Cuaderno de preso, 3





Diecisiete pasos. Solo eso. Diecisiete pasos cortos puedo dar por mi casa sin tener que darme la vuelta. Es un gran viaje en verdad, una dilatada expedición. Solo es necesario hacerse pequeño, volverse un ser diminuto y un poco insecto. Lo estoy consiguiendo sin esfuerzo. Cualquier bombilla es ahora un mediodía.
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Para sobrevivir al confinamiento hay que engañarse con alegría, sin pudor, a bocajarro. Engañarse hasta el final y sin temor. Para sobrevivir a esto hay que negar la realidad, evitar la información y lanzarse de cabeza a la piscina de los ensueños y los espejismos. En el desayuno hay que sentirse otro, olvidarse de uno mismo, abandonarse a la ficción. En el almuerzo no hay solo que sentirse otro, hay que serlo. Lo importante es que cuando llegue la cena nadie sepa quién eres.

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La debilidad de una sociedad es como el cuerpo moribundo que atrae a los carroñeros. Es lo que hoy sucede con países como el nuestro, tan debilitado. Los peores, me temo, no vienen de fuera, sino que están aquí, entre nosotros, esperando la caída.

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No escribo para demostrar nada, sino para reírme de mi desorientación.

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Además de lavarse las manos hay que lavarse la conciencia. La norma es que no quede nada ahí dentro. Cualquier antiguo error, cualquier vergüenza o remordimiento deben ser exterminados. Hay que dejar la conciencia como recién nacida.
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Tipos que atraviesan una calle, cabizbajos, apresurados y culpables, con una bolsa en la mano. Cualquier pusilánime tiene estos días el aspecto de un criminal.

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Después de seis semanas de confinamiento los mundos interiores se están llenando de desconocidos.



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