Ese tipo improcedente

Imagen: Ben Benowski


Estaría bien marcharse, me decía, y miraba al cielo, aquel cielo nocturno e irreal, punteado de estrellas, y el océano a lo lejos le llamaba como un cuerpo desnudo, y sentía el abandono y quería perderse allí, en lo negro y líquido, en la espalda oscura del silencio, donde la luz no llega.

Luego se metía en el coche y conducía durante
horas, sin rumbo ni sentido, como un vagabundo encapsulado. A veces aparcaba en alguna calle mal iluminada, donde nadie pudiera verle, y allí se quedaba mirando a ningún sitio, contemplando el secreto desfigurado de la ciudad, su rostro enfermizo, las aceras vacías que se suceden y repiten como una pregunta angustiosa que nadie quiere responder, las farolas de luz amarillenta que dialogan cada noche con el asfalto en un idioma que nadie quiere traducir, los edificios que no dicen nada, que sólo hablarán cuando se desplomen, cuando esta ciudad no exista y la tierra vuelva a imponerse. Allí, dentro del coche, en silencio, miraba a ningún sitio y lo veía todo.

Tal vez en otro lugar sería posible la vida, me decía, pero aquí no.

No tenía mujer ni hijos, ni parecía tener familia alguna, y acaso yo era su único amigo.

De sus obsesiones hizo una religión y de su autodesprecio una metafísica. Yo le decía: “Estás embarcado en este juego, no aflojes ahora”. Pero él se volvía y miraba al suelo o a lo lejos.

Le fascinaban las fotografías de Billy Monk, el sudafricano que fotografió a los parroquianos del Catacombs Club de Ciudad del Cabo en los años sesenta. En esas fotos, disparadas en mitad de la noche, hay marineros de todo el mundo, prostitutas, travestis, ejecutivos disparatados o comerciantes perdidos, todos borrachos, todos a la deriva. En el ámbito opresivo de aquellas fotos se reconocía.

Imagen: Billy Monk

Decía Pessoa que hay una forma de convertir el sufrimiento en placer, y es extremando ese dolor, agrandando su sombra, para así sentir el exceso, el placer de lo que se derrama y supera su naturaleza. Pero él no conocía ese método, y todo se le quedaba dentro, como quien guarda en el armario de su habitación una bomba de relojería.

Un día me dijo: “Soy ese tipo improcedente al que nadie necesita saludar. Soy el que no tiene un elogio para ti, el que no sabe darte la mano adecuadamente, el que no sabe tratarte como te mereces. Soy el que no entiende, o el que entiende de otra forma, y debe callar lo que intuye para no ser tratado como un loco. Soy innecesario, como todos lo somos. La única diferencia es que yo no encuentro nada que distraiga mi atención. Estoy encerrado en ese lugar al que nadie quiere llegar.”

El espejismo


Partiendo de Gödel, cualquier sistema complejo que intente establecerse sobre axiomas está condenado a contener proposiciones en apariencia verdaderas, pero cuya falsedad o verdad no pueden ser verificadas dentro de ese sistema.

Ese sistema complejo puede ser, por ejemplo, las matemáticas.

Según Gödel es necesario introducir un nuevo axioma, externo al sistema, para confirmar o negar cada proposición. El problema es que cada vez que se introduce un nuevo axioma en el sistema se crean nuevas proposiciones cuya verdad o falsedad no pueden ser demostradas.

Es como si intentáramos saber lo que hay detrás de una puerta cerrada sin abrirla. Utilizamos un aparato (el nuevo axioma) que nos permite resolver nuestra duda, pero ese aparato crea a su vez una nueva puerta. Desconocemos lo que hay detrás de esa nueva puerta, y el aparato no sirve, necesitamos otro.

Esto significa que las matemáticas son “incompletas” por naturaleza. Esa ilógica fundamental no impide que las matemáticas prosigan su camino. Para ello un matemático debe refugiarse en algo esencial, pero poco matemático, el sentido común.

Ese sentido común concede a las matemáticas la posibilidad de ser el fundamento de una parte de nuestra realidad, haciendo que los edificios no se derrumben, los aviones no se caigan y puedan existir procesadores de textos. Aquí la teoría debería colisionar con la práctica, pero la práctica ha decidido ignorar a la teoría.

Algo parecido ocurre con la literatura. No existe ningún fundamento para ella. No hay proposiciones que verificar, ya que como proposiciones carecen de lógica.

En ese sentido la literatura es la noche o el vacío. Sucede, y los lectores respondemos con felicidad o desagrado ante una página, pero no existe ningún método para demostrar nada.

Escribimos un elogio del silencio, una novela apaciguada o violenta, un libro que contiene infinitos libros, un poema sobre el cuerpo deseado o un ensayo sobre las paradojas, pero todo pertenece a un juego sin reglas, a una sucesión de experimentos que no pueden dar resultados objetivos, que para unos son medicina y para otros son veneno.

Me gustaría alcanzar un consuelo, un alivio, pero no existe.

Quizá lo mejor de la literatura es precisamente eso, que se trata de un espejismo. Mientras perdura esa imagen, mientras nos impulsa una sed, todo parece tener sentido.

Esta tarde, por ejemplo, puede ser literatura. Este sol leve que se posa en las aceras está llenando la ciudad de sílabas. Este silencio que sucede ahora y siempre, esos adolescentes en sus bicicletas, la ventana desde la que veo el colegio, este libro de Andrade que me acompaña sobre la mesa, todo es un espejismo y una fiebre. Sucede y no sucede al mismo tiempo.

Cosa nostra



La revista digital la mancha, que dirigen Nicolás Melini, Juan Carlos Chirinos, Juan Carlos Méndez Guédez y Ernesto Pérez Zúñiga, acaba de publicar en su último número un relato inédito, titulado "Cosa nostra", que pueden leer pinchando aquí.

Baste como excusa para invitarles a recorrer ese espacio, donde también podrán leer trabajos de escritores como Alfredo Bryce Echenique, José María Merino, Fernando Iwasaki, Hipólito G. Navarro, Juana Salabert, Ricardo Menéndez Salmón, Blanca Riestra, Carlos Franz, Andrés Neuman o Enrique Vila-Matas.

En la sala de espera



La misma señora y la misma sala de espera del dentista, como cada año. Me dice que me conoce, pero no creo a la señora, no sabe mi nombre ni de donde soy, pero habla y habla, y ve que estoy leyendo y dice que a ella le gustó leer a Sam Savage, su Firmin. Le digo que bien, que el ratón de Savage sabe escribir novelas, quizá porque las escribe sin miedo, como si bailara. La señora exige que me explique, pero no lo hago. Me callo, y por dentro me pregunto por qué todo el mundo quiere que todo sea explicado, que nada se quede bailando, para que en ese baile sea lo que cada uno quiera.

En la sala de espera hay un hombre llamado Antonio Bordón, que hace no mucho publicó un libro titulado Muchachos, maten a Borges. La afirmación del título se le atribuye a Gombrowicz. El libro es pequeño, casi diminuto, pero está lleno de citas, de escritores, de coños, de deudas y de literatura.


Sigo esperando. Vuelvo a mi libro. Es de Amos Oz, y es agotador. Una historia de amor y oscuridad. Agota su tolerancia sabia, su justo medio, su relación con Shmuel Yosef Agnón (algún día, me prometo, escribiré sobre Agnón) y su prosa que sabe ser lírica o ingenua. Agotan las páginas acumulativas llenas de minucias. Al fondo Jerusalén, y todas las historias de un pueblo y un niño que juega en la interminable biblioteca de su tío y la poesía de Bialik y las genealogías y el yiddish. En este libro todo depende de la página en la que caigas. Husmea, me digo, ya van unas cuantas que merecen ser leídas.

La sala de espera se me presenta como una alucinación. Llueven libros, oraciones, juegos encuadernados, sarcófagos que llaman obras maestras, viejos poemas nuevos, calle abajo los cosacos de Bábel, me asomo a la ventana, Russell ha caído en un charco (el hombre más lúcido del siglo XX nunca entendió a Nietzsche), y todo gira bajo esas nubes orondas, dame la mano, le digo al fantasma, todo gira, la muchedumbre sale de los edificios, es la hora. Mi turno.

Será que estoy loco


Era un mitsubishi colt de 1980, marrón metalizado, y para mí, que tenía cuatro años, era una máquina espléndida llegada desde otro universo y conducida por ese astronauta, mi padre. Recuerdo el coche al mediodía, brillante y perfecto, como un león que descansa sobre el asfalto ardiente. Sus ojos me hablaban en un idioma secreto.

Pasaron los años y lo que era una máquina novedosa se volvió una cafetera renqueante y cómica. Tenía más de veinte años y era mi turno para conducirlo, y el cuarteado y oxidado mitsubishi colt de 1980 aún no se rendía. Cada día arrancaba con un carraspeo agónico, como si tuviera un cáncer de pulmón y se negara a aceptarlo.

A veces me dejaba tirado en mitad de una avenida de Santa Cruz, y sus semejantes, todos más jóvenes y más fuertes que él, montaban enseguida un coro de pitadas y de insultos a nuestro alrededor. Entonces me bajaba del coche y lo empujaba hasta el arcén. Luego le preguntaba sin palabras: “Vamos, hombre, ¿por qué me haces esto?” Él no respondía, pero sus faros empolvados me miraban con amargura.

Hubo una época en que no quiso arrancar, pero no me resigné. Lo lanzaba calle abajo y lo arrancaba en cambio, y cuando el motor volvía a latir los dos sonreíamos un instante y el viento en nuestras caras sonreía con nosotros.

Pero llegó su momento. Al principio mi padre y yo nos resistíamos a entregarlo al olvido. Preferíamos venderlo por piezas, regalarlo, cualquier cosa antes que la chatarra. Pero nadie lo quiso, como nadie nos querrá a nosotros cuando llegue la hora.

Una grúa lo llevó en silencio hasta la chatarra como si fuera un coche fúnebre.

Ese mitsubishi colt de 1980 es el símbolo de una parte de mi vida. Allí jugué con amigos que ya no tengo, allí soñé que sería ajedrecista, músico o que me moriría de hambre, hasta que un día me descubrí a mí mismo leyendo y ya no quise parar. Allí dormí solo y acompañado alguna noche.

En ese coche estuvo un día Fabio Montes. Era una tarde de invierno, lo acerqué a su casa y antes de bajarse me dijo sin venir a cuento, como abstraído: “El vaso sobre la mesa me habla. ¿A ti no te hablan los objetos? Será que estoy loco.”

En ese momento no le entendí. Ahora sí. No, no estabas loco Fabio, a mí también me hablan los objetos. Me hablan las copas sin vino, los cartones del mendigo, la asquerosa joya en la oronda muñeca de esa dama, los no zapatos de ese no niño de no sé qué país gobernado por el demonio, la basura que mordisquea una rata en mi calle. Todo me habla, Fabio, y no creo estar loco. Pero quizá estoy equivocado. Quizá no somos más que dos locos que arrastran por este suburbio una verdad demasiado pesada.

Abrir una puerta detrás de Hume



En su Tratado de la naturaleza humana niega Hume la posibilidad de conocer el yo, pues esa idea no se deriva de ninguna impresión. Escribe Hume (lib. I, parte IV, sec. 6): “No puedo atraparme a mí mismo por medio de una percepción.” Y luego añade: “Pero dejando a un lado a algunos metafísicos, puedo aventurarme a afirmar que todos los demás seres humanos no son sino una gavilla o colección de percepciones diferentes, que se suceden entre sí con rapidez inconcebible y están en perpetuo flujo y movimiento.” De esta forma enterró Hume los conceptos de sustancia de los metafísicos y las especulaciones sobre el conocimiento del alma de los teólogos.

En las muchas conversaciones que tuve con Fabio Montes éste aceptaba las conclusiones de Hume, pero a la vez concebía una puerta, una puerta imaginativa, y acaso imaginaria, por la que entrar a un lugar donde explicarnos a nosotros mismos.

Decía Montes que si somos un manojo o colección de percepciones, y esa suma de percepciones, puesto que es cambiante, no puede explicar el yo, quizá sean las percepciones que tenemos de nuestros semejantes, la suma de todas ellas, la que explique y dibuje nuestro rostro.

Esa propuesta tiene algunas implicaciones fabulosas. Implica que sólo podemos conocernos cuando somos capaces de sintetizar el conocimiento que poseemos de los otros. Implica que la palabra semejantes, es un término literal, y que cada persona es todos las personas, y que nuestro yo es universal y común. Implica que para llegar hasta mí tengo que ir por el camino que pasa por ti y por él. Implica también, y quizá ahí se equivoque Montes, que todas nuestras percepciones simples pueden conformar una percepción compleja de la que extraer una conclusión, un dibujo nítido.

No sé si Montes estaba en lo cierto, pero no me desagrada pensar que el único método para entrever lo que soy pasa por comprender a los otros.

El último refugio


Imagen: Ben Benowski



Viven para servir a otros, y rara vez se quejan de su condición. No parecen estar, son casi invisibles, pero sin ellos todo se desmoronaría. Quieren al que nadie quiere, al apestado, al loco, al genio, al insoportable vanidoso, a la hermana neurasténica, al depresivo o al amigo enfermo. Callan y trabajan, y su nombre es cualquier nombre.

Se alegran íntimamente cuando las personas a las que cuidan consiguen algún éxito. Pero no les importa estar detrás, casi se diría que buscan la sombra, ese lugar donde las cámaras no llegan.

Joseph Brodsky conoció alguien así, Nadeyda Mandelstam, y le dedicó la más hermosa de las necrológicas que yo he leído. Está incluida en su libro Menos que uno.

El talento no necesita para nada de la historia, escribió Brodsky. Es cierto, el talento se abre paso contra la historia, incluso contra sí mismo. Lo que no puede soportar nadie, tampoco nadie con talento, es la absoluta soledad moral, la ausencia de un último refugio, de una amistad leal que esté más allá del bien y del mal.

“El estoicismo es el suicidio”, escribió Cesare Pavese en las últimas páginas de su diario. Si el único camino es el saber, el camino es un callejón sin salida. Si todo lo que nos queda es autocontrol, entonces no nos queda nada.

Pavese encontró ese vacío último que está más allá de todos los trabajos de la vida: más allá de la subsistencia, de la autoestima y del deseo. Encontró que no había nadie que creyera en él y dijo basta.

Todo sucede alrededor como en una alucinación: herrumbre, azulviscoso, verdemoho, algas.

Pero si tienes suerte, tendrás alguien que cree en ti y en quien puedes creer. No te hinches entonces, sólo resiste y camina.


Decir Porchia



Sostenía Antonio Porchia que sentimos demasiado, pero que comprendemos poco, y lo decía para contradecirse con alegría una vez más, seguro de que sólo en las contradicciones y las paradojas habita nuestra especie.

Saber es menos importante que comprender, y Porchia se pasó la vida luchando por comprender. Hasta que un día descubrió que uno apenas comprende, y luego escribió con un lápiz: “Quien dice la verdad, casi no dice nada.”

Para los enemigos del aforismo el texto debe explicarse a sí mismo, por eso odian o desprecian esas frases de aire rotundo que les obligan a pensar.

Y eso parece suplicarnos Porchia: piensa un poco a mi lado, siente por aquí, adéntrate conmigo para encontrarte a ti. Porque leyendo sus voces uno sólo puede encontrarse a sí mismo, y de todas las imágenes que puede revelarnos una lectura esa es la que más necesitamos.

Para ganarse la vida Porchia no tuvo un oficio, sino todos los oficios. En una entrevista declaró que el amor le había sucedido dos veces, también que era un lector escaso y desordenado. Quienes le conocieron aseguran que era un hombre ingenuo y sutil a la vez.

Hablaba mientras pensaba que no debía hablar.

La verdad es que Porchia era un poeta que no quería ser un poeta. Quizá porque quien es algo no necesita serlo, lo es contra sí mismo y sin porqué.

En la esquina

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Habitan las esquinas del barrio, el umbral de los bares, las mugrientas escaleras del pabellón, cualquier lugar es bueno para ellos si hace sol y no hay nada que hacer, y si es de noche se cobijan en lugares donde la luz de las farolas agoniza. Desde los catorce o quince años vegetan allí como animales del asfalto, fumando en silencio, y a veces su gramática de humo se riza en el aire mientras sonríen. No parecen tener padres, aunque todos sabemos que los tienen. Es mejor no preguntar por ellos.

Empiezan pronto a ocupar los portales de los edificios y los bares de su calle, pero como son gente fiel y de hábitos ciegos, si vuelves veinte años después al mismo lugar, los que no están en la cárcel, siguen en las mismas esquinas, en idénticos callejones, como viejos reyes desdentados de una nación de sombras.

No esperan nada de la vida, sólo los juegos del trapicheo y de la broma. Sonríen cuando se juntan en un rincón del parque, y parece que son felices. Pero en general son gente amarga, gente que huye sin descanso, y que ha elegido para su fuga el camino más fácil: no moverse del sitio, no hacer nada, sólo matar el tiempo.

Ahora, es la moda, han sumado a sus abandonos el placer de la violencia. De todas las violencias. Insultar, por ejemplo, les motiva, les hace creer que son mucho más de lo que son. Durante unos segundos se sienten unos valientes, quizá porque saben que su escasa biografía no es más que una acumulación de íntimas cobardías. Insultan porque ya no les queda otro placer. También aman las peleas, la fuerza sin habilidad, que es el poder de los que no tienen ningún poder. Tienen su propia jerarquía, hecha de detenciones, de noches en el calabozo, de pequeños robos, de insultos a la policía. Todo eso suma, y les entrega galones invisibles que ellos exhiben entre su gente.

Algunos cambian de vida con los años, quizá se enamoran, y terminan en un trabajo que nunca desearon, acarreando cajas, levantando bloques o sirviendo gasolina. Pero son una excepción, no menos amarga que la regla. Casi todos siguen esperando en el portal del edificio, en la esquina del parque, en ese bar que nunca cierra, siguen esperando y se vuelven ancianos, y el tiempo aún no se acaba. Una mala tarde unos jóvenes se acercan a uno y le llaman viejo, y quieren robarle la cartera, esos jóvenes que son como era él hace cincuenta años, pero en la cartera no hay dinero, ni fotos, ni tarjetas, sólo un documento nacional de identidad que no dice nada.

El aburrimiento de Prometeo

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Noticia de un recital.

Los organizadores han disculpado su asistencia por enfermedad repentina. Los amigos preferirían no hacerlo. La familia no ha sido invitada, y de ser invitada dejaría de ser familia. Enemigos no quedan. Los poetas que debían participar recibieron invitaciones póstumas. Las sillas vacías no se atrevieron a aplaudir. Alguien apagó las luces del salón. Sólo las moscas nos esperaban.


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Leer a Juan José Arreola es como visitar una feria: entre un pinball oxidado y una noria infantil hay una víctima que espera a su asesino, no muy lejos se puede ver al ornitorrinco político que bebe cerveza como si fuera agua, y más allá está la jaula donde han encerrado a un hombre encorbatado, y frente a la jaula hay un chimpancé con levita que está a punto de hacerlo desaparecer.

Arreola escribe al ritmo de una marsellesa burlona.


En cada una de sus páginas es posible ver a un niño dispuesto a jugar hasta encontrar una intuición o un asombro. Pero sus juegos no son gratuitos: desde la pesadilla se llega hasta una verdad, desde la fábula al sentido común, desde la aparente cordura al mayor de los absurdos. Todo parece allí convocado para releer a ese extraño animal que sonríe.

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En el paraíso de las grandes soluciones las preguntas son el diablo.


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Lo mejor de poseer una inteligencia enferma es que los enfermeros nunca escasean. Siempre hay alguien que conoce una medicina mágica y desea aplicártela con urgencia. Para mí ya es tarde, te dicen siempre, pero tú aún puedes salvarte. Yo siempre elijo la enfermedad.


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No era un ser humano, sino un dios bajito, aseguraban. Cada vez que hablaba las leyes salían hechas de su boca. Nadie se atrevía a corregirle. Cada vez que se asomaba al balcón una multitud lo esperaba para aclamarle. Buena parte del patrimonio de su ciudad, Bucarest, fue destruido para construir un palacio donde pudiera dormir tranquilo.

Pero en 1989 ocurrieron cosas imposibles, por ejemplo, los soldados no quisieron disparar a unos manifestantes, y en unas horas el dios bajito dejó de ser un dios para ser ejecutado.


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Esta fiesta es como la Biblioteca de Apolodoro, pura mitografía. A un lado los descendientes de los Titanes, con una copa en la mano y sin hambre. Zeus debe ser esa mosca que molesta en la terraza a la celosa Hera. Las Musas beben sangría, sonríen aleladas y se pasan la hierba. El arte no da para más. Apolo está torturando con su charla a Marsias en una esquina. Me pregunto dónde están las hijas de Dánao, las que deben acuchillar a sus maridos.

No me sorprende que Prometeo, en un día de aburrimiento, se dijera: voy a inventar al ser humano. Y luego se puso a modelar con barro unos muñecos.


Stasiuk. La noche. Ladridos.


Stasiuk me lleva hasta una Europa que ignoro, un territorio a la vez descomunal y mugriento: con él atravieso carreteras que van hacia los Cárpatos, hacia pueblos remotos de Polonia, Hungría o Eslovaquia, hacia los establos, los tanques oxidados y las naciones del olvido, hacia la niebla de Tyrawa, hacia valles que ocultan otra época y bares donde los gitanos beben aguardiente de ciruela. La vida va con él, tentadora y embarrada, con su mezcla de porquería y maravilla.

Viajo con Andrzej Stasiuk, con su libro
De camino a Babadag.

Pero me detengo y levanto los ojos del libro: aún estoy aquí, no he conseguido escapar. Voy a la terraza, apoyo las manos en el murete, y ahí está otra vez, como siempre estuvo, esperándome, el mismo barrio achatado con sus farolas de luz amarillenta como altos y encorvados vigilantes. El calor corta la carne blanda de la noche con su navaja invisible. Más allá del barrio veo la autopista, con su perpetuo vaivén de luces blancas y rojas. Es un espectáculo mudo para mí, que estoy demasiado lejos para escuchar su estruendo. Luego viene el océano, sus barrotes invisibles, su oscura nana. Y en mitad del océano, entre las sombras, un diminuto punto de luz marca la posición de un buque mercante, en rumbo quizá hacia los mares del sur.


Sin embargo mis barcos y mis aviones están aquí, a mi alrededor, todos encuadernados y en posición. Sólo ellos me soportan y me entienden. Sólo ellos siguen siendo fieles a mi locura.


No merezco este paisaje porque no sé amarlo sin queja.


Sólo sé que estos perros que ladran en el barrio cada noche también ladran por nosotros. De alguna forma todos ladramos en silencio cada noche con ellos, y todos somos un perro encerrado en la azotea de una casa, y no existe nadie (tampoco los pájaros, los insectos o las personas) que pueda entendernos.


A la intemperie


Imagen: Charly Nijensohn



a Verónica Nash


Hay algo fuera, pero no puede tocarlo: la celda es invisible. Se ha convertido en un actor, en un niño que no sabe vivir, en el galeote de su propia vocación, y todo eso se lo ha dicho la persona que más quería. Ahora busca refugio en las palabras, como hizo en el pasado, pero es un espejismo: en las palabras no hay cobijo. Escribir es como dormir cada noche a la intemperie.

¿No ves que las palabras no son tu medicina, sino el veneno mismo?

Hablo con él todos los días, pero no sé si me entiende.

Se lo explico de otra forma:

Has vendido tu alma a la literatura, y como recompensa ella te ha ofrecido un regalo atroz: que todo lo que hagas empiece y acabe entre sílabas, que estés incapacitado para la vida, que por cada cielo se te entregue un infierno.


El diagnóstico de Adorno


“A la teoría dialéctica, contraria a todo lo que viene aislado, no le es por eso lícito servirse de aforismos.” Así justificaba Adorno sus Minima moralia, situándose en esa esquina de la filosofía donde la negación y la crítica son el único salvavidas del ser humano.

El aforismo es la brecha que se abre en el casco de las grandes embar
caciones del pensamiento, y Hegel es una sólida embarcación donde el aforismo es sólo un imprevisto, un accidente del futuro. La función del aforismo no es agotar una especulación o sugerir un sistema, sino poner a prueba lo aceptado, quitarle la máscara a un prestigio, mostrar el vacío de lo que parecía lleno o infiltrarse entre las verdades aceptadas con una antorcha en la mano.

No creo que exista otro libro como Minima moralia cuya lectura nos enfrente tan abiertamente a las contradictorias raíces de la sociedad contemporánea.

Su autor despliega un ejercicio de crítica feroz contra una sociedad que parecía destinada a la autodestrucción o a la demencia. Es bueno recordar que esas páginas fueron escritas entre 1944 y 1947, y que en ellas se habla del encantamiento de la ignorancia, de una sociedad que parece complacerse en el analfabetismo moral. Sesenta años después de ese libro la complacencia es parecida, las supuestas soluciones son enfermedades en sí mismas, y las terapias son tan miserables como alarmantes.

Minima moralia es un diagnóstico que no podemos evitar. Que muchas de sus intuiciones las señalara antes Benjamin no le resta poder ni validez a esas páginas.



Adorno siente cómo la intimidad de algunas personas ha sido invadida por la industria, por un sentido comercial que se aplica a todo. El amor y la amistad no están exentos de esa fiebre. Para esas personas todo es un balance, un juego de precios, un aprovecharse del otro, un comerciar con todo, incluso con uno mismo. Lo que Adorno aplica a algunos individuos, hoy es una epidemia, una forma tolerada, natural y respetable de existir.

Su inteligencia no le exime del error y de las opiniones salvajes. Sostiene, por ejemplo, que cuando se dice de un hombre anciano que es un hombre venerable y ecuánime, “hay que suponer que su vida ha consistido en una serie de tropelías.” Tampoco esconde cierto elitismo absurdo que le hace detestar a esos intelectuales fascinados por “el personal de cocina”, que él asocia con una pobreza espiritual.

Más allá de esas caídas, Adorno se nos presente como un Erasmo moderno,
algo menos equilibrado en sus juicios que el holandés, pero igualmente efectivo en su deseo de mostrar la íntima hipocresía que sustenta nuestras vidas, de iluminar las sombras que habían convertido el tren de la razón ilustrada en un tren de la muerte camino de un lager.

Adorno ataca todos los flancos de una sociedad que siente enferma. Nada ni nadie parece estar a salvo de su bisturí. El uso con fines ideológicos de la biografía. El poder, que cuando se siente amenazado en sus privilegios se defiende como un animal herido que debe aniquilar a quien le hostiga. El nuevo avaro, cuya benevolencia es un negocio y cuya amistad es una inversión a corto plazo. La imposible convivencia social, atrapada entre una cortesía helada o un compadreo mezquino. La monstruosidad de la arquitectura funcional. La tecnificación como preludio de la brutalidad totalitaria. La transformación del regalo generoso entre individuos en una caridad planificada por el Estado. La conciencia de que la Segunda Guerra Mundial era a la vez un fin del mundo y el fermento de futuros odios. Y esa ironía envenenada que le hace afirmar que la cultura de su tiempo debería ser psicoanalizada por un economista y no por un seguidor de Freud.


Y es que el psicoanálisis mismo es para Adorno el evangelio de la alegría obligatoria, un evangelio que niega la libertad del individuo a conocer su sufrimiento, y le entrega esa potestad a otro, al nuevo sacerdote, al doctor.

Estas reflexiones de un exiliado muestran cómo se destrozan los logros de la ilustración recurriendo para ello a la versión más grosera del racionalismo. Por eso Adorno se sitúa en los márgenes de la razón, una posición que más tarde detallaría en Dialéctica negativa (1966). Allí explica que las soluciones conciliadoras que propone la dialéctica hegeliana no sirven frente a la realidad, que contradice con meticulosidad cada propuesta.

Tiene que existir una frontera entre los peligros de la razón y el vacío del irracionalismo, un lugar donde pueda habitar la cordura y la crítica. Desde esa frontera escribe Adorno, siempre a la contra, insatisfecho y crudo.

No es difícil estar en ocasiones en desacuerdo con él, pero sería una estupidez no reconocer que su obra es un objeto necesario para entender lo que somos, una obra acaso imprescindible.


Absolución


Durante un segundo, en mitad de una tarde de agosto, el tiempo cesó.

Un silencio sin viento y una luz metálica estaban en el aire y podían ser respirados. Nos acostamos con una idea en la cabeza –el argumento de un relato que no avanza, de una historia circular y reseca–, una idea que da vueltas en el suelo como una mosca moribunda, hasta que se detiene y se vuelve cosa, hasta que se disuelve.

Fuera acecha el sol como un jaguar hambriento, y de él nos protegen, como una celda ilusoria, los barrotes horizontales de la persiana.

Durante unos minutos se nos concede la nada. Es un regalo que no comprendemos, ni siquiera sabemos si es un regalo.

Pero la nada quizá sea el mayor acontecimiento al que puede aspirar un ser humano, porque esa conciencia de la nada implica estar vivos y a la vez estar libres, aunque sólo sea por unos minutos, de los deseos y vértigos de la vida, libres del hambre, de la sed y del miedo.

La nada que me entrega esta tarde de agosto es un regalo que no puedo corresponder. Durante unos minutos me vuelvo lo que veo y lo que respiro, y no hay temor ni alegría en ese silencio, sólo una absolución.

Una absolución que ningún juez ha dictado, pero que todas las cosas anuncian.


Ese humo que sonríe

Imagen: Michael Ging


El ridículo es una medicina, y todos deberíamos ponernos en ridículo de vez en cuando o hacer el ridículo un buen rato, por fastidiar más que nada. Aunque no es lo mismo ponerse que hacerlo. Ponerse en ridículo implica cierto victimismo, cierto metaridículo (lo digo así para ponerme yo también), como si uno fuera demasiado consciente de su vergüenza pública. Mientras que hacer el ridículo puede ser un acto de ingenuidad, de carácter o de genuina torpeza.

Hacer el ridículo es una medicina y una catarsis. Una persona que ha hecho el ridículo ya puede disponerse a trabajar, puede comer descansado y saludar a sus semejantes. Puede incluso ponerse a escribir poesía, que según Gombrowicz es lo más cerca que puede estar un ser humano del ridículo y del descrédito.

Nadie peor, nadie más ridículo que aquella persona tan empingorotada que nunca ha hecho el ridículo. Con estas personas ocurre algo parecido a lo que afirmaba Nietzsche sobre la paradoja de los humildes. El que se jacta de ser humilde –venía a decir el bigotudo Zaratustra–, se jacta de su virtud, y por tanto es un orgulloso insoportable.

Es decir, alguien que va de serio, que se cree honesto y bueno y humilde, y por creerse todo eso no hace nunca el ridículo. No existe mayor caricatura que una persona perpetuamente seria.

Pienso en los políticos, en sus amaneradas formas, en su retórica gelatinosa, en su incapacidad para entender al rival, para aceptar un fracaso públicamente, para dimitir.

Pienso en los fanáticos religiosos, en su incapacidad para dudar, en su manera de contradecirse, de torturar y asesinar en nombre de la Verdad.

Son pocos los que desconocen que el mundo es un vasto circo, y que muy pronto hay que elegir un papel, un ridículo. ¿Quieres ser el domador eslavo, la contorsionista de ojos rasgados, el payaso Fidelio, el malabarista checo, el mago que hace desaparecer a su diminuta ayudante o la trapecista?

Pero el ridículo también tiene otra cara, la del que se atreve, la del temerario. A veces hay que hacer el ridículo para decir lo que se piensa. Y ahí ya rozamos con el farsante y con el loco, que son sinónimos naturales del escritor.

En un memorable artículo lo explicaba Charles Simic: “No puedo imaginar una sociedad más horrible que aquella donde la risa y la poesía estén prohibidas, donde la insana enajenación de los ricos y los poderosos, así como las hipocresías de los clérigos y los políticos, pasen inadvertidas. En el mundo en que vivimos, la mayor parte de la energía intelectual se gasta protegiendo del ridículo a aquellos que proclaman la verdad eterna.”

Bendito sea Simic y su sonrisa, y ese artículo titulado “Corta la comedia”, que uno leyó en la revista Letras Libres.

Esa es una de las labores esenciales de este juego al que llamamos literatura: no proteger del ridículo a nadie, tampoco a nosotros mismos, tampoco a nuestros amigos o al lector.



Imagen: Ivana Lagartija



Ayer, leyendo la minuciosa y repetitiva biografía que Edmund Williamson le dedica a Borges (Borges. Una vida, se titula), encontré estas palabras que el autor argentino escribió sobre la pasividad y la connivencia de muchos intelectuales durante el peronismo: “¡Tantas atroces y sonrientes efigies, y ni una sola caricatura; tantos interesados panegíricos y ni una sola sátira!

Pronto nos iremos y no quedará nada de nosotros. El juego se está acabando, ¿no lo ves? Dejemos al menos un poco de ironía en el aire, mostremos el ridículo tenaz de este baile de salón donde la vanidad y el poder se pisan sin pudor, se trastabillan y caen. Y luego, fíjate bien, esos dos monigotes se arrastran en busca de algo (una bandera, unos billetes, un Dios verdadero y opresivo), algo que nosotros debemos prender antes de que lleguen ellos, para que arda con placer y muy pronto sea humo.

Ese humo que sonríe en el aire es todo a lo que podemos aspirar.