Amigos íntimos




Nuestra desdicha es haber aceptado que somos uno y no muchos. Como ese espejismo no bastaba hemos considerado, tan hipócritas somos, que esa unidad era algo coherente y sano. 

Nada de dobleces, nos recomiendan. Nada de duplicaciones. Evita la torpeza de la contradicción, nos enseñan. Eres así, hecho de un solo trazo, y si no lo ves es que estás ciego. Así hemos conseguido que los ciegos se vean en el espejo y los tuertos se busquen entre las ruinas de la filosofía. 

La evidencia muestra que cada persona es una multitud. La historia confirma sin descanso esa evidencia. Pero a muy pocos agrada contemplar su desequilibrio, o escuchar las poco edificantes atrocidades del héroe. Solo interesa imponer una fábula llamada Historia y producir manuales. 

Quema no pertenecer a ningún sitio y establecerse en la contradicción. Quema decir me equivoco, me contradigo. Quema aceptar que no hay una sola voz para decir lo que piensas. 

Quien se busca a sí mismo solo busca un rostro entre la multitud. Busca un parecido razonable, o aún peor, busca quedar bien en la fotografía. Quieren ser siempre lo que creen ser, no lo que son. Y eso que somos y que dice tener un solo nombre es una multitud. 

Dije al principio "nuestra desdicha", pero también nuestra locura, nuestra renovada podredumbre es hija de esa charlatanería del ser que es uno. Shakespeare entendió pronto lo que era y desapareció ante nosotros, como un astuto ilusionista, para volver convertido en esa multitud que nos habla desde sus obras. Pessoa descubrió que su maestro estaba dentro de él, y junto al maestro encontró a los discípulos y con ellos toda una literatura. 

Somos los otros que viven aquí, en cada uno. Y los otros no viven en silencio. No nos queda otro remedio que ser amigos íntimos.


Foto: Irina Werning

El difunto Ambrogio Casati


Nadie le exige a la realidad que sea verosímil, tampoco a nuestra biografía o a ese disparate llamado historia, solo al arte le exigimos una coherencia de la que carece por completo la realidad. Una obra propone una lógica, y es una generosidad con el lector que el escritor se someta a sus propias leyes. Lo que no se le puede exigir a un escritor es que se someta a las leyes invisibles de la realidad, porque en la realidad no hay leyes. 

De eso habla Luigi Pirandello al final de El difunto Matías Pascal. Acusado de inverosímil y fantasioso, Pirandello encuentra en una noticia (publicada en el Corriere della Sera el 27 de marzo de 1920) una coartada frente a esos críticos que desconfían de la soberbia imaginación y de la absoluta inverosimilitud de la realidad. El periódico presentaba la noticia como un caso de bigamia, pero su naturaleza es la de un cuento fantástico que suma a sus torpezas argumentales el inconveniente de ser un hecho real. 

Es la historia de Ambrogio Casati di Luigi, un electricista cuyo cadáver es identificado por su esposa, María Tedeschi. En realidad el cuerpo no era el de Casati, sino el de un hombre que se le parecía. El verdadero Ambrogio Casati dormía en la cárcel desde hacía unos meses, y también estaba separado de María desde hacía varios años, aunque no legalmente separado. La viuda María aprovechó la ocasión para casarse con un tal Luigi Majoli. Un año después de su muerte, el difunto Ambrogio Casati salió de la cárcel sin ayuda de ningún coche fúnebre, se dirigió al Registro Civil y le pidió un documento al funcionario. Es conocido que los difuntos no están autorizados para solicitar documentos, así que el funcionario se vio en la obligación de rechazar la petición del cadáver. Usted está oficialmente muerto, se defendió el funcionario. 

Era evidente: el muerto estaba frente a él, hablaba un italiano acelerado, una gota de sudor le serpenteaba por la sien, tal vez sonreía pensando que se trataba de una broma típica de funcionarios, quizá respiraba. No había duda, el solicitante era el difunto Ambrogio Casati.

Solo los muertos pueden presentarse así ante los vivos, con ese aspecto inverosímil que tienen los personajes de las novelas, con esa desfachatez que les permite exigir una fe de vida.

Casati pudo visitar su tumba y leer su lápida. La noticia se detiene ahí, también Pirandello. Pero yo prefiero imaginar a Casati aprovechando su inexistencia, quizá cometiendo un robo en el Banco Vaticano para financiarse la dura vida del ex presidiario y la no menos agónica existencia del difunto. Tal vez la policía lo hubiera detenido poco después mientras disfrutaba del más allá entre nosotros, sometido al duro régimen de algún balneario siciliano. 

Es verdad que eso hubiera complicado mucho las cosas. La policía estaría deteniendo a un muerto, y eso no conviene a la credibilidad de ningún cuerpo de policía. Por culpa de una razonable desatención, el muerto podría morir en el calabozo, pero eso resulta contradictorio. ¿Puede un muerto morir? ¿Puede alguien, por muy italiano que sea, morir dos veces? ¿Era capaz de ese prodigio Ambrogio Casati? ¿Tras la segunda muerte, certificada por la policía, reconocido nuevamente el cuerpo por la viuda María Tedeschi, habría alguna seguridad de que al morir ese hombre muere alguien? 

Todo parece cuento, como es cuento la realidad.

Acaso no importe si Ambrogio Casati es real o ficticio, solo importa si el truco de magia de unas páginas dice algo de nosotros, si nos sirve para comprendernos, si en algún lugar de la historia nos reconocemos, vivos o muertos.


Imagen: Uomo allo specchio de Mino Ceretti

Distancia de seguridad



Todas las cosas vistas de cerca tienden sin remedio a la fealdad. Digamos una ciudad: Santa Cruz. Ciudad malencarada, administrativa y disforme. Digamos esta cafetería: ocupada por el sonsonete vitriólico de una máquina tragaperras y dos parroquianos mudos, oscuros, acodados sobre la barra mientras observan narcotizados la televisión. En las mesas de aluminio, mil veces aliviadas con un paño casi verde, una luz gelatinosa se abre paso.

Si fueran observadas con la adecuada distancia, la ciudad y la cafetería ganarían mucho. Por ejemplo: observadas a dos mil kilómetros de distancia podrían alcanzar ambas el calificativo de espléndidas. Pero así, de cerca, en intimidad con las cosas, hasta la galleta que muerdo es una cosa insípida en comparación con nuestro ideal de galleta. 

Una prudente distancia ayuda a la observación de espejismos. Quizá nos convenga, para un mejor engaño y una mayor persistencia, una distancia de seguridad, una prudente lejanía. 

Por eso basta con escuchar a alguien que idealiza para saber la distancia a la que se encuentra del objeto idealizado.
 


Imagen: Gianni Berengo Gardin

No más



¿No te agota el pensador equilibrado, el articulista bondadoso, el amigo con buenos sentimientos, el líder con abnegadas soluciones, el escritor que se acerca siempre con las mejores intenciones? No, no más. Detesta con razón, que no te embauquen los lugares comunes que quieren llevarte a casa de nuevo. No cedas. No más.

Si ves algo sólido, descree. Si te dicen que es verdad, muérete de risa. Si te advierten que es invisible, es que lo tienes a dos palmos de tu cara. Si te llega fundamentado y cierto, empieza a dudar. Si quiere lo mejor para ti, huye.

La literatura no está ausente de esa retórica de la bondad universal, esa palabrería bienintencionada que nos lleva entre canciones y arrumacos hasta una habitación con disfraces donde un sabio nos dice que bailemos. Pero quien escribe, aunque se niegue, aunque lo sea por defecto, es un testigo de cargo, y su obligación es conjeturar una verdad, insinuar un mundo que, envuelto en su propia radiografía, en un millón de precisos escáneres, se nos ha vuelto invisible. 

Hay que salir del escenario, alejarse todo lo posible, tomar una callejuela y ver si allí, donde no hay beneficio ni derrota, la vida nos deja una puerta entreabierta.

Cada página arrastra entonces, por mucho que se vuelva hacia el sol, una larga sombra. Yuri Andrujovich lo dice en uno de sus ensayos: “en esta parte del mundo hay demasiadas ruinas, demasiados cadáveres bajo los pies. No me puedo liberar de su influjo.” Él habla de Ucrania, pero esa parte del mundo es todo el mundo. También tu ciudad, también tu casa.

Detesto a los empresarios de sus ideas, como los llamó Cioran, a los profesionales de su estética, a los adictos a una fe que no admite interrogaciones. Prefiero al empresario de demoliciones, ese calificativo que se dedicaba a sí mismo Léon Bloy. 

Cioran prefería ese vértigo. 

Si hay algo que necesita una sociedad son escritores que no le den la razón. Refútame, llévame la contraria, niégalo todo. Ese debería nuestro lema.




¿Qué personajes necesitas? Yo necesito a los que cometieron un error, necesito al que se reconoce equivocado, al cobarde, al criminal. Seres débiles, infames, detestables, es decir, seres como nosotros. No cercanos, no solo visibles a nuestro alrededor, sino insoportablemente uno mismo. Si hay una voz humana esa es la voz de Macbeth, es el delirio de Calígula en palabras de Camus, es la ausencia de razones en los asesinos de Holcomb, a los que dio voz Truman Capote en A sangre fría, es el Edipo de Sófocles o el Egisto que recrea en un poema Martínez Mesanza:

Aquel que no merece luz ni casa,
que antes de haber nacido ya ha pecado.
Aquel que miente y sobrevive en vela,
que ama a la esposa del mejor guerrero.
El triste. Aquel que no es feliz ni hermoso.
Aquel que usurpa, Egisto, aquel, la sombra. 

Pero también los desheredados que levantó Pasolini, erizados, perezosos y suburbiales, recogiendo las migas de una vida no escogida; los muertos vivientes que retrata en cada libro Stasiuk, seres cuya única alegría es el olvido, la nieve y el alcohol, que viven como quien arrastra su propio cadáver hasta el bar; la maldad estatalizada que satiriza Mrozek; o los pobres, mudos e indolentes, que cruzan los poemas de Walcott, hijos de hijos de esclavos que hablan el idioma de sus amos, esos cuyo nombre es mangle, canoa, espuma, carguero, nombres que son paisaje, tan lejos del mundo, tan viejos y morenos, que cuando entran en el agua, una tarde cualquiera, parecen los únicos seres humanos que merecen una página. Acaso en ellos esté la voz que nos permita reconocernos.


 Fotos: Gianni Berengo Gardin y Stephan Vanfleteren

El diario de Kaspar Hauser




Detrás de las cosas está la verdad, le enseñan a Kaspar. Pero su forma de percibir la realidad no se acomoda a la de su profesor y responde: “Dietro la verità, le cose.” Es decir: “Detrás de la verdad, las cosas.” Su respuesta es el último verso del primer poema de Il diario di Kaspar Hauser (L’Obliquo, 2003). El autor del libro es Paolo Febbraro, y no hay en él una sola página que no haya sido premeditada por el talento. 

Como Alberto Caeiro para Pessoa, Kaspar Hauser es para Febbraro la etimología de un ser humano, su vuelta al origen, su necesidad de esquivar a la filosofía occidental y plantarse frente a una manzana, un cubo, un verbo o una civilización con la insolencia de un niño. 

A Kaspar le conviene la interrogación impertinente como a Caeiro le convenía la paradoja. No pensar para ver, exigía Caeiro, que así entraba en cada verso en una amplia contradicción al pensar en no pensar. Paolo Febbraro tampoco teme a las contradicciones. Sabe que la poesía se alimenta de ellas, que solo con ese juego es posible tramar una voz verosímil que haga historia nueva con madera antigua.

El Kaspar Hauser de Paolo Febbraro es el idiota, el ingenuo, el loco, y nadie ignora que esa es una de las definiciones más populares y generosas de poeta. Es el idiota que no quiere matar a nadie, el ingenuo que es feliz con casi nada, el loco que ignora cualquier forma de fanatismo.

“El único misterio es que haya alguien que piense en el misterio”, aseguraba Caeiro. A Kaspar Hauser le sucede lo mismo, y los misterios de la religión le resultan tan disparatados que no entiende que alguien quiera enseñarle semejante materia. ¿Un Dios que ha inventado el mundo de la nada? ¿Con qué materiales se hace algo de la nada? ¿Y quién, antes de Dios, inventó a Dios de la nada?

El río se mueve continuamente, le enseñan a Kaspar. Sí, pero si el movimiento es perpetuo, su rumor es inmóvil, añade él. 


Paolo Febbraro trama estos poemas como quien juega con la filosofía occidental, observando de soslayo a los grandes nombres, con media sonrisa siempre, como quien ha decidido transformar cada crítica en un diálogo irónico sin abandonar nunca la poesía. 

Los nombres, los lugares, las tradiciones, las religiones o la pedagogía, todo sirve y de todo se ríe seriamente Kaspar Hauser, y su sonrisa de loco dice más de nosotros que varias toneladas de literatura académica. 

La ciudad existe cuando el campo queda rodeado. Las habitaciones quieren tener sus propios pensamientos, y el viento es quien las hace escribir. Los objetos nos hablan y en ese diálogo, tan demente, hay una enseñanza. La escritura nos habla como ese hombre que habla, pero en la escritura hay un río subterráneo. Se equivoca Kaspar Hauser en este diario, y en cada uno de sus errores hay un salvavidas. 


“Apri la finestra, Kaspar.” 
“No, Franz. Voglio rimanere.” 


Que viene a ser: 


“Abre la ventana, Kaspar.” 
“No, Franz. Quiero quedarme.” 


Hay que quedarse, hay que pasar de largo ante las ventanas abiertas. 

La inocencia es imposible para el poeta de hoy, defiende Paolo Febbraro, por eso invita a la poesía a la casa de la ficción. Una casa de mala vida, llena de gentuza, de contradicciones, de humor. La gente honrada y la gente que sabe no va nunca por allí. En esa casa habita también la realidad, pero es una realidad que evita el centro del escenario, que no se conforma con las noticias y las contranoticias, que toma callejuelas imprevistas, que intuye que el insecto, el hombre y la silla comparten una misma naturaleza. Ya digo, son tarados, perdidos, adictos. Allí, tan enfermos están, es posible lo imposible. Y lo imposible es lo que sucede todos los días ante nuestros ojos ciegos, algo que solo puedes ver si eres un loco, un ingenuo, un idiota, un niño, o si te atreves a serlo sobre una página.


Alguien que no sea niebla



Aunque te burle o engañe por un rato, tú vuelves siempre a entregarme esta inercia que se parece tanto al abandono. Ahora crece otra vez por tu espalda aquel traje metálico, cota de mallas tensada con que te defiendes de ti mismo. Hay demasiados fantasmas a tu alrededor. ¿No los ves? 

Al otro lado debe haber alguien que no sea niebla. Si extiendes la mano y tanteas a ciegas, tal vez puedas sentir el aluminio húmedo de una barandilla, el rugoso mapa del asfalto bajo la lluvia, la resistencia del cristal. No aspires a nada más. El aluminio, el asfalto y el cristal son tus iguales. 

Pronto vendrá el convencimiento, y arqueado sobre un café, sin otra amistad con el mundo que una lejanía, no quedará en tus manos ni una sola palabra con que entorpecer al silencio.



Imagen: Mehrdad Naraghi

Notas para un diccionario personal




CRISIS.

1. Estado de perfección del capitalismo. 

2. Refinado sistema que utilizan los pobres para abandonar su estado de necesidad y trepar hasta las opulencias del mendigo. 

3. Estado civil del hambre. 


BANCO.

Lugar donde la suerte de arruinarse a la intemperie no exime de la posibilidad de enterrarse bajo una hipoteca.


GOBIERNO.

1. Firme garante de la imposibilidad de todo desarrollo. 

2. Propensión de la inteligencia a su autodestrucción a través de una secuencia de contradicciones ofrecidas en rueda de prensa. 

3. Masturbación política. 

4. Proveedor mayoritario de los sepultureros. 



TURBULENCIA ECONÓMICA. 

Pánico de los socios en una tarde de lluvia en el club. El pánico se vuelve epidemia en los medios de comunicación. La epidemia produce una reforma legislativa, según la cual los pobres deben abonar varios miles de millones de euros para romper esa cadena de atrocidades y devolver la tranquilidad, el sol y la justicia a los socios del club.


MUERTE. 

1. Estado de gracia que permite al hipotecado saldar su deuda gracias a la connivencia de un seguro.

2. Estado resultante de aumentar los impuestos, acelerar la productividad y disminuir los sueldos de forma simultánea.

3. En algunos países: condecoración entregada a ciertos individuos por instigar a sus conciudadanos a cometer actos en favor de la libertad.




Foto: Andreas Gursky

Dos apuntes sobre nacionalismo


Sentirse orgulloso de ser español, catalán, tejano o canario es como jactarse de tener bazo, esófago o vesícula biliar. No parece posible que nadie haga exhibición de semejantes atributos. Ser de cualquier sitio es siempre una desdicha. 

Sería mejor enorgullecerse de haber aprobado un examen o de haber ganado una partida de ajedrez, por poner dos ejemplos minúsculos. Pero se ve que el orgullo es propenso a las patologías, y así la gente convierte un accidente (nacer en Manganeses de la Lampreana, en Edimburgo, en Chaguanas o en Yakarta) en un asunto trascendental. 

Cuánto orgullo sienten por tener hígados, clavículas o páncreas, y qué placer el suyo convirtiendo el asunto en una ideología, una profesión o una fe. 

*
Aún quedan seres humanos que se preguntan si, al atravesar cualquier frontera, dejarán de ser humanos y se convertirán al instante en cangrejos, simios iletrados o protozoos unicelulares.

Este temor proviene de la exaltación de los valores nacionales que cada territorio propone, valores que suelen aplicarse a cada individuo que se envuelva en la bandera respectiva. Observada esa glorificación de sus capacidades, esa multiplicación de su inteligencia y esa sacralización de su historia, el diminuto extranjero, al atravesar la frontera, se convierte en poco más que una larva.

No es extraño que algunos afirmen que alimentarse de él o pegarle un tiro no debe ser delito.


En el mundo de Carrick





En el relato “Exilio”, del escritor americano Edmond Hamilton, un grupo de escritores de literatura fantástica hablan de la posibilidad de crear un universo paralelo, un mundo imposible. No es nada nuevo, solo su trabajo. Entre ellos se encuentra Carrick, que les recuerda lo que ya saben: que ha fundado un universo nuevo para sus novelas. Luego añade: no solo he inventado ese universo, también me he visto obligado a vivir en él.

Esa confesión atosiga a sus amigos. ¿Vivir en tu mundo imaginario, salir a la calle y descubrir sus limitaciones, ser uno más entre los fantasmas de tu imaginación? 

El whisky escocés no les impide discutir algunos detalles de ese mundo. El mundo de Carrick es un planeta con seres a medio civilizar, que se debaten entre la barbarie y las supersticiones. Un mundo que permite la vida, pero que también la amenaza sin descanso. 

Era un mundo adecuado para mi narración, asegura Carrick, y solo faltaba un detalle: su creador. Decide entonces incluirse en ese nuevo mundo, habitar esa realidad de la ficción. Luego se durmió extenuado. 

Al despertar se encontró en ese otro mundo, hijo de hijos que habitaron ese mundo, familiarizado con cada detalle. Solo una cosa le distinguía de sus semejantes: tenía la creencia de haberlos inventado a todos. Nunca se atrevió a decir nada. Temía que lo tomaran por un loco.

Un día, cansado de ese otro mundo, Carrick siente la necesidad de regresar. Pronto descubre que el regreso no es posible. El billete solo era de ida. Atrapado en ese otro mundo, Carrick terminó por llevar allí la misma existencia que en el nuestro, y se ganó la vida escribiendo historias.

El relato de Edmond Hamilton no acaba, solo se detiene. Un amigo le pregunta a Carrick cuándo volvió a nuestro mundo. Él no se alarma y responde: “Nunca regresé”.

Todos estamos atrapados en el contrahecho mundo de Carrick, dando vueltas en un tiovivo mal alquitranado, arrastrados por una novela cuyo absurdo se renueva, sobreviviendo entre el espanto y el humor desesperado.  

No me preocupan las torpezas del autor o su desdichado argumento, solo me inquieta la repetida incapacidad de los personajes para contradecir a su creador y dignificar  ese invento.



Foto: Gilbert Garcin

Mrozek y un simio llamado Godot


Huida hacia el sur, publicada en 1961, quiere ser una burla de la Polonia comunista. Slawomir Mrozek elige para su baile la estrepitosa música de la novela juvenil de aventuras y por compañero y protagonista a un simio llamado Godot. 

No es un simio cualquiera. Godot es capaz de leer centones de biología y novelas esponjosas, capaz de hablar un perfecto polaco y de improvisar un poema dadaísta. A Godot le añade el autor la compañía de tres adolescentes seriamente inútiles. Los cuatro recorren Polonia, tan propensa al surrealismo. Su objetivo es huir del país y que Godot regrese a las playas de su amada Indochina. 

Godot es un eslabón perdido entre el ser humano y el primate, aunque su aspecto es el de un gorila ejemplar. La mayor parte de la novela se la pasa el simio disfrazado: un rato de campesina cracoviana y otro rato de poeta. Tiene mucho más éxito como cracoviana velluda que como poeta antisistema.

Mrozek no se esconde, no lo necesita. Quiere reírse de los planes industrializadores de su país, mostrar esas chimeneas sin fábrica, esos columpios resquebrajados en mitad del páramo donde se divierten niños invisibles, esas cadenas de montaje de zapatos solo para el pie izquierdo, la retórica por el bien del Estado de los honorables corruptos, los alegatos en favor del gorgojo de la patata, los escritores sindicados, esas reuniones de poetas a mayor gloria de sí mismos, los festivales deportivos de las granjas colectivas observados, en toda su grandeza, por el periódico oficial… 

En fin, nada que desconozcamos, nada que no podamos ver cualquier día repasando un diario. 

A Mrozek no le salió gratis. En 1963 tuvo que exiliarse. Tardó treinta y cuatro años en volver.

No importa el destino de Godot, tampoco el de sus acompañantes. Solo importa ese viaje, que es la excusa necesaria para entrever una sociedad que hace todos los esfuerzos necesarios por no parecerlo.

A Slawomir Mrozek le gusta jugar a presentarse como un ingenuo. Sabe que los recipientes de aspecto inocuo funcionan mejor para el contrabando de veneno.

Huida hacia el sur es una bebida engañosa. Tiene la apariencia de un refresco, pero su veneno hace efecto pronto, en cuanto creemos que se acabó la broma. Lo cierto es que la sonrisa de Mrozek es tan amarga que el realista Stasiuk, tan poco complaciente con nadie, parece un sencillo humanista, un crítico equilibrado en comparación. 

En La vida difícil era más evidente su sarcasmo, también más exacto. Pero La vida difícil contiene varias miniaturas satíricas en forma de obras maestras. Es imposible afilar más la pluma sin cortarse uno mismo.

La Polonia de Mrozek es a la vez inmensa y mezquina. En ella caben todos los sueños, pero ninguno de sus soñadores parece albergar forma alguna del sentido común. 

Mrozek, Szymborska, Bienczyk o Stasiuk son ejemplos suficientes para saber que se equivoca.

Mrozek reconocía que en 1950 sentía claustrofobia viviendo en aquel país. Ahora, acabado el comunismo, siente náuseas.

No ignoro que el nombre del país podría sustituirse, con un pérdida muy leve, por cualquier otro.



Ilustración de Daniel Mróz para el libro El elefante (1957) de Mrozek.


Una vez al año




Han caído otra vez sobre la ceniza, y el humo ha regresado, adensándose, a la boca. Están todos allí, un año más. Un espantapájaros con traje de fiesta salta desde las botellas de vino y se sumerge en un sol que escupe sobre las paredes blancas de la vieja casona. Tres mamíferos se agaritan en una esquina y esperan. Un par de lechuzas abren los ojos y mascullan con una cerveza en la mano, ofreciendo media sonrisa maquillada. 

Son los primeros días y el aire aún circula. Se festeja nada, pero es una nada suficiente.

Luego los días van estrechando los pasillos, robando oxígeno y fermentando el desacuerdo, tan gustoso.

Ninguno ignora el ritual de estos encuentros, todas sus minucias y roedores, como no ignoran los detalles repetidos: el mantel blanco de cada año y sus islotes quemados, los desconchones de las paredes nunca reparados, la dulce gangrena de los armarios o el estertor de las sillas. Saben que están condenados a ascender por la espalda de unos recuerdos comunes, manoseados o falsos, condenados a saludarse en indiferencia, a curiosear ruinas en la mirada del otro, todo para conseguir atravesar el sopor de un verano que estalla en los aleros y se disgrega en diminutas pesadillas.

Los días son allí escamas repetidas en el cadáver de un pez aún luminoso. Apenas son burbujas lo que dicen, sonsonetes. La lengua se desliza y pronuncia. Mascullan un plan, proponen una huida o ronzan por la gran casa como espectros.

Hay que salvarse pronto y algunos proponen juegos. Es lo mejor: jugar y sin por qué. Otros prefieren tratar el día a puntapiés o dormitar. Pero la mayoría van encapsulados en su sermón, o al tráfico perpetuo y exclusivo con su pareja. Son cuerpos en órbitas irregulares pero predecibles.

Las tardes se multiplican y traman sus espejos y sus desfiladeros de humo. Acuden a la imaginación, pero sin pólvora. A veces amagan sarcasmos, calentados desde el amanecer alrededor de una mesa ovalada. 

Cuando llega la hora de marchar el silencio ya les trepa por el cuerpo como una enredadera. 


Imagen: William Eggleston

Una inercia antigua




Ves a F y sabes que su primer impulso es destruirte: quiere matar, disponer de ti, eliminar todo lo que tú representas, hacer daño en cada caso y sin por qué. Ves que sufre por no hacerte sufrir, y tu media sonrisa le tortura. Es un adulto, pero es un niño. Un niño desconfiado y ciego que necesita abrirse paso entre los cadáveres. Somos su alimento y no queremos serlo.

Así viene la tarde. Una tarde más, sucia y seca, con cristales donde el sol repta y se abandona. Pero nunca falta algo de vida que traer aquí.


No hay otro juego que me importe más que esa danza perpetua que es el carácter. Cada uno en su locura, a la deriva, atajando contradicciones con mentiras, disponiendo la realidad a su gusto, engañándose cada mañana para sobrevivir. Y hay una mezcla de náusea y de ternura en todo eso. En saberlo y en que no importe. 

Hubo un día en que a N la realidad terminó por desesperarle. Le dijo basta. Cállate. Cierra la boca. Luego se marchó de sí mismo y no volvió. Ahora no vive, solo parece que vive. La vida quedó lejos, en otro escenario, fuera del mundo, en un planeta inhabitable y remoto. N sabe que no volverá a ese planeta, que algo inmenso e inconcreto le ha destruido y no entiende por qué. Él, que buscaba ser tantas cosas, se ha convertido en aquello que despreciaba. Ahora bebe en silencio, y siempre espera que mañana nunca llegue.

O la rubia E, cuya vida es una huida: huir de sus padres, de sus hermanas, de su fracaso, de sí misma, de la pobreza, de los estudios, de sus propios sueños. Solo huir y sin descanso. Se mira al espejo y se gusta: le encanta mentir, y elevar esa mentira hacia la intimidad, dedicarse a sí misma sus mejores creaciones en el engaño. Solo cuando sueña, cuando no mide y se abandona, la huida es imposible y debe regresar. Pero E apenas duerme. No conviene dormir. El sueño es el enemigo. Su trabajo en la oficina rectangular y blanca, sus mínimas rutinas diarias, su calculada forma de matar el tiempo, de ignorarlo todo, de ignorarse a sí misma, son las ceremonias de esa larga huida que es ella. 

El calor es una infección que sube desde las aceras. Una inercia antigua nos empuja hacia la noche, mientras la ciudad sigue girando en su maquillada decepción bajo la tensa interrogación de las farolas. 



    Foto: Salvo Petri

Una semana de enfermedad




Hoy en día hay una baja tolerancia a la enfermedad, muy baja, repite la doctora mientras con su mano izquierda coloca tras la oreja un mechón de su melena castaña, siempre mirando al monitor, la otra mano suspensa sobre el teclado negro. Me exige paciencia, hay que pasar la enfermedad, asegura, y me receta un batallón de paracetamoles, una semana de reposo y líquidos. Afuera fabrican su desierto el calor y la calima, y la isla es un mamífero anciano, sofocado y terroso.

El primer día de enfermedad es como un viejo amigo que regresa con su tabarra: la fiebre sobre un colchón, la tos cavernosa y la flema, también las serpentinas frías del sudor, el vaivén de las alucinaciones, los mareos que solo aflojan al llegar la noche.

No muy lejos hay un ventilador mutilado que empuja un hilo de aire que nunca llega a ser frío. Son las condiciones perfectas para abandonarse al vicio. A mano tenía aquel día Humillados y ofendidos de Dostoievski, que tiene líneas sobre las que es posible volver, como este pesimismo del anciano Ikmeniev sobre la vida de escritor, aunque solo para estar en desacuerdo: 

Mira que no dejar absolutamente nada… ¿De qué le valió la fama, incluso la inmortalidad? Con eso no come ningún hombre.

Y mientras el anciano alecciona a Vania, el joven escritor, le indica con la mano la calle “oscura, tenuemente iluminada por las farolas sumidas entre la neblina plomiza; las sucias baldosas de la acera, las casas con la fachada empapada por la humedad, los peatones tristes, calados por la lluvia”, en definitiva, la fúnebre noche de San Petersburgo. Se equivoca Ikmeniev: da igual a lo que uno se dedique, nunca dejamos nada aunque lo dejemos todo. El escritor, aunque come poco o nada, al menos deja una memoria del espanto, unas hojas donde alguien aprendió a callar o a sonreír, los detalles de una historia que estamos condenados a repetir.

La noche africana no es menos pesada y huérfana. Los faros de un coche a veces cruzan la calle con una luz urgente. El calor se posa sobre el cemento y los perros ladran en las azoteas. Si sucede algo, si acaso eso es posible, sucede en otro lugar, muy lejos, como una deflagración remota cuya luz anaranjada apenas nos conmueve.

Otro día de enfermedad, entre convenientes delirios, me arrastré hasta una reunión con viejos amigos. Ninguno es escritor, y eso ayuda. Poco a poco me fui esquinando y callé. Mi virtud más apreciada en estas reuniones es la invisibilidad.

Hay un par de días de los que no recuerdo nada. Son como espejos idénticos que se miran y dicen siempre la misma secuencia demente de palabras. Tal vez cambiara algún detalle mínimo en el fondo del vaso de agua, esa espiral de arena blanca que se forma con los restos del paracetamol, el perímetro de la huella de sudor sobre la sábana que arde, la mano que escribe algo que no entiendo, la necesidad de hablar con alguien que no quiere hablar conmigo.


En toda semana de enfermedad hay un día en que uno apuesta por la muerte. Lo ve claro y la espera con alivio. La fiebre es una hermana entonces, las medicinas un engaño innecesario. Uno espera y ella se retrasa, como siempre. Ella solo es puntual cuando nadie la llama.

También tuve un día de Brodsky, vaya usted a saber por qué al enfermo la da por ahí. Y así estuve repasando Etcétera, y pronto acepté su cruel canción de cuna, sus oraciones para un fin de siglo, su forma de dialogar con los muertos.

Y hubo otro día en que todo fue viaje. A través de los cristales de la puerta del balcón, que acumulan la tierra de varios años, se observaba un hongo blancuzco en el horizonte, un invertebrado omnipresente y sin rostro, tranquilo bajo el sol. Me derrumbé otra vez sobre la cama y me abandoné al viaje. Son las astillas que saltan cuando algo se quiebra. Ahí estábamos otra vez los dos bajo los pinos mansos, el río de cuadros y esculturas nos explicaba, y si en algún momento no encontrabas la respuesta, solo hacía falta detenerse, atender a la piedra, ver cómo nos sonreían con desenfado los dioses tirados en la escombrera.

Un largo viaje el nuestro en casi todas las direcciones, y sin embargo, desde el otro lado, mi acompañante decía que todo había sido en vano, que aquel amanecer no fue real.  

Hay quien prefiere quemarlo todo para seguir avanzando. 

Que otros se conformen con la ceniza, con lo que acaba y huye. Tú elegiste la memoria como salvavidas, los detalles de un sol obstinado que trepaba lento por las sábanas blancas y se recostaba plácido entre nosotros.



Watanabe




Todo lo que pone José Watanabe en el poema mira en la misma dirección: alcanzar una voz creíble y no aflojar en el asombro ante la realidad. Para llegar hasta ahí se sirve de muchas herramientas, pero la más evidente y satisfactoria es la precisión de su lenguaje. Una precisión engañosa, que no necesita exhibirse para ser memorable. 

Una voz que se equivoca, embarranca y a veces cae, pero que no teme equivocarse. No importa, incluso en la caída está de cuerpo entero.

En los libros de José Watanabe el poema nos llega con el tono de unos apuntes preparatorios, un lento relato, una historia contada a media voz, una fábula demasiado real o una realidad que se amista con la leyenda. Todo sucede al pasar allí, como si el autor no le diera importancia y nos lo contara con algo de vergüenza, añadiéndole a su timidez la exactitud y a su aparente espontaneidad la premeditación. 

Con un poco de esfuerzo el lector encontrará el doble fondo de la maleta, las joyas de contrabando y las fotografías escondidas en un sobre americano. 

En sus poemas puedes encontrar las apagadas manos del padre que ahora se encienden en el hijo; las llaves con que se abre la casa de las palabras para que suenen recién hechas, para que digan lo que no dicen; la muchacha que vive ocho horas en la oficina, mecanógrafa y sola, que come, trabaja y calla como un pájaro inalcanzable; la pequeña muerte del orgasmo que la mantis religiosa hace definitiva y piedra; el maratoniano retrasado y exánime que se vuelve metáfora del anciano, los dos igualmente rendidos en una carrera inútil. 


Si debe elegir entre la palabra poética y la palabra exacta, Watanabe elige la segunda. Sabe que el detalle está siempre más cerca de la poesía que una sonora abstracción. 

Otra de sus virtudes es saber llevar el poema hacia un lugar inesperado, allí donde todo se dirigía silenciosa e inadvertidamente. O no. A veces, para serlo y dar con el poema, debe ser cortante y cambiar el tono y negarse. Me equivoco. No sé. Lo intentaré. Ojalá. De eso va “Planteo el poema”, un poema que acaba con un propósito y una esperanza: “Yo debí escribir ese poema. Espero hacerlo algún día.” 

Basta revisar su Poesía completa (Pre-Textos, 2008) para comprender que allí estamos todos, que esa voz nos explica y acompaña. 

Inclino por aquí "El maratonista", del libro Banderas detrás de la niebla:



Te has metido solo en esto, muchacho,
pero tu lentitud nos angustia a todos. 
Después de tantos kilómetros, se acabaron tus fuerzas, 
pero todavía insistes en llegar a donde ya no importa. 
Esto ya no tiene sentido, no abuses 
de nuestra piedad: anda a casa 
y comprende que alcanzarte una esponja con agua
 fue lo único que pudimos hacer por ti.

(Pero ama el niño que cree que puede 
lanzar su energía como un rayo al centro de tu cuerpo 
y a la vieja 
que se santigua como si viera pasar un santo lastimado.)

Tus piernas son cada vez más pesadas. 
Conozco cómo es eso: también sé 
lo que es ansiar desesperadamente aire 
para durar un poco más.

Al dar la curva encontrarás una calle solitaria. 
Cambia el paso allí, disimula tu fracaso y camina 
lentamente 
pisando las hojas amarillas de la morera 
como hago yo cada día, ya libre de toda competencia.



La calima, el café y el reciario



Un muro de calima ha secuestrado la calle, los edificios, la ciudad entera y el mar. El cielo es una niebla que permite una luz tamizada, espectral y blancuzca. El calor y la calima nos empujan hacia el café de un centro comercial, urna climatizada envuelta por una nube de polvo sahariano. 

Aquí dentro volvemos a respirar. ¿Será real este día o es un préstamo del sueño?

En el gran aparcamiento crepitan las carrocerías metalizadas, el asfalto quisiera abrir la boca y tomar oxígeno, las sombras que pasan vienen enrojecidas, furiosas, en derrota. Un vértigo común nos lleva, una náusea que nos indica el camino, y la sensación de que la vida es una infinita negligencia. 

Entre los cristales del café sentimos lo contrario, y una esperanza injustificada crece otra vez en mitad del desierto. La madre sudorosa, con su camiseta de lino pegada al cuerpo, distribuye dos zumos en tres vasos, reparte los cubitos de hielo, y los dos hijos beben y ella también: ellos seguros de que el mundo está bien hecho, ella proponiendo una mentira piadosa. Ya tendrán tiempo, piensa, para la desilusión. En una mesa cercana tres obreros comparten un mismo cansancio envejecido, aunque ninguno pase de los cincuenta años. Resoplan, tiran de las servilletas, aquí sí, dice uno, menos mal, suma el otro, no me muevo en media hora, suelta el tercero. Están vivos y se reconocen. Piden cerveza y luego callan. 

Junto a mi mesa un hombre trajeado se quita la chaqueta, desanuda la corbata, desata un par de botones de la camisa azul. A su lado dos compañeras de trabajo rodean con las manos unos vasos de agua con hielo. No muy lejos dos señoras enjoyadas se han propuesto alargar su estancia en la mesa 7 hasta el anochecer. Revisan sus familias en un parloteo paralelo, donde se habla pero no se escucha. No hace falta, lo saben todo. A veces cierran la boca unos segundos para sorber su té helado, pero enseguida vuelven como los papagayos a repetir las palabras aprendidas, más allá de todo significado. 

En la mesa 5 un joven bebe solo su refresco. Grande y atlético, acodado sobre la mesa, semeja un reciario al que pronto llamarán a morir en la arena. Hay una tristeza definitiva en su gesto, una derrota que no puede tardar, una sensación de que todo fue inútil, que no pudo ser distinto. Tal vez un recuerdo feliz atraviesa su memoria, pero es una llama breve que deviene en humo y se disuelve pronto. 

También él se pregunta si será real este día, si la pesadilla no explicaría mejor este café acristalado que nos defiende del mundo. Pero entonces observa su reloj y comprende que ha llegado la hora. Hay órdenes concretas, es un reciario y lo sabe, es su turno: debe luchar para divertir a la plebe y al cónsul. Fuera una niebla de polvo y un sol invisible le esperan. 




Dos notas de un espectro


 Foto: Mariusz Szymaszek

   

Entre el bullicio y la enfermedad crecemos, dispuestos a engañarnos un día más. ¿Dignidad, salario, indemnizaciones? Cómo le gusta a la gente ilusionarse. ¿Una vivienda digna, sanidad gratuita, educación universal, protecciones sociales, democracia? ¿Cómo se atreve usted a pedir eso? 


No hemos comprendido nuestra labor. Somos el servicio, pero no aceptamos la casta en que nacimos. 



Si somos útiles y se nos perdona la vida es para que otros seres humanos puedan vivir encaramados sobre nuestras espaldas.





Recuerdo hoy la Pietà de Buonarroti que me miró una tarde romana, porque a veces uno siente que es la obra la que nos elige entre la multitud. Esta concedía su belleza en lejanía, protegida, mientras un enrojecido vigilante vaticano me apresuraba. 

Como escribió Pasolini, todos sentimos una ausencia de fe, la pérdida de algo que nos levante cada mañana del ataúd del vacío. La religión no puede hoy entregarnos esa fe. Buscamos entonces nepentes para sobrevivir: la vocación, la locura, el dinero, la violencia o el abandono sirven para distraer esa ausencia. 

La Pietà de Buonarroti parece flotar, pero no de esa forma ridícula en que flota la de Perugino. Son dos cuerpos ingrávidos, al fin desposeídos de todo encargo o misión.
Si viera al Ungido y a la Virgen vería muy poco, pero veo a una madre y a su hijo, y sé que sus nombres son cualquier nombre. 

Ella sostiene al hijo muerto, y con él debería absolvernos a todos, pero nosotros que caemos sin evangelio y sin dios, a los que no se les concede una cruz o un mito, sentimos que los pliegues de ese mármol son los que nos absuelven, que ellos son el único milagro. 

Me gusta creer que las manos de esa madre nos amparan, que ella nos comprende y perdona, que a ella no le importa si somos incrédulos, borrachos, cobardes o ladrones, que su regazo es la tierra y pronto nos acogerá



El autodesprecio y el paisaje


Una especie de histeria compulsiva, tan grata para limpiar nuestra imagen de indolencia, permitió la tranquila autodestrucción, el incendio provocado de nuestra casa. “¿Pero por qué quiere usted quemar su casa?”, se habrá preguntado alguien propenso al sentido común. “Para cobrar el seguro”, respondieron los sacerdotes, y el público aplaudió. Durante años las llamas fueron la metáfora de una catarsis colectiva. Después del incendio llegarían los beneficios, se decían. Pero solo llegó la ceniza, que ahora nos quema los ojos. Solo una carcajada podría explicar hoy aquel incendio.

Orgullosos en nuestra depresión histórica, alegres en el autodesprecio, hemos aceptado los lemas más estruendosos y paternalistas, la ganga verbal de los sacerdotes encorbatados, elásticos en la moral, dispuestos a hincharse cada tarde a la hora del sermón.

Estrangulados por un paisaje incivil, con el que nadie se recuerda o se mejora, vagamos hoy por los límites, empujados hacia la valla o el arcén, expulsados de nosotros mismos. 

Hemos recibido trato de esclavos hebreos, y los mesías han sabido alimentar nuestra fe y nos han conducido hacia el desierto. Cada uno tenía su propio Moisés en la cartera. Ahora recorremos una isla que ha sido bendecida por un bosque de cemento. Durante años nos agradó el ritual donde el pan era la carne del obrero, donde el mejor vino, que debería ser sangre, sabía a cal y arena. Pero la ceremonia de la salvación resultó ser un sainete. 

Las respuestas que nos daban desde el púlpito insinuaban milagros que algunos siguen esperando acodados sobre el palenque, remotos en el gesto, rizando una interrogación que va camino de volverse la espiral de una serpiente. 

Somos los protagonistas de un largo halago del fracaso, y solo nos queda la traición o la fuga. 

En una arrogancia propia de la infancia hemos crecido sin antes albergar un solo mito, una sola expresión afortunada de nuestra condición. Sí, hemos sobrevivido, claman nuestros padres, y no parecía fácil conseguirlo hace un siglo, tan pobres éramos. Para sobrevivir hemos impuesto en cada esquina una moral de caciques, un teatro sentimental en honor de la tribu que servía para justificar avaricias y ovacionar majaderías. 

Nuestros sacerdotes eran portadores de un mensaje de bienestar y futuro, tan escaso de autocrítica como obeso de analfabetismo. No una planificación, sino una borrachera eran sus ideales, una ebriedad que carecía de todo, también de premeditación. 

El dinero atrajo a sus obispos, especialistas en medir los sacrificios ajenos, la tensión de la cuerda, el momento exacto en que se debe abandonar la embarcación antes de que empiecen las preguntas desagradables. 

Ahora todo vuelve a ser un juguete: vuelan los techos de uralita, se multiplican las puertas cerradas, el óxido crece en los candados, el viento chilla en las estructuras de los edificios inacabados y África nos llama con voz de sibila. 

Es el día después de la fiesta. La isla se ha vuelto un corredor angosto y el oxígeno escasea. Los oficiantes deben tomar los últimos aviones. Dos petroleros cortan la mejilla del mar. 

Podríamos haber encontrado un espejo, pero elegimos vender nuestro rostro. 



[Publicado en futuro público

Algo que busca estar en pie



La palabra es hija siempre de padres espurios o desconocidos. Es una de las intuiciones de Walcott: ser hijo de Milton y de Shakespeare, de James y de Auden, es convertirse en el hijo putativo de los amos de sus antepasados esclavos, es como escribir con un látigo prestado en la mano.

Pesan las palabras como piedras, porque en su vientre transportan a la historia.

Más ligera es la lengua del cuerpo, la gramática de la naturaleza. Ella dicta y nosotros copiamos. Las correcciones son insuficientes y acaso inútiles. Stasiuk, ferviente coleccionador de modernas ruinas, es el escritor de hoy más fiel a esa gramática.

Cree entendernos mejor la razón, pero la cicatriz habla más claro. El tacto inventa una sintaxis que la literatura solo puede intuir. El sol cabe en una página, pero el otro sol hace del mundo su página.

El idioma del cuerpo pertenece y sucede, pero no inventa. Con las palabras construimos la otra vida, la imposible, como quien fabrica ídolos con un barro espeso y sucio, lleno de etiquetas, de latas oxidadas que abren su boca en grito, huesos de animales y una especie de putrefacción que quisiera ser vida, algo que busca estar en pie, salir del libro, caminar.

Señales que precederán al fin del mundo




Señales que precederán al fin del mundo
es la segunda novela de Yuri Herrera, nacido en 1970 en Actopan, en el Estado de Hidalgo, Méjico. Las señales que promete el apocalíptico título están aquí, entre nosotros, en nuestras palabras, en los yermos que vamos extendiendo sobre el mundo, en los oficios de la violencia y la corrupción, esos oficios que cuidamos con tanto afecto.

Valga decir que las 123 páginas de esta novela son invulnerables. Añadir o rebajar no serviría de nada. Todo ha caído en su lugar. Una naturalidad premeditada, un retrato del infierno que nunca afloja la cuerda, que nunca condesciende con explicaciones es lo que se nos entrega.

El lenguaje de Yuri Herrera es un paisaje en sí mismo: funda un territorio, se amista con la poesía, deriva hacia la reflexión y se reseca y corta cuando apura la crítica. Un mismo organismo va produciendo todos esos efectos ante el lector, modulándose sin que el cambio sea visible.

Herrera ha trabajado el lenguaje coloquial hasta presentarlo en una página como una cosa nueva, refinada, que sirve igual a la poesía, al diálogo filoso y a las quebradas del pensamiento. Pero ese lenguaje nunca deja de ser lo que es, un lenguaje que sabe a prisa y asfalto mezclado con tierra, a hoteles de frontera, a pulque curado de nuez, al cementerio de los desiertos, a no te fíes nunca, a un joven que duerme abrazado a una bolsa en su litera, a una troca que se aleja por pistas de tierra, a una huida hacia ningún sitio, porque la cordura no existe ni se la espera.

En ese idioma jugoso y engranado crece la figura de Makina, la protagonista, alguien que intenta sobrevivir en una sociedad donde la vida vale menos que el precio de la tinta gastada en escribir la palabra vida.

Durante años tuve por convicción que la influencia de Rulfo destruye a cualquier escritor, aniquila toda prosa. Es una sombra demasiado grande para que no te inunde y te derrote. Yuri Herrera demuestra que estaba equivocado, que se puede, por el camino de Rulfo, hacer la novela de hoy.

Como leo a Herrera desde la otra orilla siento, quizá por extrañeza, que el español se limpia y reinventa en su prosa. El mismo idioma, pero como recién hecho, lleno de juegos que mejoran al que lee, de entrelíneas, ritmos y enseñanzas.

Yo no sé si Méjico se acerca al fin del mundo, y todos con él, pero mientras las señales que anuncian ese final las notifique Yuri Herrera, bastará para seguir retrasando la hora.



Señales que precederán al fin del mundo, Yuri Herrera (Periférica, 2009)