Dos apuntes sobre nacionalismo


Sentirse orgulloso de ser español, catalán, tejano o canario es como jactarse de tener bazo, esófago o vesícula biliar. No parece posible que nadie haga exhibición de semejantes atributos. Ser de cualquier sitio es siempre una desdicha. 

Sería mejor enorgullecerse de haber aprobado un examen o de haber ganado una partida de ajedrez, por poner dos ejemplos minúsculos. Pero se ve que el orgullo es propenso a las patologías, y así la gente convierte un accidente (nacer en Manganeses de la Lampreana, en Edimburgo, en Chaguanas o en Yakarta) en un asunto trascendental. 

Cuánto orgullo sienten por tener hígados, clavículas o páncreas, y qué placer el suyo convirtiendo el asunto en una ideología, una profesión o una fe. 

*
Aún quedan seres humanos que se preguntan si, al atravesar cualquier frontera, dejarán de ser humanos y se convertirán al instante en cangrejos, simios iletrados o protozoos unicelulares.

Este temor proviene de la exaltación de los valores nacionales que cada territorio propone, valores que suelen aplicarse a cada individuo que se envuelva en la bandera respectiva. Observada esa glorificación de sus capacidades, esa multiplicación de su inteligencia y esa sacralización de su historia, el diminuto extranjero, al atravesar la frontera, se convierte en poco más que una larva.

No es extraño que algunos afirmen que alimentarse de él o pegarle un tiro no debe ser delito.


En el mundo de Carrick





En el relato “Exilio”, del escritor americano Edmond Hamilton, un grupo de escritores de literatura fantástica hablan de la posibilidad de crear un universo paralelo, un mundo imposible. No es nada nuevo, solo su trabajo. Entre ellos se encuentra Carrick, que les recuerda lo que ya saben: que ha fundado un universo nuevo para sus novelas. Luego añade: no solo he inventado ese universo, también me he visto obligado a vivir en él.

Esa confesión atosiga a sus amigos. ¿Vivir en tu mundo imaginario, salir a la calle y descubrir sus limitaciones, ser uno más entre los fantasmas de tu imaginación? 

El whisky escocés no les impide discutir algunos detalles de ese mundo. El mundo de Carrick es un planeta con seres a medio civilizar, que se debaten entre la barbarie y las supersticiones. Un mundo que permite la vida, pero que también la amenaza sin descanso. 

Era un mundo adecuado para mi narración, asegura Carrick, y solo faltaba un detalle: su creador. Decide entonces incluirse en ese nuevo mundo, habitar esa realidad de la ficción. Luego se durmió extenuado. 

Al despertar se encontró en ese otro mundo, hijo de hijos que habitaron ese mundo, familiarizado con cada detalle. Solo una cosa le distinguía de sus semejantes: tenía la creencia de haberlos inventado a todos. Nunca se atrevió a decir nada. Temía que lo tomaran por un loco.

Un día, cansado de ese otro mundo, Carrick siente la necesidad de regresar. Pronto descubre que el regreso no es posible. El billete solo era de ida. Atrapado en ese otro mundo, Carrick terminó por llevar allí la misma existencia que en el nuestro, y se ganó la vida escribiendo historias.

El relato de Edmond Hamilton no acaba, solo se detiene. Un amigo le pregunta a Carrick cuándo volvió a nuestro mundo. Él no se alarma y responde: “Nunca regresé”.

Todos estamos atrapados en el contrahecho mundo de Carrick, dando vueltas en un tiovivo mal alquitranado, arrastrados por una novela cuyo absurdo se renueva, sobreviviendo entre el espanto y el humor desesperado.  

No me preocupan las torpezas del autor o su desdichado argumento, solo me inquieta la repetida incapacidad de los personajes para contradecir a su creador y dignificar  ese invento.



Foto: Gilbert Garcin

Mrozek y un simio llamado Godot


Huida hacia el sur, publicada en 1961, quiere ser una burla de la Polonia comunista. Slawomir Mrozek elige para su baile la estrepitosa música de la novela juvenil de aventuras y por compañero y protagonista a un simio llamado Godot. 

No es un simio cualquiera. Godot es capaz de leer centones de biología y novelas esponjosas, capaz de hablar un perfecto polaco y de improvisar un poema dadaísta. A Godot le añade el autor la compañía de tres adolescentes seriamente inútiles. Los cuatro recorren Polonia, tan propensa al surrealismo. Su objetivo es huir del país y que Godot regrese a las playas de su amada Indochina. 

Godot es un eslabón perdido entre el ser humano y el primate, aunque su aspecto es el de un gorila ejemplar. La mayor parte de la novela se la pasa el simio disfrazado: un rato de campesina cracoviana y otro rato de poeta. Tiene mucho más éxito como cracoviana velluda que como poeta antisistema.

Mrozek no se esconde, no lo necesita. Quiere reírse de los planes industrializadores de su país, mostrar esas chimeneas sin fábrica, esos columpios resquebrajados en mitad del páramo donde se divierten niños invisibles, esas cadenas de montaje de zapatos solo para el pie izquierdo, la retórica por el bien del Estado de los honorables corruptos, los alegatos en favor del gorgojo de la patata, los escritores sindicados, esas reuniones de poetas a mayor gloria de sí mismos, los festivales deportivos de las granjas colectivas observados, en toda su grandeza, por el periódico oficial… 

En fin, nada que desconozcamos, nada que no podamos ver cualquier día repasando un diario. 

A Mrozek no le salió gratis. En 1963 tuvo que exiliarse. Tardó treinta y cuatro años en volver.

No importa el destino de Godot, tampoco el de sus acompañantes. Solo importa ese viaje, que es la excusa necesaria para entrever una sociedad que hace todos los esfuerzos necesarios por no parecerlo.

A Slawomir Mrozek le gusta jugar a presentarse como un ingenuo. Sabe que los recipientes de aspecto inocuo funcionan mejor para el contrabando de veneno.

Huida hacia el sur es una bebida engañosa. Tiene la apariencia de un refresco, pero su veneno hace efecto pronto, en cuanto creemos que se acabó la broma. Lo cierto es que la sonrisa de Mrozek es tan amarga que el realista Stasiuk, tan poco complaciente con nadie, parece un sencillo humanista, un crítico equilibrado en comparación. 

En La vida difícil era más evidente su sarcasmo, también más exacto. Pero La vida difícil contiene varias miniaturas satíricas en forma de obras maestras. Es imposible afilar más la pluma sin cortarse uno mismo.

La Polonia de Mrozek es a la vez inmensa y mezquina. En ella caben todos los sueños, pero ninguno de sus soñadores parece albergar forma alguna del sentido común. 

Mrozek, Szymborska, Bienczyk o Stasiuk son ejemplos suficientes para saber que se equivoca.

Mrozek reconocía que en 1950 sentía claustrofobia viviendo en aquel país. Ahora, acabado el comunismo, siente náuseas.

No ignoro que el nombre del país podría sustituirse, con un pérdida muy leve, por cualquier otro.



Ilustración de Daniel Mróz para el libro El elefante (1957) de Mrozek.


Una vez al año




Han caído otra vez sobre la ceniza, y el humo ha regresado, adensándose, a la boca. Están todos allí, un año más. Un espantapájaros con traje de fiesta salta desde las botellas de vino y se sumerge en un sol que escupe sobre las paredes blancas de la vieja casona. Tres mamíferos se agaritan en una esquina y esperan. Un par de lechuzas abren los ojos y mascullan con una cerveza en la mano, ofreciendo media sonrisa maquillada. 

Son los primeros días y el aire aún circula. Se festeja nada, pero es una nada suficiente.

Luego los días van estrechando los pasillos, robando oxígeno y fermentando el desacuerdo, tan gustoso.

Ninguno ignora el ritual de estos encuentros, todas sus minucias y roedores, como no ignoran los detalles repetidos: el mantel blanco de cada año y sus islotes quemados, los desconchones de las paredes nunca reparados, la dulce gangrena de los armarios o el estertor de las sillas. Saben que están condenados a ascender por la espalda de unos recuerdos comunes, manoseados o falsos, condenados a saludarse en indiferencia, a curiosear ruinas en la mirada del otro, todo para conseguir atravesar el sopor de un verano que estalla en los aleros y se disgrega en diminutas pesadillas.

Los días son allí escamas repetidas en el cadáver de un pez aún luminoso. Apenas son burbujas lo que dicen, sonsonetes. La lengua se desliza y pronuncia. Mascullan un plan, proponen una huida o ronzan por la gran casa como espectros.

Hay que salvarse pronto y algunos proponen juegos. Es lo mejor: jugar y sin por qué. Otros prefieren tratar el día a puntapiés o dormitar. Pero la mayoría van encapsulados en su sermón, o al tráfico perpetuo y exclusivo con su pareja. Son cuerpos en órbitas irregulares pero predecibles.

Las tardes se multiplican y traman sus espejos y sus desfiladeros de humo. Acuden a la imaginación, pero sin pólvora. A veces amagan sarcasmos, calentados desde el amanecer alrededor de una mesa ovalada. 

Cuando llega la hora de marchar el silencio ya les trepa por el cuerpo como una enredadera. 


Imagen: William Eggleston

Una inercia antigua




Ves a F y sabes que su primer impulso es destruirte: quiere matar, disponer de ti, eliminar todo lo que tú representas, hacer daño en cada caso y sin por qué. Ves que sufre por no hacerte sufrir, y tu media sonrisa le tortura. Es un adulto, pero es un niño. Un niño desconfiado y ciego que necesita abrirse paso entre los cadáveres. Somos su alimento y no queremos serlo.

Así viene la tarde. Una tarde más, sucia y seca, con cristales donde el sol repta y se abandona. Pero nunca falta algo de vida que traer aquí.


No hay otro juego que me importe más que esa danza perpetua que es el carácter. Cada uno en su locura, a la deriva, atajando contradicciones con mentiras, disponiendo la realidad a su gusto, engañándose cada mañana para sobrevivir. Y hay una mezcla de náusea y de ternura en todo eso. En saberlo y en que no importe. 

Hubo un día en que a N la realidad terminó por desesperarle. Le dijo basta. Cállate. Cierra la boca. Luego se marchó de sí mismo y no volvió. Ahora no vive, solo parece que vive. La vida quedó lejos, en otro escenario, fuera del mundo, en un planeta inhabitable y remoto. N sabe que no volverá a ese planeta, que algo inmenso e inconcreto le ha destruido y no entiende por qué. Él, que buscaba ser tantas cosas, se ha convertido en aquello que despreciaba. Ahora bebe en silencio, y siempre espera que mañana nunca llegue.

O la rubia E, cuya vida es una huida: huir de sus padres, de sus hermanas, de su fracaso, de sí misma, de la pobreza, de los estudios, de sus propios sueños. Solo huir y sin descanso. Se mira al espejo y se gusta: le encanta mentir, y elevar esa mentira hacia la intimidad, dedicarse a sí misma sus mejores creaciones en el engaño. Solo cuando sueña, cuando no mide y se abandona, la huida es imposible y debe regresar. Pero E apenas duerme. No conviene dormir. El sueño es el enemigo. Su trabajo en la oficina rectangular y blanca, sus mínimas rutinas diarias, su calculada forma de matar el tiempo, de ignorarlo todo, de ignorarse a sí misma, son las ceremonias de esa larga huida que es ella. 

El calor es una infección que sube desde las aceras. Una inercia antigua nos empuja hacia la noche, mientras la ciudad sigue girando en su maquillada decepción bajo la tensa interrogación de las farolas. 



    Foto: Salvo Petri

Una semana de enfermedad




Hoy en día hay una baja tolerancia a la enfermedad, muy baja, repite la doctora mientras con su mano izquierda coloca tras la oreja un mechón de su melena castaña, siempre mirando al monitor, la otra mano suspensa sobre el teclado negro. Me exige paciencia, hay que pasar la enfermedad, asegura, y me receta un batallón de paracetamoles, una semana de reposo y líquidos. Afuera fabrican su desierto el calor y la calima, y la isla es un mamífero anciano, sofocado y terroso.

El primer día de enfermedad es como un viejo amigo que regresa con su tabarra: la fiebre sobre un colchón, la tos cavernosa y la flema, también las serpentinas frías del sudor, el vaivén de las alucinaciones, los mareos que solo aflojan al llegar la noche.

No muy lejos hay un ventilador mutilado que empuja un hilo de aire que nunca llega a ser frío. Son las condiciones perfectas para abandonarse al vicio. A mano tenía aquel día Humillados y ofendidos de Dostoievski, que tiene líneas sobre las que es posible volver, como este pesimismo del anciano Ikmeniev sobre la vida de escritor, aunque solo para estar en desacuerdo: 

Mira que no dejar absolutamente nada… ¿De qué le valió la fama, incluso la inmortalidad? Con eso no come ningún hombre.

Y mientras el anciano alecciona a Vania, el joven escritor, le indica con la mano la calle “oscura, tenuemente iluminada por las farolas sumidas entre la neblina plomiza; las sucias baldosas de la acera, las casas con la fachada empapada por la humedad, los peatones tristes, calados por la lluvia”, en definitiva, la fúnebre noche de San Petersburgo. Se equivoca Ikmeniev: da igual a lo que uno se dedique, nunca dejamos nada aunque lo dejemos todo. El escritor, aunque come poco o nada, al menos deja una memoria del espanto, unas hojas donde alguien aprendió a callar o a sonreír, los detalles de una historia que estamos condenados a repetir.

La noche africana no es menos pesada y huérfana. Los faros de un coche a veces cruzan la calle con una luz urgente. El calor se posa sobre el cemento y los perros ladran en las azoteas. Si sucede algo, si acaso eso es posible, sucede en otro lugar, muy lejos, como una deflagración remota cuya luz anaranjada apenas nos conmueve.

Otro día de enfermedad, entre convenientes delirios, me arrastré hasta una reunión con viejos amigos. Ninguno es escritor, y eso ayuda. Poco a poco me fui esquinando y callé. Mi virtud más apreciada en estas reuniones es la invisibilidad.

Hay un par de días de los que no recuerdo nada. Son como espejos idénticos que se miran y dicen siempre la misma secuencia demente de palabras. Tal vez cambiara algún detalle mínimo en el fondo del vaso de agua, esa espiral de arena blanca que se forma con los restos del paracetamol, el perímetro de la huella de sudor sobre la sábana que arde, la mano que escribe algo que no entiendo, la necesidad de hablar con alguien que no quiere hablar conmigo.


En toda semana de enfermedad hay un día en que uno apuesta por la muerte. Lo ve claro y la espera con alivio. La fiebre es una hermana entonces, las medicinas un engaño innecesario. Uno espera y ella se retrasa, como siempre. Ella solo es puntual cuando nadie la llama.

También tuve un día de Brodsky, vaya usted a saber por qué al enfermo la da por ahí. Y así estuve repasando Etcétera, y pronto acepté su cruel canción de cuna, sus oraciones para un fin de siglo, su forma de dialogar con los muertos.

Y hubo otro día en que todo fue viaje. A través de los cristales de la puerta del balcón, que acumulan la tierra de varios años, se observaba un hongo blancuzco en el horizonte, un invertebrado omnipresente y sin rostro, tranquilo bajo el sol. Me derrumbé otra vez sobre la cama y me abandoné al viaje. Son las astillas que saltan cuando algo se quiebra. Ahí estábamos otra vez los dos bajo los pinos mansos, el río de cuadros y esculturas nos explicaba, y si en algún momento no encontrabas la respuesta, solo hacía falta detenerse, atender a la piedra, ver cómo nos sonreían con desenfado los dioses tirados en la escombrera.

Un largo viaje el nuestro en casi todas las direcciones, y sin embargo, desde el otro lado, mi acompañante decía que todo había sido en vano, que aquel amanecer no fue real.  

Hay quien prefiere quemarlo todo para seguir avanzando. 

Que otros se conformen con la ceniza, con lo que acaba y huye. Tú elegiste la memoria como salvavidas, los detalles de un sol obstinado que trepaba lento por las sábanas blancas y se recostaba plácido entre nosotros.



Watanabe




Todo lo que pone José Watanabe en el poema mira en la misma dirección: alcanzar una voz creíble y no aflojar en el asombro ante la realidad. Para llegar hasta ahí se sirve de muchas herramientas, pero la más evidente y satisfactoria es la precisión de su lenguaje. Una precisión engañosa, que no necesita exhibirse para ser memorable. 

Una voz que se equivoca, embarranca y a veces cae, pero que no teme equivocarse. No importa, incluso en la caída está de cuerpo entero.

En los libros de José Watanabe el poema nos llega con el tono de unos apuntes preparatorios, un lento relato, una historia contada a media voz, una fábula demasiado real o una realidad que se amista con la leyenda. Todo sucede al pasar allí, como si el autor no le diera importancia y nos lo contara con algo de vergüenza, añadiéndole a su timidez la exactitud y a su aparente espontaneidad la premeditación. 

Con un poco de esfuerzo el lector encontrará el doble fondo de la maleta, las joyas de contrabando y las fotografías escondidas en un sobre americano. 

En sus poemas puedes encontrar las apagadas manos del padre que ahora se encienden en el hijo; las llaves con que se abre la casa de las palabras para que suenen recién hechas, para que digan lo que no dicen; la muchacha que vive ocho horas en la oficina, mecanógrafa y sola, que come, trabaja y calla como un pájaro inalcanzable; la pequeña muerte del orgasmo que la mantis religiosa hace definitiva y piedra; el maratoniano retrasado y exánime que se vuelve metáfora del anciano, los dos igualmente rendidos en una carrera inútil. 


Si debe elegir entre la palabra poética y la palabra exacta, Watanabe elige la segunda. Sabe que el detalle está siempre más cerca de la poesía que una sonora abstracción. 

Otra de sus virtudes es saber llevar el poema hacia un lugar inesperado, allí donde todo se dirigía silenciosa e inadvertidamente. O no. A veces, para serlo y dar con el poema, debe ser cortante y cambiar el tono y negarse. Me equivoco. No sé. Lo intentaré. Ojalá. De eso va “Planteo el poema”, un poema que acaba con un propósito y una esperanza: “Yo debí escribir ese poema. Espero hacerlo algún día.” 

Basta revisar su Poesía completa (Pre-Textos, 2008) para comprender que allí estamos todos, que esa voz nos explica y acompaña. 

Inclino por aquí "El maratonista", del libro Banderas detrás de la niebla:



Te has metido solo en esto, muchacho,
pero tu lentitud nos angustia a todos. 
Después de tantos kilómetros, se acabaron tus fuerzas, 
pero todavía insistes en llegar a donde ya no importa. 
Esto ya no tiene sentido, no abuses 
de nuestra piedad: anda a casa 
y comprende que alcanzarte una esponja con agua
 fue lo único que pudimos hacer por ti.

(Pero ama el niño que cree que puede 
lanzar su energía como un rayo al centro de tu cuerpo 
y a la vieja 
que se santigua como si viera pasar un santo lastimado.)

Tus piernas son cada vez más pesadas. 
Conozco cómo es eso: también sé 
lo que es ansiar desesperadamente aire 
para durar un poco más.

Al dar la curva encontrarás una calle solitaria. 
Cambia el paso allí, disimula tu fracaso y camina 
lentamente 
pisando las hojas amarillas de la morera 
como hago yo cada día, ya libre de toda competencia.