Todo lo que tengo lo llevo conmigo


a Francisco León

Serán estos los míos, cantando ahora con una copa de vino en la mano, o eran los de ayer, abriendo regalos que ha traído un fantasma tan vagamente representado.

Siento no ser de nadie y haber descubierto una soledad última que crece hacia la lluvia, idea que se entrega como agua sucia a los charcos, agua que evitan los zapatos cuando avanzan apresurados por la acera. No pertenezco y yo también me aparto. No conozco otra lealtad que una fatigosa traición. 

Una traición, así entendida por todos, fundada en decir lo que se piensa, en no callar a tiempo y no pensar nunca en las consecuencias. Siento la alegría del que se abandona a la ciudad, una alegría trágica que me vuelve invisible y ajeno, con la maleta siempre preparada para escapar de la casa transitoria.

Debo inventarme un hogar distinto, abarrotado de paisajes íntimos, de objetos que no pueden dañarme, de libros que suturan la misma herida que abren.

Un libro como Todo lo que tengo lo llevo conmigo, de Herta Müller. Allí fundo mi covacha hoy. Está repleto de enumeraciones que construyen la casa imposible del narrador, Oskar Pastior, el poeta y amigo de la autora. Es una casa construida en mitad del horror de un campo de trabajo soviético, una casa imaginaria que funciona como un salvavidas. Hilo de pensamiento que nos cose la respiración: polvo de carbón, paladas de arena, pan racionado, armuelle, el escondite de la almohada, polainas de cuero, cadáveres helados, cal y madera, ángel del hambre, pan de mejilla, pájaros de cemento, la voz del estómago, descargar y cargar, nieve sobre los vagones, nieve para desayunar, la mujer que come insectos, aguardiente de frambuesa, bloques de escoria, el himno ruso en los altavoces, procesión de huesos de hojalata. 

Herta Müller y Oskar Pastior 

Tres escaleras



Recuerdo que descendí por la primera escalera hasta llegar al siglo IV. Una intimidad de frescos lientos que se disuelven había allí, palabras tachadas de un latín sentencioso, barcas de pigmentos donde unos pocos reman aún hacia la noche. 

Luego bajé otra escalera y me encontré en el siglo I, domus de primitivos cristianos, aún cegados por una fe convulsa. Permanece el espacio, la cautela de un orden y un rumor de aguas subterráneas. 

Solo faltaba en ese lugar la sospechada escalera final, la que debe recordarnos que nuestro nombre no existe y en un leve descenso, aprendiendo del barro, ocupar nuestro hueco, firmar el último divorcio con la carne, inclinarse hacia el gusano.



Sobre la posibilidad de un espejo



  

Basta un poco de atención para descubrir que los  seres pintados al óleo en la National Gallery están vivos en las salas del museo: son el público y los vigilantes, y no siempre se reconocen en el espejo. Están en camino, preparados para sustituir a los originales antiguos, consultando su teléfono móvil mientras igualan con precisión los rostros congestionados en las telas, las narices de tubérculo, las miradas humilladas y las desafiantes, el gesto que señala y la boca que no se atreve a decir lo que piensa, la piel translúcida y la futura calavera. 

Rembrandt mira a Rembrandt cuatro siglos más tarde cuando ese hombre pelirrojo y de verde impermeable observa el Autorretrato a la edad de 34 años. Son iguales aunque no sean lo mismo. 

Miro a mi alrededor y no hay modelo que no esté caminando por estas salas: me cruzo con un calvo San Jerónimo, canoso y con ligera mochila, luego con una de las jóvenes mujeres de Vermeer en pantalones vaqueros, con el perfil de un bañista de Seurat, y más de una vez he creído ver el rostro cenceño, el pequeño cráneo, la piel rasurada y amarillenta, la fría mirada de Il doge Leonardo Loredan que pintó Giovanni Bellini. Están todos aquí. No falta nadie en este juego que se repite desde hace siglos.

Tal vez haga falta el cuadro para explicar a su doble, para entender lo que fuimos sin saberlo, lo que acaso somos, eso que solo alcanzarán a ver con exactitud los que vengan mañana y se descubran en nuestros rostros pintados.


Dos fragmentos




En calles comerciales como Oxford Street siento una insatisfacción agotadora, una total ausencia de verosimilitud. ¿Qué podría encontrar uno aquí donde todo fue hecho para la multitud, donde los dioses de temporada te observan intactos y en pose desde las paredes, multiplicados por la tautología de los espejos? El lujo y el diseño ofrecen su paraíso inverosímil habitado por maniquíes que simulan una congelada soberbia, una altivez teatral. El arquetipo debe ser el maniquí: hacia él nos dirigimos en busca de un falso equilibrio del cuerpo, hacia la piel plastificada y lisa, los ojos que no quieren ver, hormigueando en busca de esa perpetua forma de no ser nada y a la vez servir de ídolo para muchos. 


Nada enseñan estos escaparates, todo lo esconden bajo el estruendo de los focos halógenos que nadie puede mirar.

Estas calles comerciales solo me satisfacen como una idea remota, como una ficción que sucede en un lugar en el que no quiero estar. 

Pero basta con alejarse por calles donde nadie vende nada, donde se oscurece el paso entre ladrillos pardos, hematomas de verdín y repintadas verjas negras, para que la gran ciudad enseñe otro de sus rostros, el de las arrugas de la acera, las cejas encanecidas de los aleros y las venas hinchadas del asfalto. 

Sí, para qué negarlo, soy un adicto a la ruina.

Hasta la mujer que pasa en silencio a nuestro lado por esas calles es otra, lejos el tráfico y el comercio, atravesada por una fuerza que refuta la quietud de los maniquíes, con un cuerpo que no exhibe su imperfección pero tampoco la oculta, una mujer que avanza abstraída, guiada solo por un instinto que le permite doblar la esquina en el momento adecuado, mil veces realizado el mismo trayecto de vuelta a casa, hundida bajo un abrigo azul que la protege del mundo, la comida tiritando en una bolsa de plástico, arrugado el rostro que no suplica ser admirado, que solo quiere descansar. 

*

Bajo la lluvia se eleva la cúpula de Saint Paul como un fantasma iluminado, hierático y obeso. Las bocas de metro tragan seres humanos que buscan refugio. Rebosan las cafeterías mientras en los ventanales pequeñas serpientes de agua caen y desaparecen y vuelven a surgir y a desaparecer, en un ciclo que enturbia la imagen de los que se protegen tras el cristal, las dos manos en la taza caliente de té, sonriendo tras el humo. 

Nosotros nos alejamos formando parte de una danza de paraguas. La lluvia oprime al río, ahora turbio y exhausto, acuchillado por un lento transbordador.

Un cielo cárdeno se deslíe en azules abisales y en grises de humo. Un sol apesadumbrado le entrega un brillo tenue a los acristalados edificios de la City, celdas iluminadas y neutras que se elevan ensimismadas, indiferentes, nuevos templos para una religión primitiva.


En Marylebone Station


En Marylebone Station, en un café circular rodeado de mesas (una fotografía cenital mostraría un sol oscuro dibujado por un niño), una mujer de piel granulada y rosa, hinchado su cuerpo bajo un largo vestido negro, los pequeños ojos azules perdidos en un rostro que culmina una papada nerviosa, bebe malhumorada su café doble y hojea The Daily Telegraph con desagrado, auscultando la actualidad que cada día llega hasta la superficie del papel, una actualidad que huele a sangre y a demencia, un olor que se abre paso a través de los gruesos dedos enjoyados, que trepa por la ropa y se mezcla con el perfume nuevo. Pero basta con pasar la pesada hoja donde se agavillan los huesos para que la mujer sonría, segura de no haber visto nada. 


Un dios salvaje


Un dios salvaje no es tanto una película como un líquido corrosivo. El espejo que nos presenta Yasmiza Reza a través de la ventana de Roman Polanski endurece las facciones, multiplica nuestras caras y nos deforma hasta lo grotesco.

He pensado en Swift, en Monterroso, en Bloy. Los tres hubieran firmado este diagnóstico.

El cine como una forma del autodesprecio. La civilización como una representación edulcorada y lujosa de la barbarie. Sosa cáustica lanzada a los ojos de un espectador que a veces sonríe, pero sin convicción. Sabe que se ríe de sí mismo, que ese monstruo soy yo.

Notas para sobrevivir al Apocalipsis



Estos días se ve a muchos genios del arte desquiciados por la extinción de la cultura subvencionada, agraviados en lo más íntimo, hablando en nombre de ese ectoplasma llamado público, exigiendo las migajas que necesitan para sus proyectos artísticos.

El problema es que las migajas se las comieron los buitres que elegimos hace muchos años, y las que sobraron se las llevó el más listo de la clase a las Islas Caimán, donde descansan en paz en un féretro de alta seguridad bajo un sol esmaltado y felino.

Esa aparente injusticia que se comete con ellos solo revela una forma de la ceguera o del vanidoso delirio. Inclino aquí unas palabras de Auden, exactas para el caso. Son de su “Calibán al público” (la traducción es de Jordi Doce): 

No podríamos estar sentados aquí ahora, limpios, caldeados, bien alimentados, en butacas por cuyo uso hemos pagado, si no fuera por otros que no están aquí; nuestra vivacidad y buen humor son los de los supervivientes, conscientes de que hay otros que no han sido tan afortunados, otros que no lograron costear el estrecho pasaje o con quienes los nativos no se mostraron tan amistosos, otros cuyas calles fueron elegidas por la explosión o en cuyo país la hambruna recaló después de desviarse del nuestro; (…) 

Esos “otros” de los que habla Auden por boca de Calibán es a quienes deberíamos mirar primero cuando hablásemos de injusticia. Algunos están muy cerca, sobreviviendo a nuestro lado, rezagados en la gran marcha, casi siempre mudos. Escritores como Stasiuk han sabido darles voz y entregarles una dignidad. 


Pero hay artistas que no entienden y reclaman lo suyo, que en verdad es de todos. Hablan de la supervivencia del arte, de la defunción del cine o de la música. No faltará el bolonio que les aplauda la miseria mientras espantan al mosquerío. El arte ha sobrevivido a Goebbels, a Pol Pot y a Stalin, no hace falta que venga nadie a redimirlo.

Hay millones de personas que acarrean cajas en la tiniebla de almacenes donde no llega la CNN, sombras que no dicen su nombre y no tienen un hueco bajo los focos,  hombres que trabajan como esclavos y también, cuando les dejan, son artistas.

A ellos no les preocupa el Apocalipsis de la cultura. Ellos ya viven en el infierno y nadie ha conseguido callarles. Siguen cantando en voz baja, siguen pintando aunque se rían de ellos, siguen haciendo fotos incómodas y necesarias. Algunos incluso se atreven a bailar o a escribir. 

La torpeza de ciertos artistas no reside en recibir una subvención o una ayuda, sino en quejarse por no recibirla. Actúan como esos escritores de fabuloso quinqué que se creen inmortales y desprecian a todo editor que les dice “no”. Creen que todo el mundo debe apostar por ellos, que la historia les está esperando, que nadie puede atreverse a negarles su talento. 

Sé que en la covacha de la literatura se seguirá escribiendo aunque no haya presupuesto ni para suturar un libro con la piel de su autor, aunque desaparezca Internet y la blogoteca se disuelva en el aire como un rizo de humo al mediodía, aunque se hundan las editoriales y un ejército sonámbulo de lectores se aplique a traficar con harapientas ediciones en descampados de periferia, aunque no llegue el papel a estas costas africanas y tengamos que garabatear en los estrechos márgenes de una guía telefónica o un código penal, aunque no quede nadie que pueda llamarse escritor, aún así se seguirá escribiendo, porque la literatura no es un manicomio exclusivo para virtuosos, sino un salvavidas de la cordura.

Y lo haremos por placer y por maldad.



Imágenes: Mimmo Jodice y Alina Polanska

La misma cosa




Es un error creer que somos “muchas cosas”, cuando en verdad somos la misma cosa, cambiante pero única. 

Estamos hechos de la misma materia que puede encontrarse en un motor de gasolina, una silla o un ordenador, y la distancia que va de un ser humano a una hormiga o a un vaso de cristal es un parpadeo geológico, el mismo que nos hace desaparecer para convertirnos más tarde en otra realidad no menos necesaria. 

Un comercio incesante nos inventa y disuelve, nos devora mientras se renueva, un ciclo donde concurren esos accidentes que llamamos la vida y la muerte, que son meros espectáculos de una sucesión infinita. 

Se hace extraño entonces hablar del otro, del enemigo o del amigo, del compatriota o del extraño, de posesiones y de fronteras, cuando en verdad somos lo mismo. Nadie nos descubre: solo nos reconocemos.

En unos pocos siglos pasamos de ser quien graba un signo cuneiforme sobre una tablilla de barro a ser el barro mismo, ese barro que se mezcla con gusanos, que mañana será hierba, banco de piedra, acaso una pantalla, la misma pantalla en la que se puede leer el signo cuneiforme que escribimos, quizá nosotros mismos, hace unos pocos siglos.

Quien escribe estas líneas y quien las lee son también lluvia y escombros y tiempo, y quizá no muy tarde volveremos a ser lo que ahora somos, sin conciencia de ese regreso. 


Llegar a Stasiuk





En Cuentos de Galitzia la naturaleza y el ser humano se confunden, forman un mismo barro denso, abren un surco común, se arrastran por un asfalto quebrado y se evaporan sin dejar huella.

Hay un lugar donde los desheredados y la naturaleza son los únicos protagonistas del baile. Ese lugar son los libros de Andrzej Stasiuk, y estos Cuentos de Galitzia (que nada tienen de cuentos sino de cuadros, óleos exactos de un mundo que agoniza) son la quinta entrega de su obra en nuestro país.

Entre esos libros que ya conocíamos estaban De camino a Babadag o El mundo detrás de Dukla, escritos con una prosa que descansaba la cabeza en el ensayo, el tronco en la poesía y las extremidades en el libro de viaje, una prosa que dirige siempre su microscopio hacia las cunetas de la realidad, que fotografía todas las formas del abandono y la caída, que huye de las capitales y se demora en el metrónomo congelado de las aldeas y las ciudades en disolución.



No habla Stasiuk de un lugar lejano, por muy escondido y deprimido que venga ese territorio, sino de lo más cercano y agobiante, de aquellos deseos que nos gobiernan y creemos gobernar, de la contradictoria miseria de nuestra existencia, de las mentiras que nosotros mismos fabricamos y consumimos, del fundido a negro que precede a la violencia, de la dignidad del desesperado, de las razones del adicto y el demente, de la naturaleza de la que surgimos y a la que pronto volveremos, revueltos en una tranquila putrefacción, para seguir en la voz de la araña que sobrevive al fuego, del cuervo que salta entre los escombros, del agua que corre bajo las hayas o del páramo que esconde nueva vida.

Cada uno de los seres que retrata Stasiuk son nadie y son Dios. No ignoro que esa afirmación sirve para cualquier ser humano.

Józek, uno de los personajes de este libro, se presenta en la iglesia y exige su parte del perdón universal. Józek no cree en Dios, pero sabe que tiene derecho a ese perdón, como tiene derecho a estar erguido, a respirar y a comer, como tiene derecho a tener unas botas para la nieve. Józek sabe que es el último tractorista del PGR, pero también sabe que el perdón es ciego, como la maldad y la justicia.

Este libro está cruzado por camiones que se hunden en el limo, fantasmas que arrastran leña entre las montañas; hombres que deambulan por un camino que es una cicatriz entre la nieve; mujeres que siempre se dirigen hacia el mismo lugar angosto, exento de oxígeno, donde fermenta el pasado y un pensamiento circular termina por derrumbarlas; habla de pueblos que dejan un leve rastro de blanco en la noche, venda en mitad de la nada, sangre coagulada; de bares donde enterrar la paga en aguardiente y escupir palabras recortadas de borracho por las que aletea un tumulto de sueños estrangulados, de sílabas que entrechocan y descienden hacia el vaso que espera.

Stasiuk es una especie de híbrido entre el pesimismo de Cioran y la prosa de Nabokov. Eso sirve de guía, pero no es suficiente para definirlo: esos dos pasillos no alcanzan a explicar su mirada, tan cargada de obsesiones e insistencias que toda página suya resulta inconfundible.

En los libros del polaco el mundo occidental llega en un goteo desesperado, entrevisto en escaparates que ofrecen coloridas baratijas, suntuosos plásticos y quimeras perfumadas, mostrando a sus protagonistas una ventana hacia una vida remota e improbable. Pero ese capitalismo occidental no le interesa nada al escritor polaco, que prefiere con razón esos lugares donde la vida se deshace para comenzar desde el principio, como si la historia fuera allí una pesadilla que será devorada por los insectos, junto con las hojas secas y los cadáveres.

El mundo de Stasiuk está en el presente, hundido hasta las rodillas en él, pero en su prosa ese presente se eleva hasta terminar volando. Entonces llega el momento en que no parece que hable de nuestra época, sino de cualquier tiempo y lugar.

No conozco otro esfuerzo más necesario que el de llegar a Stasiuk. Allí habita la mejor literatura, la que se sirve de todo para hacer poesía, la que propone una absolución y una crítica, la que nos enseña a desaparecer. 


Cuentos de GalitziaAndrzej Stasiuk (Acantilado, 2010) 


       Imagen primera: Alina Polanska

Perdedores




Había que vernos a todos haciendo deporte. Qué vergüenza para nuestros padres, que se dejaron la vida por tener unos hijos que fueran arquitectos, abogados o médicos. Ellos esperaban unos hijos atléticos y despiadados, dispuestos a hundir cualquier banco o economía y salir triunfantes, con una pensión millonaria, y allí estábamos nosotros humillando su memoria, inválidos, renqueantes, ofreciendo nuestra decrepitud a los horrorizados transeúntes. 

El deporte debería ser una actividad obligatoria, especialmente para los que no sabemos hacer otra cosa que leer y escribir, porque el deporte ofrece una educación en la derrota, y es en la derrota donde afloja la cuerda de la vanidad y se encuentra una diminuta certeza, un nepente para la vida.

Habría que poner a toda la literatura española a correr maratones, jugar al rugby, al baloncesto o a dar raquetazos en una cancha de tenis. Nada de ferias del libro, simposios o encuentros de editores: todos a hacer deporte. Agentes contra poetas, editores contra libreros, postmodernos contra neoformalistas, clubes de lectura versus críticos, y así. 

Un espectáculo ejemplarizante. 

-Mira, mamá, qué risa. Qué malos son.

-No te rías, hijo, que son escritores. Ya tienen bastante con lo suyo. 

Una revolución para el gremio. Primer Maratón de Escritores Españoles. A correr todos detrás de la sabiduría y la belleza. Imagínense a Marías perdiendo la compostura, despeinado, sin aliento, rogando un lector piadoso entre el público, a Goytisolo maldiciendo al país, prometiendo reivindicaciones y venganzas sin una sola coma, a Vila-Matas en hipoxia, dando tumbos, barriga al viento, sufriendo el mal de las bibliotecas, a Grandes pidiendo auxilio y avituallamiento, a Gimferrer resoplando, sudando venecias y barboteando endecasílabos, a Sánchez Dragó soltando una conferencia a saltitos, entrevistándose a sí mismo, o a Pérez Reverte escupiendo insultos y amenazas. Todos gesticulando al público, pidiendo clemencia, prometiendo trabajar más, escribir mejor. Detrás irán los editores, en coche, animando, compartiendo la botella. Y en la meta los agentes, esperando entre risas, con la manta térmica y el bidón de agua. 

Hacer deporte con los amigos es una variante que desacredita a cualquiera, pero especialmente a mí. 

Nosotros decimos que vamos a jugar porque es un verbo más generoso, de contornos filosóficos, y permite un panorama de excusas más amplio, pero en realidad lo que hacemos es competir sin escrúpulos, que es una cosa sucia y malvada, como sabe todo intelectual. 

Lo mejor llega cuando terminamos. Hemos perdido todos. Basta con vernos en el banquillo, apurando una botella de agua, incapaces de levantar la cabeza: allí no puede existir un ganador. Siempre perdemos y ya nos vamos acostumbrando. Nos sentimos repentinamente envejecidos, casi últimos, sacos de huesos y venas que no merecen otra piedad que el olvido. 

En ese instante es cuando recuperamos la dignidad y vemos con claridad lo que somos, justo cuando nos sentimos derrotados, minúsculos y prescindibles. 


No tener nada




No hay que buscar lejos, tampoco hay que buscar nada fenomenal o importante, basta con la casa, con su diminuta realidad. Cualquier objeto sirve como ejemplo de esa sucesión de pérdidas, patologías y decadencias que es la vida. 

Basta una anciana toalla doblada, herida en un extremo, una libreta de tripa amarillenta, cirrótica, ilegible, o la artrosis de las bisagras de la puerta del baño. Basta un poco de curiosidad y todo nos enseña su agrietada naturaleza: la fractura del lápiz que interrumpe un made in Ger(many), el cuello doblado del crisantemo amarillo, las cicatrices en la madera de la silla, la escoliosis de la estantería de falso nogal, que amenaza con desplomarse, las amputaciones de una camiseta irreconocible que devino en trapo, las quemaduras del plafón, las hemorragias de la humedad en los tabiques, la cianosis de la fotografía, el carcinoma de los grifos.

Bajo esta calma sonora corre un insecto invisible que se adentra en cada objeto y lo enferma. Pero escucha un segundo: en este ejército quebradizo y moribundo de la casa, justo antes de la desaparición, se eleva un canto mudo que habla de lo que creímos tener y no era nuestro. 

Nada, ni una sola cosa era nuestra. Todo eran préstamos del azar, limosnas del día.

No importa, es mejor así. No tener nada es todo lo que se puede tener.

Observa esa luz esmaltada que se detiene ahora en la mano suspendida sobre el teclado: pronto te dirá que no, que está cansada y es tarde, y se apagará en silencio, liviana, insignificante. 



 Imagen: Mimmo Jodice

Decálogo de un aprendiz para escritores consagrados







1. Que no te quede ninguna duda: eres un genio. No atiendas a esos rencorosos que te tratan como te mereces.

2. No corrijas tus primeras mil páginas: no vale la pena. Si no encuentras mejoría en el segundo millar de páginas haz como todos: disimula y déjate sepultar por los premios.

3. Todas las drogas ayudan, pero no necesariamente a escribir.

4. No dejes que los elogios te distraigan. Escribe esa trilogía sobre la pobreza que tienes en la mollera, y escríbela a pesar de las terribles condiciones de vida a las que te ha llevado el éxito. 

5. Existe preferencia por el pijama a la hora de ponerse a escribir obras maestras.

6. Toda retórica es necesaria, excepto cuando es solo retórica. ¿Quién lo decide? El editor primero: todo libro es innecesario hasta que encuentra un editor. El lector después y siempre: toda lectura íntima es una ejecución pública.

7. No sigas los buenos consejos, aunque sean malintencionados. 

8. No leas (no hagas como esa gentuza): podrías descubrir que tu indiscutible originalidad es la última de una larga lista de repeticiones. 

9. La paradoja y la verdad se parecen, pero la primera es más necesaria y menos inestable. Esta frase es un buen ejemplo de las torpezas de la segunda.

10. Escucha al desplazado, al dudoso y al equivocado: tienen mucho que enseñarte. Escucha a quien te odia: es un sabio. Escucha a quien no te da la razón: debería ser tu maestro. Escucha esa voz que habla en tu cabeza cuando callas, esa voz que te propone una idea brillante, y recuerda que es una gran mentirosa. 




El aprendiz junto a una escritora consagrada



El árbol de la vida



Asómbrate de todo. Recuerda lo diminuto que eres y el maravilloso espectáculo que se te ofrece cada día. Aprende a volver a ser lo que ya fuiste. Nunca hagas lo que odias. Piensa que tu materia es endeble, y como ella estás condenado a la separación y al olvido. Observa cuanto te rodea como si la naturaleza fuera un inmenso espejo: todo lo que ves es lo que fuiste y lo que serás.

De eso nos habla Terrence Malick.

El árbol de la vida quiere ser una celebración panteísta. Lo extraño, lo inesperado, es que consigue serlo. Más que la tragedia de una familia tejana vemos el paso rítmico, fragmentado y a veces digresivo de un extenso poema. 

La película atraviesa todos los peligros de un cine reflexivo y lírico: la pretenciosidad, la acumulación de símbolos innecesarios, las especulaciones metafísicas. Terrence Malick cae más de una vez en esas trampas. La minuciosa ebriedad de su visión le permite erguirse de nuevo y seguir.

También se apoya en el libro de Job (otro poema): Dios envía moscas a las heridas que debería curar. 

Los justos sufren, los injustos son felices. Cumplir con una moral no es suficiente para ser feliz, nada lo es. 

Una misma palabra sirve para el horror y para la alegría.

El mundo se desmantela, agoniza y renace cada jornada. No esperes justicia del azar. No esperes otra ley que la ausencia de leyes.

Malick solo nos entrega su plegaria, cuya única fe es la belleza.


Rodrigo Olay


       
La literatura necesita algo más que ingenio para serlo, como necesita la retórica alguna sustancia para no quedarse en una pirueta verbal. Leyendo este Cerrar los ojos para verte, más allá del ingenio y de las volteretas, se distingue bien el talento de su autor: acelerar el pensamiento con el motor de las paradojas, afilar las metáforas y esconder el adjetivo (que debe morder sin ser visto), jugar a ser el otro, doblarle el cuello a la cita, reírse del dolor mientras el dolor nos sonríe. 

Ese talento ingenioso de Olay está lleno de peligros, de rizos retóricos que no consiguen elevarse, de bromas que no siempre lo son. Son caídas naturales: no hay gran escritor que no se haya partido la cabeza en ese aceite. 

En esta fiesta que nos propone Olay no hay que detenerse en las glosas ni en los juegos, tampoco en el libresco decorado, solo hay que bailar. Escuchar la música, desentumecer los huesos y aceptar el ritmo del verso: pronto verás que el poema busca ser memorable y que a veces lo consigue.



Cerrar los ojos para verte, Rodrigo Olay (2011, Editorial Universos)

Decálogo con paseo al fondo



El que pasea encuentra su filosofía por el camino, mientras avanza hacia ningún sitio, seguro de llegar al mejor de los lugares, que es ninguno y es todos. 

En ese viaje cualquier cadáver puede merecer nuestra atención: rojas serpentinas pisoteadas, última mueca de una fiesta que el viento retuerce; el suéter gris abandonado en el banco con una manga caída hacia el suelo, brazo muerto que espera a un forense improvisado; papeleras que nos hablan con la boca llena; el extenuado parlamento de las farolas donde se discuten leyes sombrías; breves hilos de conversaciones ajenas, fragmentos de un poema dadá; o una manzana pudriéndose sobre el muro de piedra atravesada por un metódico desfile de hormigas. 

A veces encuentro cosas mejores: escotes con banquete, discusiones políticas, conocidos que procuran no saludarme o taxistas barbudos que me guiñan el ojo. Hoy encontré este decálogo en alguna zahúrda de la memoria y me lo llevé de paseo. 



1. Desconfía de la buena educación, no siempre esconde las peores intenciones.

2. Sigue creyendo que tu verdad es la única posible: pronto descubrirás que necesitas matar a los que no te dan la razón para seguir creyendo.

3. Tener una fe te debería permitir levantarte por la mañana, ducharte y desayunar, pero nada más. Para tener una vocación o ir al trabajo necesitas una fe ciega, absoluta, metafísica. Sin esa fe ciega y ontológica es mejor no tener vocación, y en caso de tener trabajo, es recomendable odiarlo con minuciosidad.

4. Duda de tu ideología, aunque los otros crean que no la tienes porque te atreves a pensar. 

5. No hay forma de ahogar al pasado, de pinchar su salvavidas y dejar que se hunda con los ojos ciegos y las manos sin destino. Enterrar el pasado en una fosa oceánica es lo que desean todos aquellos que quieren una sociedad a su servicio: buscan militarizar la historia, uniformar la moral y promover desfiles gloriosos. Enterrar el pasado es la forma más rápida de asegurarse un futuro de helmintos.

6. Un suicidio a tiempo es una vida aprovechada. Reconoce que no existe mayor demencia que seguir creyendo en nosotros mismos. 

7. No temas enfrentarte a la ley, solo teme a quienes están dispuestos a defenderla o a destruirla dejando cadáveres en su camino. 

8. Desconfía de los que desean ayudarte, de los que quieren ponerse a tu servicio. No es improbable que sean ellos los que te ayuden a encontrar un ataúd a tu medida.

9. Todo placer es siempre poco. En el placer no existe el exceso, solo existe esa frontera en la que deja de serlo.

10. Hay un lugar donde puedes ser feliz, pero necesitas mentirte para encontrarlo. Acepta esa íntima mentira, camina sobre el espejismo.

Imágenes: Salvo Petri


Carta desesperada a una lectora




Para qué te voy a engañar: me ha molestado tu carta. Es la primera vez que me escribe una lectora, también es la primera vez que me escribe un lector, y yo estaba deseando que me exigieras un poco de sexo medieval (jaulas colgantes, correas, gregorianos, santos oficios de la lengua, madrigales, cirios, ya me entiendes) y resulta que solo te interesa mi cerebro, y de mi cerebro solo la parte dedicada en exclusiva a dar consejos. No existe esa parte de mi cerebro, pero aceptaré cualquier consejo para dejar de escribir. 

Post scríptum: el ensayito de diez líneas que me enviaste era tan malo que lo sospecho genial. Ese trineo que sobrevuela el desierto me dejó pensando. Tuve que recurrir a la ginebra para entenderlo. Ahora lo veo claro: eran tus obras completas. 

No me abandones. Solo soy un escritor y tú eres la única que se lo cree. 


La magnitud de Lem



Un buen satírico se puede disfrazar de lo que quiera, de científico, de oveja o de asesino, pero nunca dejará su arma descargada al final de la página. El objetivo es claro: hay que vaciar el cargador. Con Stanislaw Lem y su literatura sucede que no hay página donde no veamos el tranquilo fusilamiento al que se compromete todo satírico cuando empieza a escribir. Un fusilamiento que puede esconder algunas excepciones y piedades, pero que debe ejecutarse sin falta.

¿Es un exceso? Sin duda. Toda sátira lo es y su autor lo sabe. Pensemos en Gargantúa y Pantagruel, Los viajes de Gulliver o el Decamerón: no son precisamente ejemplos de equilibrio y euritmia. Pensemos en Pnin de Nabokov, en Bestiario de Juan José Arreola o en Movimiento perpetuo de Monterroso, tan meticulosos en el resultado, tan desmesurados en la crítica. Una desmesura lógica frente al tiovivo insensato y ruinoso de los días.

Magnitud imaginaria quiere ser el segundo paso de esa biblioteca satírica que comenzó con una obra maestra llamada Vacío perfecto. De ella hablé en otro sitio (bajando al sótano, por aquí). Estaba compuesta de reseñas imaginarias como este segundo paso está compuesto de prólogos a libros que no existen. El primero de esos prólogos es al catálogo Necrobias, donde se alaban y desprecian las fotografías pornográficas sin pornografía de Cezary Strzbisz, obras donde se consigue eliminar toda insinuación erótica, a pesar de fotografiar orgías. El efecto se consigue con rayos X. Por eso solo vemos un conjunto de huesos que se entrelazan, una danza de esqueletos que se confunden, una anatomía del vacío. El arte de Strzbisz, como todo arte que se precie de ser actual, es absurdo e innecesario, propone una pregunta que no queremos responder y ofrece una respuesta ininteligible.




Luego viene el prólogo a La erúntica de Reginald Gulliver. Aprovechando la formidable capacidad adaptativa de las bacterias este menguado Gulliver de laboratorio se propone enseñarles a escribir en inglés. Las pruebas de laboratorio tienen leyes que las bacterias no pueden discutir: o te adaptas o morirás. Bajo ese darwinismo sanguinario y premeditado las bacterias aprenden. Nosotros también aprenderíamos. 

Al final las bacterias terminan emitiendo un mensaje escrito, aquel para el que han sido preparadas genéticamente tras miles de generaciones. Se disponen de una forma precisa y forman un signo. Es milagroso. Solo una cosa falla: no hay posibilidad de diálogo. Ellas no escuchan, y en realidad tampoco dicen nada. O solo dicen eso.

El tercer prólogo se ocupa de abrir la puerta hacia la fabulosa Historia de la literatura bítica, donde se revisa toda la literatura no humana o producida por diversos programas de ordenador. Ese territorio le permite a Lem reírse de la inteligencia humana, de las formas de la literatura y todo lo que va encontrando a su paso. Es una carnicería y una fiesta de la inteligencia.

El libro se cierra con el prólogo a la Extelopedia, una enciclopedia profética capaz de adelantarse al futuro con una exactitud milagrosa. No solo predice lo que pasará si ocurre algo, sino que lo predice aunque no ocurra nada. 

Pero no es lo que se promete. Más que un prólogo el polaco recrea y multiplica la retórica disparatada de esos folletos que quieren vendernos el humo del prestigio, el sándalo de las academias. No hay párrafo que no esconda una sonrisa.

Podría haberse ahorrado el polaco el pliego de muestra de la Extelopedia que cierra el libro. Es el principal defecto de Lem, su obsesión por añadir, por insistir, por no dejar un hueco.

Leo esta Magnitud imaginaria como un epílogo con prólogos a Vacío perfecto. Podrían editarse juntos y se le haría un favor al lector.

Conviene comparar estas páginas con algunos cuentos de Borges, porque en esa comparación todo escritor sale desmejorado, tembloroso o destruido. Al pequeño Lem se le ve salir de esa comparación con una mueca de malhumor, pero intacto. 

Esa debería ser su magnitud. 




Magnitud imaginaria, Stanislaw Lem (Impedimenta, 2010)


Elogio de la adicción

         

La adicción es nuestra calle, y no hay otra. Cada uno tiene la suya, y allí recoge sus beneficios, sus demandas y su ruina. 


Hay que abandonarse en algo y para nada, o será la vida la que te abandone.

Cada uno tiene su vicio, el que necesita para crecer y para hundirse.

Un padre de sus hijos se calla y trabaja para que no le tiemble el bolsillo, porque allí es donde tiene la conciencia apretadita. Es un hombre bueno. Quiere parecerlo. Se cuida de todos, pero sobre todo de sí mismo. Es un chico listo. 

Pero una vez a la semana ese padre engaña a su familia diciéndoles que tiene que pasar la noche en San Antonio, Texas, o en Manganeses de la Lampreana, Zamora, en una importante reunión con clientes que están apunto de adquirir diez mil portátiles que su empresa se encargará de venderles al precio más alto posible. En realidad es un adicto al sexo y necesita una escapatoria. Allí (sea donde sea “allí”) podrá abandonarse y ser. 

Luego volverá a casa. Reconfortado, casi nuevo. Papá te quiere mucho. 

Es mejor no esconder el vicio. Mejor para nuestra salud mental y peor para los bolsillos de los psicoanalistas. 

Todos somos adictos, solo falta saber a qué.

Josep Pla se reconocía un charlador obsesivo, pero eso no lo impedía fumar y beber whisky mientras charlaba. Son abandonos tranquilos, que llaman a la sonrisa, como su literatura. Pla no quería nada, ni grandes sueldos, ni pequeños éxitos, sólo su tabaco de liar, un par de amigos, una nube de humo, una botella y mucha conversación. Hasta el agotamiento. Hasta el delirio. 

Luego traduciría él todo eso, mintiendo mucho pero sin engañar, en su diario, ese transatlántico catalán.



La vida sin una adicción no es vida, al menos no la vida tal y como la conocemos en la Tierra. 

El más extraño de todos los vicios, el que comprendo menos, es el vicio del autocontrol. Es la adicción del que no quiere ser adicto a nada y se termina convirtiendo en adicto a la nada.

Es la defensa propia permanente: nada es bueno, todo mata. Ten cuidado: no bebas eso, no comas aquello, no respires aquí, huye de esos sitios, no frecuentes a esa gente, no aceleres y no te excedas. Cuídate de tu sombra, parecen decir, no sea que un día se vuelva contra ti con un cuchillo en la mano.

A mí esta gente paranoica me divierte y a su lado no puedo dejar de reírme. Aunque a ellos no les hace ninguna gracia mi humor, porque ellos saben: ¡han leído! Incluso se toman en serio lo que leen. Qué candidez. 

Esta gente quiere vivir eternamente, quiere perdurar. 

¿Para qué?, nos preguntamos todos. Para seguir fastidiándonos con su sermón y no dejar de disfrutar un solo día diciéndonos que no, que estamos al borde del precipicio, que nos quedan cuatro días, que tenemos una soga erizada alrededor del cuello. Es su vicio y les pone mucho.

-No, no y no.

Sabiduría y autocontrol. 

También hay adicciones que dan brillo. El cerebro recibe toneladas de felicidad a cambio de un esfuerzo tremendo, sobrehumano.

El otro día me decía a mí mismo que Deleuze es un inventor de majaderías con prestigio, de respetables sonoridades que parecen grandes ideas, un nietzsche a la francesa que se creyó la historia de la filosofía y luego se puso a orinar sobre sus papás intelectuales. Esto para Descartes, esto para Hegel y esto para Feuerbach. (Es verdad: había bebido.)

Una pena de filósofo, pero un retórico con oficio este Deleuze.

A Deleuze se le perdona porque era un adicto a inventar conceptos. Lean, por ejemplo, ¿Qué es filosofía? 

Él no lo sabía (lo que es la filosofía), nadie lo sabe, pero le quedó un ensayito muy rotundo: la filosofía es inventar conceptos, dice. Bravo por el genio. Hay que tener un concepto de inicio (no como esa gentuza que se fía de Hegel), y antes del concepto una intuición del mismo, un germen. A ser posible esférico.

A inventar todo el día, y en eso están los platones y los sloterdijks. Dejándose la vida en la fabricación de filosofía. Todos a producir conceptos compulsivamente.



Aquí está Deleuze, jugándose una idea, antes de asegurarnos que pensar es resistir.

Y a eso se dedicó siempre el francés, a inventar cosas que no servían para nada pero que sonaban muy bien. Conceptos que dejaban embobados a los lectores más avisados y leídos, conceptos creados para destrozar las mentes más refinadas. 

Conclusión: ahora tenemos un batallón de críticos y similares que se dedican a citar a Deleuze y a diseccionar su vicio. Esquizofrenia y capitalismo. 

Deleuze debía ser muy feliz conceptualizando, como todo adicto. Feliz como un niño.

-Venga, Guattari, que me aburro. La máquina falocéntrica, ¿qué te parece? No, mejor el esquizoanálisis. 

-¡La anticatexis! Andiamo, Gilles, a escribir. 

Y así toda la tarde. 

Si alguien te dice que no es un adicto, no lo dudes: es un mentiroso.

La adicción, como la mentira, es inherente al ser humano. Quien no declara su adicción es porque teme que no le tomen en serio, no le miren igual y le pierdan el respeto. Cosas, todas ellas, esenciales para la cordura. 

Inconcebible levantarse otra vez, con los andrajos del sol tras los cristales, viendo flotar la balsa podrida de tu vida en un océano espeso que debiera arder y que no prende, y no tener un abandono a mano, un libro, un vaso de vodka, un videojuego, una anfetamina, una obsesión, una fe. 

Qué negra la vida sin una adicción, sin tu cuarto para las desmemorias y los excesos. 

Chesterton: lectura y locura



Lo peor de una página de Chesterton es que suele tener razón, y un escritor que no se equivoca no suele ser un gran escritor.

A Chesterton le vemos caminar entre líneas confiado, feliz de haberse conocido, madurando su ingenio bajo el sol de cada párrafo.

Es verdad que lo mal llamaban el príncipe de las paradojas, pero Gilbert fue más un orondo rey y un paradójico natural, consistente, abultado y meticuloso. Es decir, no fue nada paradójico en su prosa, precisamente por estar llena de medidas paradojas. 

Conviene el inglés que son los racionalistas los más propensos a perder la cabeza, pero él no se incluye en esa banda de locos. Debería. En ese perfil encaja perfectamente. Tenemos a un joven agnóstico que se divierte haciéndose el racionalista anglicano y que acabaría siendo un racionalista católico. ¿Qué mayor locura?

Ese suculento mamífero que es la prosa de Chesterton se defiende en el humor, que es un conservante que salva casi todo lo que merece ser salvado, que son muy pocas cosas, y entre esas cosas muy pocos libros. Yo salvaría sin dudar esta Lectura y locura si mi biblioteca ardiera esta noche o tuviera que llevarme una docena de libros a una celda, y lo salvaría a pesar de su insoportable costumbre de tener razón, a pesar de escapar en cada página de la más natural y hermosa de las contradicciones.

Una pena y un milagro este libro.

Con lo recomendable que es para la literatura estar equivocado, desayunar paradojas, resbalar por una incertidumbre y pedalear entre contradicciones. La literatura se alimenta de todo eso: recordemos a Montaigne y a Shakespeare, al destartalado Bloy y al antipedagógico Pasolini, tan felices en el error.

Pero Chesterton no. Él no quiere, y avanza en caricatura, humanísimo, a carcajadas, quitándonos la razón, esa locura.


Lectura y locura, Gilbert K. Chesterton (Espuela de plata, 2008)