Escribir. No creer

 


Escribir al paso, con una ironía contagiosa que esté llena de pesadillas y ebriedades, con un asombro que nunca se agote. Escribir desde una alegría que fácilmente enferme y un pesimismo que no me quite el humor. Describir esa locura de la costumbre y esa sed de contradicción que nos mueve, esa conciencia nuestra donde anidan todos los gusanos del deseo. No creer en la escritura, sino en aquello que podría ser la escritura. Vivir en lo improbable. Conseguir que no me agote mi propia paradoja, y a la vez conseguir que me agote y desdecirme. Dejar que la alegría esté más en las palabras que en los personajes. Correr solo hacia dentro. Caer hacia la sátira y hacia lo íntimo. Perderlo todo, porque el escritor que cree poseer su oficio es el primero en traicionarlo. Equivocarme una y otra vez. 

 

Imagen: Taras Bychko


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