Anoche




Hace años que perdió su trabajo y su familia como quien pierde la única cuchara que posee y debe esperar que sean otros, madres imaginarias con papalinas blancas, quienes le alimenten.

Anoche lo vi detenido frente a un edificio, sus ojos eran piedras negras que reflejaban el sol de las farolas, observando las grandes ventanas iluminadas, ese enjambre rectangular como una radiografía de la caldeada supervivencia. No podía ver nada con los ojos, porque el pudor de las cortinas todo lo esconde, pero la sed ve más lejos. No era comida lo que necesitaba, tampoco alcohol, solo buscaba a los otros, al desconocido que le saluda cada mañana, al que no puede detenerse, al niño que cuida de su madre, al padre que detesta al padre que le ofreció un techo, al sabio necio que no sabe callar, al maestro que ignora lo que enseña y se tortura.

Hace años que no sabe quién es. Hace tantos años de todo: la calle está para él llena de saludables cadáveres, llena de cafés ocupados por sombras que hablan de algo que nunca ocurrió, llena de fantasmas que dicen nuestros nombres como quien recita una lista de bajas en una guerra ridícula y antigua.

Cuando camina por la calle, la mirada fija en un lugar lejano, la gente se aparta de su lado, como si temiera contagiarse o ver lo que él ve o caer como él cae. Se apartan, pero el único que no disimula es él, el único que no necesita ser otro.

Ahora se aleja hacia donde la ciudad se arrastra y disgrega como una colonia de ratas adormecidas. Se aleja, pero no huye. Acaso está volviendo.




Llámalo torcedura





Si alguna vez conoces a alguien que nunca ha creído que actuase injustamente, que no se pregunta sobre el valor de sus actos, es muy probable que estés ante un tipo que, si las circunstancias se lo permiten, no dudará en descargar su arma sobre tu frente en el pacífico nombre de la verdad.

La palabra misma es un señuelo. Aún lo llamamos verdad, pero solo es conveniencia. Tennessee Williams lo dijo mejor: “Todos nos utilizamos unos a otros, y luego lo llamamos amor”. Lo llamamos amor o verdad, pero es otra cosa.

Solo puedo entonces escuchar a quienes han seguido un largo proceso hasta el descreimiento. Llámalo también grieta, llámalo torcedura. Algo que se dobla, que duele y que muestra su interior: su debilidad. Están endurecidos por los espejismos y los discursos, por las leyes, los ídolos y las estatuas que caen y se levantan con la misma facilidad que los muñecos en una barraca de feria. Por eso solo puedo sonreír cuando alguien defiende una estética como quien se pone un traje nuevo para ocultar las miserias de su cuerpo.

Escucho al Kertész de Kaddish por el hijo no nacido, porque no quiere llevarme hacia ningún templo, porque su desconfianza tiembla y se riza cuando escribe, porque no quiere que nadie crea en él.

Escucho a Abbas Beydoun porque sabe deshacerse de toda solemnidad, porque se tropieza y cae, porque se equivoca una y otra vez, de esa forma en que la poesía acierta hoy, a través del error, al aceptar que el poeta es alguien que se aferra a objetos diminutos, a ideas innecesarias, a todo lo que se desprende del idioma y nadie entiende como poesía. Leo Un minuto de retraso sobre lo real y veo a alguien que se aleja de su tradición, o como defiende su traductora, Luz Gómez García, sigue la “tradición de la traducción”. Observa Beydoun a su país, el Líbano, con una conmovida frialdad, como quien necesita evitar el antiguo engaño de su educación para poder verse en el espejo como se vería un extranjero.

Escucho a Montale, que nos aseguraba que su generación había hecho todo lo posible por empeorar el mundo, que vivir al cinco por ciento es suficiente, que no aumentemos la dosis, que a todos nos conviene ser insecto, que solo sabemos lo que no somos, lo que no queremos.


¿Dónde están los otros?



Durante treinta y nueve páginas riza su pensamiento en un ensayo sobre antropología y ética, se fortifica hablando de multiculturalidad, relativismo y globalización, se junta con la fabulosa otredad, nos explica cómo entender al extraño y a los pueblos oprimidos, aguarda valores universales y propone a los mejores observadores de nuestra tribu, todos imparciales, distanciados, comprensivos. Durante treinta y nueve páginas ametralla al lector con el desfile habitual de nombres ilustres, desde Aristóteles hasta Polanyi. De las muchas autoridades citadas no hay una sola que no sea occidental, ni un libro, ni un pensamiento, ni la metáfora descabalada de un poeta, siquiera un proverbio que no sea occidental. Nada. ¿Dónde están los otros?

Ahora lo entiendo: la libertad y la justicia es para todos, pero la inteligencia es solo nuestra.



Imagen: Hugh Sitton

El día de los débiles




          
Ninguna debilidad tan equilibrada, ciega y permanente como el egoísmo, ese egoísmo sanguíneo, incapaz de abandonarse a sí mismo sin la ayuda del alcohol. Un egoísmo primitivo, tan saludable en su ferocidad, en su demencia, que no es posible huir de él, agarrarse a nadie en la caída que no sea uno mismo.

Esa soledad provoca cada uno de los horrores que conocemos, y a la vez, inexplicablemente, cada una de las maravillas.

El otro queda siempre muy lejos, gravitando en una órbita remota. Está frente a nosotros, nos habla y creemos entender, pero en el hermético recinto del que escucha ese otro es imposible, y su realidad resbala por el impermeable de nuestro egoísmo como la lluvia. Nada queda en nosotros, excepto unas gotas que se colaron por el cuello del impermeable, el repiqueteo de la lluvia en el plástico, unos segundos de frío.

La ciudad entera es un escenario extraño, una compostura que no aceptamos, una tela de araña de calles por la que caminamos temiendo ser devorados en cualquier instante.

De esa debilidad esencial derivan todas las debilidades nuestras, debilidades que se presentan bajo las formas de la violencia, la soberbia, la intimidación, la depresión o la desconfianza, todas ellas golosas, palpables, nutritivas. Casi no hay impulso humano que no sea una debilidad íntima, una carencia disfrazada, un miedo vuelto del revés, donde solo brilla la más estricta torpeza.


La debilidad del hablador, que en el silencio escucha una voz insoportable, acaso su propia voz que le reclama, alguien que si calla es como si se lanzara al vacío.

La debilidad del fuerte que necesita pelea, demostrar lo innecesario,  destruir lo que ya está destruido. Es la debilidad extrema, sedienta, adicta, que necesita ganar una y otra vez hasta morir ella misma.

La depresión, aquella melancolía de la que hablaba Robert Burton, cuando hasta dentro del humor hay una tristeza y en cada triunfo solo se ve un fracaso. El depresivo es el atormentador de sí mismo, enemigo de todos, despreciador del mundo que se incluye en el desprecio; alguien que nos odia sin límite, como nos odió Swift, y que a la vez comprende que él es uno más, es un igual, cerdo, helminto y buitre, alcornoque, mala hierba, filoxera, uno más al que odiar.

La debilidad del vanidoso, ese papagayo nuestro de cada día, que vive hundido, oscuro, atemorizado, pero sale a la luz disfrazado, alto en su propia mentira, esa mentira que le permite vivir, que le engaña y le convence de lo imposible. Publicar es una vanidad indiscutible, y esa vergüenza hay que arrastrarla como un cadáver, hay que echársela al hombro y escribir con ella. 


Solo como lector agradezco la debilidad vanidosa de los escritores, porque en esa debilidad encontré un placer. La belleza es por sí sola el remedio, aunque nada remedie. Es la morfina, que nada cura, pero que nos evita el dolor.


Debo estar agradecido a las debilidades ajenas, porque con ellas han crecido las mías hasta alcanzar su fracaso natural, su agusanada humanidad. Le agradezco a Sócrates el ejemplo y la perversión, acaso hoy insoportable, de querer establecer una moral que dignifique a quien la defiende, aunque esa defensa te hunda, aunque en ella no haya conveniencia, aunque esa moral solo diga: estás equivocado, eres estúpido y risible. Era la debilidad de Sócrates, a la vez su única fuerza y su evidente manía, su abandono y su adicción.

Mi locura más recurrente es la moral, acaso porque soy tan amoral que necesito corregirme a cada instante, como el ex alcohólico que no puede acercarse a un vaso de ron sin que un dispositivo de seguridad, de terror físico, se adueñe de él.

Desde el café veo pasar una debilidad tras otra, la apresurada debilidad de cada día, esa fuerza en la caída, esa fe que se trastabilla y sigue, esa ideología bien abrigada, esa esperanza que aún no ha dudado, esa certeza que se miente, esa conversación donde no es posible decir nada, solo compartir los sonidos, entrelazar huecos, temer y despreciar en silencio.

Cada día es el día de los débiles, un día que se repite sin descanso desde hace milenios.

Acaso solo me divierte hoy ver a esa gente como me veo a mí, con la misma distorsión y el mismo afecto. A la vez los odio y los amo, me repugnan y me atraen. Esa debe ser una de mis debilidades, esa contradictoria ceguera.




Nuevas mentiras viejas

Bill Sunday, evangelista y severo defensor de la Ley Seca. Herbert A. French, Biblioteca del Congreso



Creía Kant que la verdad era un deber incondicional del hablante frente a todos, aunque ese hablante se dirija a una sola persona, y en concreto a una persona a quien no se atreve a decirle la verdad. La mentira, por minúscula que sea, es el mayor delito que podemos cometer, pensaba el confiado Kant. 

No hagan caso: es una partida de cartas donde toda la baraja está marcada de antemano. Ese jovencito pecoso que parecía el incauto se ha vuelto un timador profesional con una orden internacional de busca y captura, y la anciana despistada, cándida, que no parece capaz de concentrarse dos manos seguidas, ha resultado ser una exprimidora de crédulos. Tomemos a un timador clásico, a un tahúr con toga, Cicerón. En su texto En defensa de Lucio Valerio Flaco ensaya un elogio de los griegos pero no les concede ningún afecto por la verdad: “el respeto por la verdad y los testimonios esa nación jamás lo ha cultivado”. 

Vale, Cicerón. Lo que tú digas. No fue el único romano que acusó a los griegos de mentir, es decir, de escribir la historia como quien escribe fábulas. Quintiliano y Plinio el Joven repitieron esa acusación. ¿Mentían? No, pero decían esa verdad justo antes de colarte su convicción, su fe, su mentira bien empaquetada. Para ellos la verdad, la ciencia de la historia, eran Tito Livio o Suetonio, a los que hoy no podemos considerar más que fantasiosos novelistas al servicio del poderoso de turno. Suele ocurrir que quien dice la verdad en la crítica luego miente en la propuesta de ley, y esa partida se lleva repitiendo siglos y no hay día en que no se juegue alguna mano en un libro o en un periódico. 

La historia es sin duda el mejor lugar para dejar una mentira. Mentir en una novela es lo natural, porque las novelas se escriben para mentir y para que sea el lector el que deduzca una verdad. Pero la historia no, porque allí se dicta el pasado, se corrige y se reordena. Si algo no encaja en nuestra teoría, se esconde o se niega.

La historia es el lugar donde cualquier mentira germina, crece y se reproduce, sale del libro, toma las calles, se sube a las banderas y carga los fusiles. Pronto será verdad, al menos para aquellos a quienes les conviene esa verdad. Si no hay consenso, si existen otros que no aceptan esa verdad, habrá que acudir a los refinados instrumentos que hemos elaborado durante siglos de civilización: el exterminio, la opresión, la damnatio memoriae o la censura. 

El ser humano es una larga mentira que produce, incluso cuando cree decir la verdad, nuevas mentiras viejas. Lo extraño, lo milagroso, es que no mienta. A veces es el lenguaje el que trabaja a la sombra y nos engaña, a veces el tanatorio de nuestras creencias, a veces nuestra verdad de hoy que mañana hará reír a los niños en la escuela, otras la cobardía, el puro miedo en la boca, el instinto de supervivencia, y no pocas veces el deseo de vencer, de tener razón, aunque tenerla signifique pasar de largo ante esa cosa frágil, diminuta y dudosa llamada verdad. 

Se equivocaba Kant, porque hay mentiras que a nadie hacen daño, excepto a quien las dice. Son las otras, las que se ponen el uniforme y dan órdenes, las que se disfrazan de verdad y aspiran a ley, las que debemos cuestionar una y otra vez, porque acaso no hay otra verdad más valiosa que aquella que nunca termina de serlo, aquella de la que siempre podemos desconfiar. 

Muros altos




Un error es un hallazgo que no podemos despreciar. Sin el error no habría posibilidad de acierto, que es algo conveniente para el ego, pero aún más importante es que sin el primer error no se daría la posibilidad de cometer el mismo error por segunda vez, por tercera y cuarta, la multiplicadora posibilidad de cometer indefinidamente el mismo error, al que luego llamaremos con orgullo Historia de Occidente.

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Es costumbre que el necio no valore la genialidad de su condición y con una humildad pavorosa dedique su existencia a encontrar semejantes. Es una propiedad del genio y de la necedad, y a la vez es una cruzada, un vicio y un íntimo perdón. La existencia de una manada de iguales hace creer al individuo que su comportamiento es una característica de la normalidad.

La necedad agudiza el talento para distinguir a los necios, y esto permite a cualquier necio la posesión de un radar para identificar semejantes. Puede entreverlos cuando van solitarios o en desfile, en efigie o en rumor, pero siempre los identifica sin necesidad de someter a juicio su inteligencia. Son necios porque él lo dice, necio mayor, catedrático en las necedades ajenas.

La necedad, eso nos gusta pensar, es una etiqueta que nos conviene a todos, pero especialmente a los otros.

Debo disculparme porque estas alegres conclusiones son muy pesimistas. De ellas se deduce que quien se jacta de ver necios a su alrededor tal vez ignora que es uno de ellos, o para ser más exactos, el talento para identificar la necedad ajena no exime al talentoso observador de esa condición.

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La especialización investigadora en el universo de las humanidades produce anualmente varias toneladas de papel encuadernado y minuciosamente escrito en forma de tesis, casi todas asombrosas e infranqueables, y esta producción frenética de conocimiento conlleva la transformación de muchos buenos estudiantes en animales fabulosos. 

Hablo de seres que han conseguido adquirir un conocimiento máximo en algo extremadamente pequeño, al menos como campo de conocimiento. Ese campo de conocimiento es tan diminuto que es posible que no exista en él conocimiento alguno, pero eso nadie lo sabrá nunca, pues no existe otro especialista dispuesto a perder su vida para demostrar que su antecesor estaba equivocado, inventó datos, equivocó conclusiones o no dijo nada, aunque rellenase miles de páginas de esponjosa retórica.

La especialización obtiene así, por ausencia o huida, el beneficio de la duda. En ese lugar se instala el investigador, seguro de que nadie podrá saltar el muro que ha ido construyendo con la acumulación de notas a pie de página. 

El muro es demasiado alto para entrar, también para escapar. Queda entonces el especialista encarcelado en su universo, elogiado sin ser entendido, admirado por defecto, convertido ahora en ese animal fabuloso que habita universidades y congresos.



Un hombre que duerme



Lo mejor es quedarse dormido, no acudir al examen, ignorar el horario de trabajo, si acaso alguien tuviera semejante cosa, y quedarse ahí, sin nada que hacer y sin hacer nada, como quien solo espera y olvida.

Quien se pregunta por el sentido de lo que hace está perdido, y quien no se hace esa pregunta solo gira en una turbina. El protagonista de Un hombre que duerme, de Georges Perec, se ha hecho la pregunta, se ha bajado de la turbina y ahora, lo sabemos, está perdido, como nosotros.

Ha decidido no levantarse de la cama, ausentarse del proyecto de una vida que no siente como suya, merodear sin objeto o demorar cualquier actividad, describir lo que sucede como si le sucediera a otro y vivir como si la voluntad fuera una variante de la inercia. Es la novela del que se detiene y espera, alguien que no sabe bien lo que busca, pero sí de lo que huye, alguien que hemos sido y seremos nosotros, tipos que se interrogan sobre esa alucinación a la que llamamos realidad y a la que acudimos con una mezcla de asombro y repugnancia. 

El protagonista de Perec no quiere la libertad de hacer, de fabricar, engullir y producir, sino la contraria, la libertad de no hacer, de permanecer fuera del mundo como quien se ha propuesto analizar cada una de las minúsculas fealdades de su existencia, como si en ellas se escondiera una fascinación o una respuesta. Allí, y pronto lo descubrirá, no se esconde ninguna respuesta, no hay lecciones ni moral, solo miedo, un miedo que se adhiere a la piel, un miedo que te hace desear que todo acabe.

Este es el libro de la negación, la desidia y un cansancio inconcreto y asfixiante. Sabemos que respira el protagonista, pero sabemos que respira sin porqué. No elige ningún camino, solo se detiene y observa la encrucijada como un entomólogo aturdido y pesimista.


Es alguien que se juzga y no se encuentra inocente, alguien que se detiene al borde de un día cualquiera y decide respirar en esa frontera, establecerse en un hilo de pensamiento y mirar sin afecto a los dos lados. El precipicio y la vida son igualmente absurdos, piensa, y el paso, si hay que darlo, puede postergarse.

Quien se juzga a sí mismo no puede esperar benevolencia. El narrador y protagonista de Un hombre que duerme es también el juez, el fiscal y el acusado, y todos saben bien que no hay salida, que el problema somos nosotros, que el incendio está bajo la piel y no se apaga con buenas intenciones y un puñado de principios higiénicos y una dosis adecuada de psicoterapia. No, no se apaga el incendio, no hay salida y las escapatorias no sirven. En la vida las puertas de emergencia llevan también al incendio.

Tal vez por eso escribe, para disminuir el agotamiento de la perplejidad, para concentrar la mirada en el detalle menor, para curarse de la vida describiendo la vida, su alucinada turbina que pasa y vuelve y no acaba nunca.

Perec, ese enumerador compulsivo, detalla la vulgaridad diaria y neutra como si en ella estuviera la explicación de la caída, el sentido de esa voluntad que ha decidido no levantarse, no hacer lo que se espera y no esperar lo que se debe hacer.

Nada de ganar el tiempo, porque el tiempo está perdido de antemano y para siempre. Nada de correr detrás de nada. Solo formas para perder el tiempo y excusas para no correr. 

Las páginas en las que describe París, la gente que pasa frente a un café, insisten en el asombro ante todo y en el general sinsentido. ¿Por qué poner un pie delante del otro?, se pregunta Perec. ¿Por qué seguir paseando? ¿Adónde va con tanta prisa toda esa gente? Es una danza hipnótica, que se alarga y perdura, que se vuelve ciclo, que crece y decrece, que se hincha y revienta y vuelve a empezar, una larga enumeración que en su belleza y en su demencia no dice nada, o solo dice eso.