soñamos.

Chéjov nos convence enseguida porque no nos engaña, porque no tiene prisa ni quiere aleccionarnos. Chéjov sabe que la literatura solo funciona cuando la historia, el drama, nos llega de forma indirecta. Es así como surge, sin darnos cuenta, como una medicina que estaba disuelta en el té, su arte para la sugerencia, esa corriente subterránea que recorre todos sus libros. Los dramas suceden fuera, o nos llegan cuando ya han sucedido, cuando no hay remedio. Vemos al personaje que expresa un sueño y cómo se desvanece luego, casi sin darnos cuenta; vemos los pasos de un deseo que pronto será rechazado. La gloria y el horror, si existen, están lejos, son como cartas que llegan desde Siberia o desde Moscú y que interrumpen la tarde, esa vida detenida de provincias, mansa, remota, almohadillada, y solo íntimamente, solo en las palabras que quisieran ser amables, son una tragedia múltiple.

Chéjov nos enseña lo que somos cuando no tenemos que interpretar un papel, nos lleva de la mano hacia lo privado, allí donde nadie cree demasiado en sí mismo, donde las ideas se pueden defender, pero no valen más que el calor del samovar o la belleza de aquella persona que nunca llegó a entendernos.

Los de Chéjov son libros amargos para gente con humor, escribió Nabokov. Sin ese humor –añado–, sin esa distancia de seguridad, la realidad se vuelve insostenible, apenas una farsa siniestra. La misma frase es en Chéjov a la vez cómica y triste, y siempre cierta como una hierba del camino o una silla en su esquina. Palabras que sirven para reírnos de nuestra cotidiana locura, palabras que nos explican, pero que no nos absuelven.