Una gota de sudor corría bajo la camiseta y dilataba el espesor somnoliento del verano, la ciudad hirviente y muda, las aceras vacías, el mosquerío en la sombra tímida de los edificios. Bastaban esa gota y la certeza de la noticia del amigo muerto para que el tiempo se detuviera, como si la ciudad sucediera sin nosotros, como si el muerto y quien lo recuerda se hubieran quedado suspendidos en una cápsula de ámbar, fijados en la innumerable colección de un entomólogo. El muerto y quien lo recuerda se han quedado paralizados mientras el verano quema el asfalto tras los ventanales del café, en mitad de una ciudad improbable, justo cuando la realidad se deshace en dudosos filamentos de teorías y en ciclos febriles. La desaparición del amigo hace que la memoria que compartían se haya disuelto, que alguien esté ahora en el pasado hablando solo, mascullando sílabas de humo, niño demente que juega con sombras, extraviado en un escenario que solo existe para él. Cuando el amigo desaparece una parte de nuestra existencia se desintegra, adquiere los contornos de la pura ficción, y la gota de sudor y el verano y la ciudad hirviente y el café son ahora menos reales que ayer. Ha salido del café y ha caminado bajo el sol, imperturbable, preparado para evaporarse él también, ahora convencido de una inexistencia que solo estas palabras niegan. Volverá a casa, como quien invade el refugio de un desconocido, y revisará los libros de su biblioteca que hoy le resultarán familiares y extraños a la vez, porque miden el tamaño de su locura, la convicción de alguien cuya vida semeja una broma brutal y prolongada, un error desquiciado que los años han transformado en patología. Luego volverá a pensar en el amigo muerto, en el peso de las palabras por las que estaban dispuestos a dejarse la vida, y recordará el alcohol y las madrugadas que ahora parecen sueño, y entenderá que el autoengaño fue perfecto, que ahora solo resta esta soledad de animal apaleado, esta ciudad aturdida que sonríe al vacío.

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