Al otro lado

Imagen: George Krause


Podría decir que es mi amigo, pero mentiría. Apenas le conozco, aunque lo sé casi todo de él.

Compartimos algunas aficiones menores, pero en aquello que da sentido a nuestras vidas somos dos extraños.

A veces le miro y creo entenderle, pero es un error. Siempre estoy a su lado, pero nunca estoy con él.

Todo lo que hace me resulta absurdo: nada de lo que él teme a mí me inquieta, sus gigantes son enanos para mí, sus indiferencias a mí me enloquecen, donde él ve un lago yo sólo atisbo un páramo, y donde él se detiene yo paso de largo.

Durante años nos hemos respetado como dos boxeadores que saben que la derrota y la victoria son lo mismo.

Cada uno vigila las fronteras de su intimidad. Los acuerdos son escasos y las discusiones resultan innecesarias.

Le gusta el cine de Eastwood y de Allen, que yo detesto. Una vez me confesó que había disfrutado de una película de Theo Angelopoulos. Me dio un ataque de risa. Lee mucho más que yo, pero eso no tiene ningún mérito. Casi todo en él es excesivo, y a mí los excesos me adormecen. Un ejemplo: una vez le preguntaron cuáles eran los tres filósofos a los que más admiraba. Primero le pudo cierta anglofilia y respondió: “Russell, Russell y Russell”. Pero no tardó tres segundos en corregir su tríada, asegurando que la anterior era la ideal y esta la verosímil: “Hume, Groucho y Vivaldi.”

Cuando todo va bien, él hace el trabajo y yo cobro las facturas. Se puede decir que vamos a medias. Pero si las cosas se ponen feas, él se encierra en la biblioteca y yo debo hacerlo todo.

Escribe mucho, demasiado en mi opinión, pero a veces le pagan, y eso quizá justifica su demencia. No me interesa lo que escribe, y hace años que dejé de leerle.

Nunca le hice preguntas indiscretas, y si se las hubiera hecho él no me habría respondido. Por su parte él me hace constantemente preguntas inaceptables, a las que siempre respondo con mentiras.

Vivimos juntos, pero su casa y la mía son muy distintas. Él sólo tiene libros y un ordenador. Yo tengo todo lo demás.

Jugamos a ser buenos amigos, creyendo que la voluntad es suficiente para salvar nuestras diferencias. Es mentira. La voluntad es un puente demasiado frágil para unir a esas dos personas que se alejan.

Desde hace años tengo los datos, las fechas y todas las fotografías, pero sigo sin saber quién es.

Algunos días, cuando me miro al espejo, desearía ser como él y tener algo por lo que vivir y morir.

A veces él, lo sé, en sus peores noches, desearía quemar todo lo que ha escrito, quemar también su biblioteca, borrar su nombre para siempre y ser como yo.

A veces se despierta en mitad de la noche, busca un papel y se pone a escribir. Pero la mayoría de las veces se pone a leer, como un loco que busca la respuesta a una pregunta inabarcable.

Mentiría si dijera que creo en él.

Pertenecemos a la misma familia, pero su familia y la mía son incompatibles. Yo tengo padres y hermanas, él sólo tiene libros y citas.

Yo estoy más allá de sus juegos y de su obsesión, y de alguna forma le estoy esperando. Pero le espero al otro lado de la realidad, allí donde darle un sentido a la vida es un lujo innecesario, donde las palabras no son suficientes, allí donde unos segundos de luz valen más que toda su literatura.

La maledicencia


Me escribe un lector para decirme que soy un escritor maldiciente, es decir, detractor por hábito y malvado por vicio. Acierta, pero se queda corto. Ignora mi peor defecto, mi íntima vergüenza: me encanta criticar toda página que merezca ese esfuerzo, decir lo que pienso sin que me importen demasiado las consecuencias.

Los dos sabemos que esa práctica no puede acabar bien.

Mi generoso lector me desea una vida miserable, que esté a la altura de lo que escribo.

No debes preocuparte, amigo, ya está todo dispuesto. Tengo el billete y la maleta. Voy en camino. Tú sólo espérame.

Y es que no todo el mundo está preparado para ejercer el arte de la injuria. Poner a caldo al prójimo, cocer las virtudes de un amigo hasta hervirle la sangre, sacarse del ingenio una filípica, extraviar el adjetivo que iba para elogio, manchar un poco las medallas de hojalata del triunfador, abrir una vía de agua en el gran transatlántico de las ideas a la moda, reírse de todo lo sagrado e intocable y luego saludar al respetable.

Es un oficio amargo el del satírico. Todos se ríen, pero nadie se siente identificado.

El arte de la burla requiere un vuelo breve, felino e impiadoso. El que piensa siete veces antes de ponerse a escribir nunca critica. Nunca. Se pone serio, se modera, se apacigua y luego cisca un tópico.

La maledicencia, como el humor, vive de la exageración, del no va más, del triple salto mortal sin red. Pero es una exageración justificada, un riesgo con motivo.

Somos satíricos porque somos libres. Pobre de aquella sociedad donde todos hablen bien de todos, donde nadie comete errores, donde todos son sabios y buenos y ejemplares, donde un comercio perpetuo de elogios inunde los periódicos. La libertad es que los elogios no sean obligatorios.

Pero la libertad, aunque apetecible, tiene sus peligros. Borges, por ejemplo, decía que era un cobarde, pero nunca se calló ninguna de sus opiniones, por descabelladas o impopulares que fueran. Mark Twain no parecía conocer otro temor que el temor que sentía ante su falta de temor. “Nunca he permitido que la escuela interfiriera en mi educación”, aseguraba este autodidacta furibundo.

Por eso la sombra de Swift, Voltaire, Boccaccio, Papini o Monterroso es una sombra inevitable, pero poco acogedora. Sus libros satíricos tienen desagradables efectos secundarios: en cualquier momento puedes descubrir que el idiota que aparece por allí eres tú.


La tribu en la frontera



Hace ya muchas décadas que la enfermedad existe, y no parece que vaya a remitir pronto. Nació como todas las cosas, para sustituir algo que estaba desapareciendo. Perdimos la fe en Dios y en la otra vida y fuimos ganando la no menos absurda fe en una patria, una bandera y una tribu. No es que fuéramos originales, la historia estaba llena de precedentes, pero es cierto que nuestra época se ha sumado a la nueva religión con un entusiasmo feroz. Como el hombre contemporáneo no tenía otra fe que su falta de fe, enseguida le encantó la idea de pertenecer a una cosa sólida e inalterable, porque no soportaba la idea de que su vida estuviera suspendida en el vacío. Esa fe empezó cuando alguien dijo que a nuestro alrededor, desde hacía siglos, existía algo que nos unía y nos hacía diferentes.


El problema es que nuestra creencia tiene límites. Eso que nos une y en lo que creemos, a lo que nos aferramos hasta matar o morir, no es universal, no señor. Es tuyo y mío y de unos pocos. Los demás están fuera. Son extranjeros, distintos, incomprensibles. Parece como si los otros, los que no pertenecen a nuestra comunidad, tuvieran siete piernas, branquias y dos bocas.

Es una fe inverosímil, como casi toda fe. Está fundada sobre abstracciones, y su solidez y veracidad es también abstracta. Pero cada día hay más personas que creen que su tribu o nación es eterna, y que esa abstracción llena de mitos y leyendas ha descendido a la tierra y se ha encarnado en ellos. Por eso los nacionalismos tienen tanto éxito. Ahora todos necesitan una identidad, una explicación de lo que son para poder ser. A ninguno parece importarle que esa explicación sea siempre un remiendo peor o mejor cosido de palabras grandilocuentes.

Lo que suplica la gente es una fe, y los políticos, que son los grandes oportunistas de nuestro tiempo, se inventan esa fe para ellos.

Antes nos conformábamos con el mundo de Dios, y los sacerdotes hacían el papel que hoy hacen los políticos. Ahora nos conformamos con alzar la bandera de nuestra isla, nuestro pueblo o nuestro país. Pero siempre nuestro, nunca de todos.

El asunto es creer en algo, tener un mito en la cabeza como se tiene una piedra en la mano. A la tribu o la comarca le asignamos una historia, empezando y acabando esa historia donde más nos conviene, pero sobre todo le entregamos unas fronteras, que no son más que una forma de avaricia. Es como el prestamista que cada noche cuenta su dinero para estar seguro de la cantidad que posee, para saber cuánto gana y conocer si le roban. Con los países, las tribus y los pueblos ocurre lo mismo. Aquí empiezan y aquí acaban. Tenga usted mucho cuidado, no bromee usted con nuestras fronteras. Eso parecen decirnos.






Pero ¿qué razón moral podemos defender para impedir que una persona pase de un lugar a otro como pasamos de una calle a otra? Delante de una frontera se desmorona toda moral. Una frontera es un asunto administrativo, es decir, burocrático, y la burocracia es la forma moderna del engaño y del absurdo.

Hay quien vive en una cárcel y no lo sabe. Sólo el día que quiera escapar descubrirá que su fe ha convertido el mundo en una inmensa peninteciaría donde no te dejan elegir la celda.

Esas fronteras quieren sustentarse en el deseo de unos habitantes, en la supuesta historia de un pueblo, en el uso de un idioma, de una religión o de unas tradiciones. Pero la pregunta moral sigue siendo la misma, y la respuesta siempre es inmoral, porque está llena de alambradas, de burocracias y de mentiras, cuando no está llena de plomo.


Mudo


Saber algo y no decirlo, y seguir cabizbajo tu camino. Esperar en la larga cola durante horas, y que uno tras otro se vayan colando los que estaban detrás de ti, sin pedirte nunca permiso, sin que tú pronuncies una sola queja, esperando una dignidad que no puede llegar. Desear escapar de tu puesto de trabajo, pero no moverte del sitio, sentado frente a tu ordenador ocho horas al día, con quince minutos para desayunar solo en la cafetería de la esquina. Allí te espera el mismo cortado todos los días, y con él dialogas en silencio en un idioma invisible. Saber que todo será igual y que no hay remedio, y salir a la calle y que todo nos resulte lejano e intacto, como si volviéramos a la vida después de muchos años. Quizá nuestra labor consista en saber disfrutar de esta locura, en aprender a desaparecer mientras sonreímos, en aprender a gritar en silencio.

¿Sería eso en lo que pensaba Fabio Montes cuando escribió su poema titulado “Mudo”? No lo sé, pero me gusta pensar que fue así. La verdad es que nunca le entendí del todo. Aquí os dejo su poema.



MUDO


Como nunca tengo nada que hacer
que merezca un esfuerzo,
me bajé a la calle a morir despierto.

La tarde no era de nadie,
no tenía codicia ni amargor,
era una sábana blanca, limpia, irisada,
casi era mentira que fuera tarde.

Le dio a los pies por caminar
y me fui con ellos, no sé dónde,
y dejé que ellos hicieran el viaje.

La ronda acabó pronto
en el café de siempre, solo,
con mi rostro reflejado en el cristal de la ventana,

fantasma silencioso
que sólo comprende algo
cuando está a punto de ignorarlo todo,
preparado ya para desaparecer sin queja,
con la boca muy abierta,
como en un grito,
pero mudo al fin.


Frágil cordura



Cada día escuchamos el sumario de nuestras miserias, la contabilidad de la estupidez humana. Es un recuento atroz, pero no falso.

Cada día vemos a la abundancia paseándose frente a un coro de necesitados, vemos el éxito del totalitarismo, los orgullosos herederos de la violencia, las leyes que parecen escritas por un demente, los disfraces de la avaricia, el chantaje entendido como una de las Bellas Artes, la normalización de la mentira, ese azar al que llamamos justicia, los fanáticos recorriendo triunfales la calle de Dios que lleva hacia la nada, los dictadores cuya sonrisa hace estremecer al niño uniformado que aplaude en la gran plaza, el pánico que nos convierte a todos en policías, el hijo que acuchilló a su madre, el ciclo perpetuo de la venganza, la caricia que recibió como respuesta un disparo, el disparo que valió una pena de muerte, las dos lápidas que dialogan mientras el frío acosa a los cipreses del cementerio.

Ese recuento es atroz y es verdad. No debemos ignorarlo, porque muestra una parte de nuestra condición.

Pero basta un libro, unas palabras exactas y felices, para entender por qué seguimos, a pesar de todo, jugando a la vida. Releo un poema de Eugénio de Andrade, “El lugar más cercano”. Al portugués le bastan cuatro versos para fundar una esperanza.

El cuerpo nunca es triste;
el cuerpo es el lugar
más cercano donde la luz canta.
Es en el alma donde la muerte hace la casa.

Está incluido en su libro Oficio de paciencia.

Luego termino de leer Hero y Leandro de Christopher Marlowe, en la cuidada versión en endecasílabos blancos de Antonio Rivero Taravillo. También en Marlowe encuentro un refugio que tiene el aspecto de un sueño inacabado.

Más tarde busco otra medicina en un libro de Robert Lowell, un poema titulado “En venta”, donde habla de la vieja casa de sus padres, de su muebles que esperan de puntillas la mudanza. Allí también nos dice que la casa fue puesta en venta un mes después de la muerte de su padre. Al final del poema se lee:

Resignada, temerosa
de vivir sola hasta los ochenta años,
mi madre estaba absorta en la ventana,
tal si se hubiera quedado en el tren
una estación después de su destino.

Sí, cada día los mensajeros nos muestran la locura del mundo, los cristales rotos por la acera, la maleta caída, ya para siempre sola, junto a un cuerpo anónimo.

Para resistir sólo nos queda la belleza, su frágil cordura, su cuerpo bajo el sol.

Multitud



Si la poesía es un fuego, como piensan algunos, la verborrea es ignífuga. La concentración inútil de palabras impide toda posibilidad de incendio.

*

Se preguntaba Pascal si tal vez no sería la vigilia el sueño, y el sueño nuestra vigilia y no su representación, pues en el sueño creemos estar y sentir igual que fuera de él. Esa paradoja es cierta, pero me interesa más una de sus consecuencias.

Temo que el hombre que duerme y que despierta es el mismo, y que ese acto, en apariencia cotidiano y sin matices, esconde algo atroz y fabuloso.

¿Puede ser el tranquilo funcionario de la vigilia el sanguinario soldado de un sueño, y a cierta hora de la mañana, sin propósito alguno, volver a convertirse en el funcionario? ¿Puede el niño perdido despertar para ser anciano, puede el ámbito de una pesadilla prosperar en la vigilia y luego desaparecer en el sueño?

No veo una naturaleza doble, como sostiene Pascal, sino una naturaleza múltiple, donde lo que somos equivale a ser cualquiera, donde cada rostro es una multitud.

*

Una locura que muchos aceptan y que casi nadie discute, no es una locura, es una verdad hoy y mañana será una ley.

*

Cada vez nos importa más el fin y menos los medios que utilizamos para conseguirlo. Nadie duda. Dudar está mal visto. Todos miran al frente y avanzan. Si alguien volviera la cabeza vería los cadáveres en el camino.

Notas de un agnóstico sobre Tomás de Aquino


Lo primero que sorprende de la obra de Tomás de Aquino es su capacidad para santificar el pensamiento de Aristóteles. De tal forma y con tal éxito lo hizo Aquino, que el autor de la Ética a Nicómaco se convirtió durante siglos en una especie de Padre de la Iglesia sotto voce. Me gusta pensar que esa es la razón por la que Aquino terminó siendo canonizado. Una razón que tiene algo de milagro de la persuasión, pues conseguir que un pagano, un idólatra, un hijo de la razón, fuera visto por millones de fervorosos católicos como un líder espiritual, como un sabio, y no como un hereje, no puede ser otra cosa que un milagro de la retórica.

Desde un punto de vista histórico resulta muy extraña esa santificación de Aristótel
es.

La Iglesia, nadie lo ignora, fue platónica, y cuando dejó de serlo, fue neoplatónica. Agustín de Hipona y Pseudo Dionisio convirtieron la doctrina de Plotino en las firmes convicciones de
una fe revelada. En el siglo IX el heterodoxo irlandés Juan Escoto escribió Sobre la división de la Naturaleza, un libro de clara raíz neoplatónica que se empeñaba en negar muchas de las teorías aristotélicas. Juan Escoto fue el pensador más original de su siglo, pero su libro resultó estar lleno de herejías, de panteísmos y de filosofía. A nadie debe extrañar que en el año 1225 el papa Honorio III condenara su libro y ordenara la quema de sus ejemplares. Pero lo que importa para nuestro caso, es que incluso un hereje como Juan Escoto era inevitablemente neoplatónico, al igual que todos los ortodoxos de su tiempo.

Tomás de Aquino cambia eso con sus habilidades de prestidigitador.


El único precedente sólido que tenía Aquino, no en sus intenciones pero sí en su fervor aristotélico, era un cordobés llamado Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd, más conocido entre los cristianos como Averroes. Un precedente poco recomendable para un dominico del siglo XIII.


En la imagen está Averroes algo compungido, pensando por qué Tomás de Aquino, que utilizó muchas de sus conclusiones, no fue capaz de reconocerle ninguna. Y así lleva unos siglos el hombre.

Una de las bases del tomismo es la demostración de la existencia de Dios tomando de Aristóteles el argumento del motor inmóvil. En Aristóteles ese argumento desemboca en la existencia de numerosos dioses, alrededor de cincuenta, pero a Tomás de Aquino sólo le interesa uno.


Aquino sitúa a Dios fuera del tiempo, como un ser invariable, como motor inmóvil (es decir “un ser necesario, y en tanto que necesario, es el bien, y por consiguiente un principio”, según la Metafísica de Aristóteles, XII, 7), un ser conocedor de todo, incluso de lo trivial, de la vida de cada hormiga y de los pensamientos de cada ser humano, conocedor del bien y del mal, un ser que es a la vez la Voluntad y el Fin.


Como agnóstico uno tiene poco que matizar ante esa construcción imaginaria y llena de perfecciones con que Aquino adorna a Dios. Me interesan más las proposiciones que cambiaron los hábitos y la historia de la Iglesia, y por tanto de millones de personas.

Entre todas me sorprende una.


Es conocido que en buena parte de la Edad Media, a medida que aumentaba el poder de la Iglesia, el clero se fue corrompiendo hasta alcanzar un grado que permitió a Boccaccio escribir sátiras protagonizadas por monjes, abades y clérigos, sin caer nunca en la exageración. Uno de los problemas de ser un min
istro de Dios y a la vez vivir en pecado mortal, era que todos los actos consagrados por estos ministros podían ser anulados. Eso significaba que en el siglo XII, por ejemplo, los matrimonios y los bautizos realizados por un sacerdote impío dejaban de tener efecto, y los casados se veían un día solteros y los bautizados viviendo con el peso del pecado original. Esto era un problema para la Iglesia. Pero el sabio Tomás de Aquino lo solucionó separando el acto del hombre, y estableciendo que los sacramentos son dignos aunque el ministro sea indigno. A la Iglesia le encantó la idea.


Tomás de Aquino es el gran simulador de la filosofía. Nadie rebate su escrupuloso conocimiento de Aristóteles, su erudición, su agudeza verbal y la sinceridad de su fe, lo que no podemos aceptar es su simulación del método de investigación filosófico. Para todo filósofo, desde Sócrates hasta hoy, la conclusión de su investigación es desconocida, y por naturaleza ignora esa conclusión. Aquino simula ese método, pero nunca lo ejerce. Expone el argumento que va a rebatir, luego lo rebate con maestría, pero siempre concluye apoyando una visión ortodoxa. Todos sabemos que la conclusión estaba aceptada de antemano.

Si Aquino hubiera seguido sus reflexiones sin la pretensión de coincidir con unas creencias establecidas, su talento hoy nos sería más útil, también su valor.

En su momento fue la personificación del teólogo innovador. Desde hace siglos es el representante de la Verdad.



La isla del fin del mundo



Escapo cuatro días a Fuerteventura aprovechando el puente. Somos cinco los que viajamos, todos viejos amigos.

De Fuerteventura uno sólo conocía Corralejo, cuando estuvo por aquí hace dos años participando en una semana literaria. Es un pueblo pesquero transformado en una sucursal plastificada e inane de pueblo turístico, vacío de carácter, cómodo e indistinto. Uno sabe que está en un lugar llamado Corralejo porque lo dice el mapa y los souvenirs, pero podría estar en otra isla, localidad o país, y todo sería igual: los mismos restaurantes de menú internacional y fotos que amarillean en los carteles, los mismos bazares donde es posible comprar cualquier cosa, desde un molusco que canta hasta una jirafa flotador, los mismos bares donde el mayor reclamo es un partido de fútbol inglés o un cantante desafinado, los mismos salones recreativos donde cada máquina emite su reclamo musical, su estridente melodía, hasta que todas las melodías se suman y confunden en una sola partitura, en una desenfrenada y caótica sinfonía.


Por la tarde vamos a El Cotillo, otro pueblo construido alrededor de un embarcadero. La zona es famosa por sus playas, pero el día está a punto de caer y un viento frío que peina la llanura y se riza en el mar no anima a bañarse.

Paseamos lejos del pueblo y cerca del mar, en una zona de arena tan blanca que cualquiera diría que es nieve. Nos sacamos unas fotos de grupo en las que parece que estuviéramos en zona de alta montaña. La marea baja deja a la vista inmensos charcos donde las cabelleras de las algas y los cristales de sal se adormecen sobre las rocas húmedas. Quizá por primera vez se me revela la belleza de esta isla, su cuerpo desnudo y desierto, donde la vida tiene la apariencia de un sueño. En estas llanuras que el viento trama apenas sobrevive el matorral espinoso, las aulagas y algún cardón solitario. Aquí no es posible otra vida. Esas plantas han aprendido durante siglos a aferrarse a la tierra, y el viento nada puede contra ellas.

El sol es aquí el dueño y señor, el verdadero terrateniente, el dictador, y no es extraño ver un cactus reseco y moribundo, incapaz de sobrevivir en estas soledades.

Hace no muchas décadas la sed y el hambre, que ahora no existen, dictaban también sus leyes, y las pocas personas que habitaban esta isla se aferraban a la vida tomando la misma actitud que estas plantas, inventando una sobriedad extrema, resistiéndolo todo con una paciencia inhumana.

Al día siguiente, camino del sur de la isla, nos detenemos en la Casa de los Coroneles, en La Oliva. El pueblo es poco más que la reunión de una iglesia, un ayuntamiento, un parque, una casa de socorro y una diminuta urbanización, todo en mitad de una llanura donde el tiempo se ha detenido, donde uno siente que allí nunca ocurrió nada, excepto un silencio interrumpido sólo por el viento, un silencio que nace de la tierra reseca y de las piedras, un silencio que tiene los matices de una alucinación.


No muy lejos está la Casa de los Coroneles, restaurada de tal forma que sus tres siglos de historia han sido maquillados para la ocasión, y ahora tenemos la posibilidad de admirar un museo de historia dentro de un inmenso caserón sin historia. Es como si alguien hubiera querido borrar el paso del tiempo, sus cicatrices, y nos quisiera vender a cambio un brillante espejismo, barnizado y enfoscado para la ocasión, un espejismo que no vale nada porque no tiene significado, y no tiene significado por el tiempo que dice sustentar ha sido aniquilado.

Frente a la Casa de los Coroneles hay un patio de armas, y a su alrededor
están las casas de los sirvientes, los almacenes, las caballerizas y los aljibes, construcciones que nadie ha querido restaurar y que ahora son vertederos improvisados donde las ratas y los desperdicios que dejan los turistas se mezclan con el sol de mediodía.

Así funcionan por aquí las cosas. Aunque el verbo funcionar quizá sea demasiado optimista.

El objetivo del día era llegar a la península de Jandía, en concreto a la playa de Cofete. Después de recorrer toda la isla de norte a sur en una hora de viaje, hay que hacer otra hora de camino por pistas de tierra para llegar hasta esa playa. Esa pista de tierra atraviesa un malpaís cuya monotonía tiene algo de pesadilla, porque tras cada curva tienes la sensación de estar en el mismo lugar, de no avanzar, de dar vueltas en un laberinto circular y sin salida.

Nos habían dicho que en mitad de la nada, en la ladera de una montaña, frente a la playa de Cofete, había una mansión construida por un alemán antes de la Segunda Guerra Mundial. Era verdad, y nosotros nos acercamos a la mansión para curiosear un poco. Ver esa construcción vanidosa y esbelta en mitad de un paisaje desértico, donde sólo las cabras, los lagartos y los insectos están capacitados para sobrevivir, es algo demencial y hermoso a la vez. Rodeamos la mansión y vemos ventanas rotas y puertas tapiadas con bloques de cemento. La casa está en ruinas, guardada por un par de vigilantes y cerrada al público.


Es la mansión del que fuera propietario de toda esta península hasta los años setenta, Gustav Winter, un ingeniero alemán que supo enriquecerse en esta tierra donde lo natural era morirse de hambre. Decenas de majoreros trabajaron durante décadas a sus órdenes, dedicados a la ganadería y la agricultura. Gustav Winter nunca vivió en esa mansión, tampoco su familia, pero a su alrededor se han levantado leyendas, más o menos inverosímiles, para justificar su aparatosa e insólita presencia en este lugar donde ahora viven media docena de personas, donde la electricidad y el agua no llega, este lugar que es como el fin del mundo, una tierra que mira al océano, al cielo y al sol, y que hace una interminable y abrumadora pregunta cuya respuesta es imposible.


Una de esas leyendas asegura que esa mansión, conocida como Villa Winter, era un refugio para soldados nazis, también que desde allí la familia Winter-Althaus ofrecía su ayuda a los submarinos alemanes que se acercaban a la zona. Ya digo que estas leyendas son juegos a los que se presta la enigmática presencia de esta casa señorial, una casa que es como un perpetuo soldado uniformado, firme y orgulloso de sí mismo, que vigila las puertas invisibles del vacío.

Por la noche, de vuelta en Corralejo, acabamos en un restaurante mejicano y nos bebemos dos litros de margarita entre cuatro. Como ninguno es bebedor, nos ponemos más alegres de lo habitual, lo cual siempre viene bien, y durante unas horas, agotados pero felices, nos reímos de nuestras sombras y del mundo. El alcohol y el humor nos sirven para conjurar el miedo, para olvidar todo lo que somos, para abandonar durantes unas horas ese infierno que nos persigue día y noche.

La tarde del lunes decidimos ir a Betancuria. La fama señorial del pueblo es sin duda más extensa y cierta que su breve realidad. La Iglesia de Santa María está cerrada, así que debemos conformarnos con dar vueltas a su alrededor, intentado adivinar qué elementos sobrevivieron a los piratas berberiscos que destruyeron el templo en el siglo XVII. Betancuria es el único lugar de la isla donde sientes que hay un pasado, que antes de q
ue llegara el turismo y el dinero existió otra Fuerteventura, quizá no mejor, pero seguramente más acogedora.

También nos detenemos en Pájara, que a esas horas tiene el aspecto de un pueblo fantasma. No nos encontramos a nadie por la calle, ni una sola persona, ni un fantasma borracho, sólo un perro melancólico y cariñoso que se dejaba acariciar. Leo un cartel que pone: “Centro Cultural”, y allí voy, como esos niños que creen que los carteles son una i
ndicación certera, el avance de una realidad indiscutible. El Centro Cultural resulta ser poco más que un bar sin parroquianos, donde una camarera ojerosa seca vasos de cristal mientras ve la televisión. La agenda cultural del centro es rotunda e invariable, y se limita a dos actos semanales: “Se sirve chocolate los sábados y los domingos”. Eso podía leerse en una pizarra montada sobre un caballete a la entrada del Centro.

Los grandes templos de la cultura occidental deberían copiar y transmitir esa capacidad sobrehumana que tienen en el Centro Cultural de Pájara para extraer la esencia de nuestra época. Un bar, un televisor, una camarera taciturna. Y Chocolate, mucho chocolate caliente cada fin de semana. Nada de bienales de fotografía, nada de retrospectivas neo-dadá, nada de instalaciones subversivas o videocreaciones, nada de silencios minimales, nada de escultores mesiánicos, nada de filósofos perdidos en divagaciones espumosas, nada de escritores malditos, sólo chocolate. Chocolate caliente.

Por la noche paseamos por Puerto del Rosario, la capital de la isla, qu
e nos recibe en silencio, herida por las obras, como el decorado de una obra que fue representada ayer o que se representará mañana, pero que nosotros nunca podremos ver. Cuando entramos en el nuevo centro comercial descubrimos que allí están reunidos todos los actores que echábamos de menos en el resto de la ciudad.

El último día, cansados y sin mucho tiempo (ese tiempo que a los cinco nos encanta perder, siempre que lo perdamos juntos) vamos a Caleta de Fuste, otra sucursal turísti
ca de Fuerteventura. Durante horas paseamos frente a la playa, sacando fotos absurdas (que son las mejores) y riéndonos de todo lo que se nos ocurrió, pero siempre empezando por nosotros mismos.

La ironía es la que nos salva y nos permite ser amigos. Quizá porque esa ironía es una forma de libertad. Sin ella estaríamos perdidos, dando patéticas vueltas alrededor de cada ofensa, de cada vulgaridad, de cada tristeza. Esas vueltas nos las ahorramos riéndonos de esa persona que nos mira cada mañana desde el espejo.

Por eso nos reunimos de vez en cuando, como niños viejos que se conjuran para salvarse entre ellos, para curarse las heridas, para seguir resistiendo.



No bebas el agua de este pozo


Cuenta la leyenda que hay una carretera que cruza el desierto, y en mitad de esa carretera y de la nada hay un pozo solitario y un árbol con su sombra. Junto al pozo se ve un cartel oxidado que golpea el viento y que dice: “No bebas el agua de este pozo”. Pero ese cartel no desanima a los sedientos.

Todos los que beben el agua del pozo se vuelven locos. Eso cuenta la leyenda.

Después de beber abandonan sus coches, sus destinos, dejan atrás la carretera y se lanzan al desierto. Allí sobreviven unos días como animales salvajes, hasta que el sol y el hambre los derrota.

Ayer estuve en ese pozo. Acodado en el brocal sentí que el agua me llamaba con una voz maternal, como si llevara toda la vida escuchando esa voz y nunca hubiera entendido su mensaje. Luego, reflejadas en el agua, parpadearon unas imágenes. Eran fotografías de mi vida, pero de una vida que sentí ajena, como si fueran imágenes de alguien que no soy, pero que se parece demasiado a mí. Me desprecié en silencio, como todos nos hemos despreciado alguna vez.

Conocía la leyenda, y sabía que era verdad. Por eso ayer bebí el agua de ese pozo. Ahora duermo en el desierto, bajo un sol que no debe perdonarme. Sólo me acompañan las serpientes y los insectos, la feliz locura de los días y las noches, la agotadora demencia de estar vivo.

Por primera vez el tiempo corre a mi favor: todo lo que pierdo es lo que gano.


Mendigo


Somos árboles plantados por un dios que necesita descansar de sí mismo, somos todas las preguntas de Vikram Babu, somos la pantera y la pulga y el búfalo, y nuestro es el cuerpo desnudo que resplandece y que nadie puede apagar.

Todo eso puedes ser leyendo Mendigo de Jesús Aguado.

Hay muchos poetas dentro de ese poeta llamado Jesús Aguado: el poeta irónico, acaso menor, entretenido en clasificar amores, el poeta reflexivo y metafórico, el poeta erótico, el angustiado reseñador de pesadillas o el poeta celebratorio, que es capaz de encontrar en cada objeto y animal una excusa suficiente, un símbolo del mundo.

No siempre acierta Aguado, no siempre está de cuerpo entero en el poema, pero es fácil perdonar esas ausencias cuando se nos ofrece tanto.

Este libro esconde un poema en forma de cebo arrojado al cielo de una boca, “que es el único cielo que conozco”, aquí los monos crean hilos entre un árbol y un templo, entre un hombre y su reflejo, aquí los perros nos enseñan a matar a la muerte y los niños nos observan sin condena y sin perdón. En este libro puedes aprender la sabiduría del cascabel, que ignora las castas y los oficios, que suena igual para todos, puedes sostener la mirada del tigre y escuchar la voz de Basavanna, y puedes ver al poeta que quisiera dormirse en las manos del tiempo, disolverse en las cosas, ser tierra o ardilla, ser piedra o bambú, para regresar al principio, para ser nadie al fin.

Harmonielehre o el cuarto de atrás


Existe un cuarto de atrás, un trastero invisible, donde voy acumulando cada día todas las cosas que ya nunca seré. Sé que el cuarto está abarrotado de fantasmas, que vivir no es más que irse despidiendo de todo lo que uno fue, hasta que llegue el día en que seamos nosotros los que acabemos en ese cuarto de atrás, entre matihuelos y papeles inútiles, entre sombras que llevan a otras sombras y cuya secuencia no termina.

En ese trastero se acumulan todos los sueños que tuve y que no podré cumplir, y cuando los miro me sonríen burlones como un batallón de niños malvados que conocen todas mis debilidades.


Luis Feria sintió lo mismo y escribió:

Ay, ese niño que me mira fijo:
cómo me juzga por lo que no he sido.


En ese cuarto de atrás están todos los seres que no pude ser, lo que se escapó cuando menos lo esperaba, cada error cuya vergüenza me persigue, cada palabra a destiempo, cada vez que llegué tarde y no había remedio, ese libro que nunca escribiré, el idioma que no me fue otorgado aprender, el don que no me entregó el azar, las manos que no volverán a tocarme y los días que no pueden volver y cuya luz se deshace como el humo.

Pero no hay nada dramático en ese trastero. No es más que un cementerio de fantasmas, un tanatorio del alma.

En realidad hay una armonía oculta en el desorden de ese cuarto, una totalidad asombrosa encerrada en unos pocos metros cuadrados. Allí está todo lo que somos: cada sueño, cada imagen, cada deseo y cada rostro tienen allí su refutación, su negativo, su pérdida y su sombra.

Ese trastero no es lo que sobra, lo que se queda en el camino, lo que no tiene fuerzas, es todo lo que somos, allí acumulado mientras creemos avanzar.

Si hay algo digno en nosotros, algo que merece ser visitado, debe ser ese cuarto de atrás.


Si algún día te acercas a ese cuarto y te sientas allí para contemplar tu vida, si alguna vez te alcanza la tristeza, no hagas caso de ella y sigue el consejo que Alceo nos dejó en un poema, hace apenas unos 2.600 años, aproximadamente.

Bebamos ahora. ¿Para qué esperar
a la noche? Le queda un dedo al día.
Baja las copas grandes decoradas con dibujos
ya que el hijo de Sémele y de Zeus
les dio a los hombres el vino

para que olvidaran la tristeza.
Vierte dos medidas de agua hasta el borde de vino,
y que una copa empuje a la otra.

Aunque también puedes seguir el consejo, no menos antiguo y sabio, de Arquíloco, que decía:

Corazón, si te turban pesares
insoportables, ¡levanta!, resiste al enemigo
ofreciéndole el pecho de frente, y a sus trampas
oponte con firmeza. Si sales vencedor,
disimula, corazón, no te alegres,
y si sales derrotado no te envilezcas llorando.
No dejes que te importen demasiado
la dicha en los éxitos y la pena en el fracaso.


Nadie ignora que Kipling repitió en uno de sus poemas el remedio de Arquíloco.

La vida nos zarandea de un lado para otro, nos empuja al abismo o nos abandona en mitad del desierto. Sólo en el cuarto de atrás, donde todo acaba, donde nadie nos espera, donde no existe el deseo, allí, entre nuestros fantasmas, hay una historia, un espejo, una armonía que le entrega un sentido a toda esta locura.

Ese tipo improcedente

Imagen: Ben Benowski


Estaría bien marcharse, me decía, y miraba al cielo, aquel cielo nocturno e irreal, punteado de estrellas, y el océano a lo lejos le llamaba como un cuerpo desnudo, y sentía el abandono y quería perderse allí, en lo negro y líquido, en la espalda oscura del silencio, donde la luz no llega.

Luego se metía en el coche y conducía durante
horas, sin rumbo ni sentido, como un vagabundo encapsulado. A veces aparcaba en alguna calle mal iluminada, donde nadie pudiera verle, y allí se quedaba mirando a ningún sitio, contemplando el secreto desfigurado de la ciudad, su rostro enfermizo, las aceras vacías que se suceden y repiten como una pregunta angustiosa que nadie quiere responder, las farolas de luz amarillenta que dialogan cada noche con el asfalto en un idioma que nadie quiere traducir, los edificios que no dicen nada, que sólo hablarán cuando se desplomen, cuando esta ciudad no exista y la tierra vuelva a imponerse. Allí, dentro del coche, en silencio, miraba a ningún sitio y lo veía todo.

Tal vez en otro lugar sería posible la vida, me decía, pero aquí no.

No tenía mujer ni hijos, ni parecía tener familia alguna, y acaso yo era su único amigo.

De sus obsesiones hizo una religión y de su autodesprecio una metafísica. Yo le decía: “Estás embarcado en este juego, no aflojes ahora”. Pero él se volvía y miraba al suelo o a lo lejos.

Le fascinaban las fotografías de Billy Monk, el sudafricano que fotografió a los parroquianos del Catacombs Club de Ciudad del Cabo en los años sesenta. En esas fotos, disparadas en mitad de la noche, hay marineros de todo el mundo, prostitutas, travestis, ejecutivos disparatados o comerciantes perdidos, todos borrachos, todos a la deriva. En el ámbito opresivo de aquellas fotos se reconocía.

Imagen: Billy Monk

Decía Pessoa que hay una forma de convertir el sufrimiento en placer, y es extremando ese dolor, agrandando su sombra, para así sentir el exceso, el placer de lo que se derrama y supera su naturaleza. Pero él no conocía ese método, y todo se le quedaba dentro, como quien guarda en el armario de su habitación una bomba de relojería.

Un día me dijo: “Soy ese tipo improcedente al que nadie necesita saludar. Soy el que no tiene un elogio para ti, el que no sabe darte la mano adecuadamente, el que no sabe tratarte como te mereces. Soy el que no entiende, o el que entiende de otra forma, y debe callar lo que intuye para no ser tratado como un loco. Soy innecesario, como todos lo somos. La única diferencia es que yo no encuentro nada que distraiga mi atención. Estoy encerrado en ese lugar al que nadie quiere llegar.”

El espejismo


Partiendo de Gödel, cualquier sistema complejo que intente establecerse sobre axiomas está condenado a contener proposiciones en apariencia verdaderas, pero cuya falsedad o verdad no pueden ser verificadas dentro de ese sistema.

Ese sistema complejo puede ser, por ejemplo, las matemáticas.

Según Gödel es necesario introducir un nuevo axioma, externo al sistema, para confirmar o negar cada proposición. El problema es que cada vez que se introduce un nuevo axioma en el sistema se crean nuevas proposiciones cuya verdad o falsedad no pueden ser demostradas.

Es como si intentáramos saber lo que hay detrás de una puerta cerrada sin abrirla. Utilizamos un aparato (el nuevo axioma) que nos permite resolver nuestra duda, pero ese aparato crea a su vez una nueva puerta. Desconocemos lo que hay detrás de esa nueva puerta, y el aparato no sirve, necesitamos otro.

Esto significa que las matemáticas son “incompletas” por naturaleza. Esa ilógica fundamental no impide que las matemáticas prosigan su camino. Para ello un matemático debe refugiarse en algo esencial, pero poco matemático, el sentido común.

Ese sentido común concede a las matemáticas la posibilidad de ser el fundamento de una parte de nuestra realidad, haciendo que los edificios no se derrumben, los aviones no se caigan y puedan existir procesadores de textos. Aquí la teoría debería colisionar con la práctica, pero la práctica ha decidido ignorar a la teoría.

Algo parecido ocurre con la literatura. No existe ningún fundamento para ella. No hay proposiciones que verificar, ya que como proposiciones carecen de lógica.

En ese sentido la literatura es la noche o el vacío. Sucede, y los lectores respondemos con felicidad o desagrado ante una página, pero no existe ningún método para demostrar nada.

Escribimos un elogio del silencio, una novela apaciguada o violenta, un libro que contiene infinitos libros, un poema sobre el cuerpo deseado o un ensayo sobre las paradojas, pero todo pertenece a un juego sin reglas, a una sucesión de experimentos que no pueden dar resultados objetivos, que para unos son medicina y para otros son veneno.

Me gustaría alcanzar un consuelo, un alivio, pero no existe.

Quizá lo mejor de la literatura es precisamente eso, que se trata de un espejismo. Mientras perdura esa imagen, mientras nos impulsa una sed, todo parece tener sentido.

Esta tarde, por ejemplo, puede ser literatura. Este sol leve que se posa en las aceras está llenando la ciudad de sílabas. Este silencio que sucede ahora y siempre, esos adolescentes en sus bicicletas, la ventana desde la que veo el colegio, este libro de Andrade que me acompaña sobre la mesa, todo es un espejismo y una fiebre. Sucede y no sucede al mismo tiempo.

Cosa nostra



La revista digital la mancha, que dirigen Nicolás Melini, Juan Carlos Chirinos, Juan Carlos Méndez Guédez y Ernesto Pérez Zúñiga, acaba de publicar en su último número un relato inédito, titulado "Cosa nostra", que pueden leer pinchando aquí.

Baste como excusa para invitarles a recorrer ese espacio, donde también podrán leer trabajos de escritores como Alfredo Bryce Echenique, José María Merino, Fernando Iwasaki, Hipólito G. Navarro, Juana Salabert, Ricardo Menéndez Salmón, Blanca Riestra, Carlos Franz, Andrés Neuman o Enrique Vila-Matas.

En la sala de espera



La misma señora y la misma sala de espera del dentista, como cada año. Me dice que me conoce, pero no creo a la señora, no sabe mi nombre ni de donde soy, pero habla y habla, y ve que estoy leyendo y dice que a ella le gustó leer a Sam Savage, su Firmin. Le digo que bien, que el ratón de Savage sabe escribir novelas, quizá porque las escribe sin miedo, como si bailara. La señora exige que me explique, pero no lo hago. Me callo, y por dentro me pregunto por qué todo el mundo quiere que todo sea explicado, que nada se quede bailando, para que en ese baile sea lo que cada uno quiera.

En la sala de espera hay un hombre llamado Antonio Bordón, que hace no mucho publicó un libro titulado Muchachos, maten a Borges. La afirmación del título se le atribuye a Gombrowicz. El libro es pequeño, casi diminuto, pero está lleno de citas, de escritores, de coños, de deudas y de literatura.


Sigo esperando. Vuelvo a mi libro. Es de Amos Oz, y es agotador. Una historia de amor y oscuridad. Agota su tolerancia sabia, su justo medio, su relación con Shmuel Yosef Agnón (algún día, me prometo, escribiré sobre Agnón) y su prosa que sabe ser lírica o ingenua. Agotan las páginas acumulativas llenas de minucias. Al fondo Jerusalén, y todas las historias de un pueblo y un niño que juega en la interminable biblioteca de su tío y la poesía de Bialik y las genealogías y el yiddish. En este libro todo depende de la página en la que caigas. Husmea, me digo, ya van unas cuantas que merecen ser leídas.

La sala de espera se me presenta como una alucinación. Llueven libros, oraciones, juegos encuadernados, sarcófagos que llaman obras maestras, viejos poemas nuevos, calle abajo los cosacos de Bábel, me asomo a la ventana, Russell ha caído en un charco (el hombre más lúcido del siglo XX nunca entendió a Nietzsche), y todo gira bajo esas nubes orondas, dame la mano, le digo al fantasma, todo gira, la muchedumbre sale de los edificios, es la hora. Mi turno.