Algo que busca estar en pie



La palabra es hija siempre de padres espurios o desconocidos. Es una de las intuiciones de Walcott: ser hijo de Milton y de Shakespeare, de James y de Auden, es convertirse en el hijo putativo de los amos de sus antepasados esclavos, es como escribir con un látigo prestado en la mano.

Pesan las palabras como piedras, porque en su vientre transportan a la historia.

Más ligera es la lengua del cuerpo, la gramática de la naturaleza. Ella dicta y nosotros copiamos. Las correcciones son insuficientes y acaso inútiles. Stasiuk, ferviente coleccionador de modernas ruinas, es el escritor de hoy más fiel a esa gramática.

Cree entendernos mejor la razón, pero la cicatriz habla más claro. El tacto inventa una sintaxis que la literatura solo puede intuir. El sol cabe en una página, pero el otro sol hace del mundo su página.

El idioma del cuerpo pertenece y sucede, pero no inventa. Con las palabras construimos la otra vida, la imposible, como quien fabrica ídolos con un barro espeso y sucio, lleno de etiquetas, de latas oxidadas que abren su boca en grito, huesos de animales y una especie de putrefacción que quisiera ser vida, algo que busca estar en pie, salir del libro, caminar.

Señales que precederán al fin del mundo




Señales que precederán al fin del mundo
es la segunda novela de Yuri Herrera, nacido en 1970 en Actopan, en el Estado de Hidalgo, Méjico. Las señales que promete el apocalíptico título están aquí, entre nosotros, en nuestras palabras, en los yermos que vamos extendiendo sobre el mundo, en los oficios de la violencia y la corrupción, esos oficios que cuidamos con tanto afecto.

Valga decir que las 123 páginas de esta novela son invulnerables. Añadir o rebajar no serviría de nada. Todo ha caído en su lugar. Una naturalidad premeditada, un retrato del infierno que nunca afloja la cuerda, que nunca condesciende con explicaciones es lo que se nos entrega.

El lenguaje de Yuri Herrera es un paisaje en sí mismo: funda un territorio, se amista con la poesía, deriva hacia la reflexión y se reseca y corta cuando apura la crítica. Un mismo organismo va produciendo todos esos efectos ante el lector, modulándose sin que el cambio sea visible.

Herrera ha trabajado el lenguaje coloquial hasta presentarlo en una página como una cosa nueva, refinada, que sirve igual a la poesía, al diálogo filoso y a las quebradas del pensamiento. Pero ese lenguaje nunca deja de ser lo que es, un lenguaje que sabe a prisa y asfalto mezclado con tierra, a hoteles de frontera, a pulque curado de nuez, al cementerio de los desiertos, a no te fíes nunca, a un joven que duerme abrazado a una bolsa en su litera, a una troca que se aleja por pistas de tierra, a una huida hacia ningún sitio, porque la cordura no existe ni se la espera.

En ese idioma jugoso y engranado crece la figura de Makina, la protagonista, alguien que intenta sobrevivir en una sociedad donde la vida vale menos que el precio de la tinta gastada en escribir la palabra vida.

Durante años tuve por convicción que la influencia de Rulfo destruye a cualquier escritor, aniquila toda prosa. Es una sombra demasiado grande para que no te inunde y te derrote. Yuri Herrera demuestra que estaba equivocado, que se puede, por el camino de Rulfo, hacer la novela de hoy.

Como leo a Herrera desde la otra orilla siento, quizá por extrañeza, que el español se limpia y reinventa en su prosa. El mismo idioma, pero como recién hecho, lleno de juegos que mejoran al que lee, de entrelíneas, ritmos y enseñanzas.

Yo no sé si Méjico se acerca al fin del mundo, y todos con él, pero mientras las señales que anuncian ese final las notifique Yuri Herrera, bastará para seguir retrasando la hora.



Señales que precederán al fin del mundo, Yuri Herrera (Periférica, 2009)



¿Qué te sucede, Catulo?




No hemos comprendido las grandes ventajas que nos trae la crisis: esa felicidad insoportable que nos induce al suicidio; esa procesión de sombras desempleadas que avanzan, camufladas en ocio, por los parques; el aumento de las almas caritativas de doble papada, que con una mano nos entregan el pan y con la otra nos lo reclaman; el grave sufrimiento de los bancos, esos desheredados, cuyos directivos apenas llegan a fin de mes; los fatigosos viajes de nuestros líderes en busca de algún mamífero capitalista; los voluptuosos placeres de la recesión; la satisfacción de Marie Le Pen, tan cerca ya de alcanzar la segunda vuelta; los obispos que nos ruegan abandonar toda codicia, tan frugales ellos;  el renovado dialecto del egoísmo, esa medicina universal.

            La crisis vuelve más pequeño el mundo, nos empuja a un recreo salvaje, a un canibalismo gozoso.

Vuelven las naciones, las orondas patrias, las zonas de exclusión.

Catulo lo explicaba mejor (Carmina, XLVII):

Porcio y Socratión, roña y hambre de la humanidad, las dos manos ladronas de Pisón, ¿por qué ese Príapo sin pellejo os prefirió a mis amigos Veranio y Fabulo? Vosotros celebráis famosos y suntuosos banquetes a pleno día; ellos buscan por las esquinas invitaciones.

Habla de nosotros, de nuestro siglo. Las manos ladronas y arribistas de los amigos de Pisón, ¿no las conocemos bien? ¿No somos nosotros como Veranio y Fabulo, excluidos del gran banquete, buscando invitaciones por las esquinas, mendigando nuestra esclavitud con horarios?

Es la hora de matarnos entre nosotros, de alimentarnos a costa del hambre ajena.

Altos muros protegen a los elegidos.



            Catulo entendió el mensaje y escribió otro poema (Carmina, LII):

            ¿Qué hay, Catulo? ¿Por qué retrasas tu muerte? En la silla del cónsul se sienta Nonio el tuberculoso, y por su consulado perjura Vatinio. ¿Qué te sucede, Catulo? ¿Por qué retrasas tu muerte?

            Quien habla en el poema es César, el que compraba votos, el que enseñó a los romanos las bondades de la tiranía.

¿Qué nos sucede a todos, ahora que todos somos Catulo? ¿Por qué retrasamos nuestra muerte?

Sería el recorte definitivo, el acto más rentable, nuestra mejor inversión.

No hay duda, somos insolentes, malvados e irracionales: queremos sobrevivir.

Errores en la misma dirección




Goro Shimura es un matemático japonés, fue gran amigo y par en la investigación de Yutaka Taniyama, otro matemático japonés propenso a caer en teorías y depresiones. La frialdad de la Universidad de Tokio impulsó a los dos amigos a un razonable enclaustramiento y a imponerse retos caprichosos, como golpear lápices afilados contra mesas de cerezo mientras zapateaban las fórmulas en sus mentes. 

Su condición de investigadores les permitió dedicarse a sospechar cosas que solo pueden ocurrírsele a un par de matemáticos ociosos, como las relaciones entre las curvas elípticas y las formas modulares. Después de mucho trabajar llegaron a la insólita conclusión de que toda curva elíptica era una forma modular. A su intuición la llamaron la conjetura de Taniyama-Shimura, célebre proposición en el submundo de la Teoría Algebraica de Números. 



El asunto es que muchos años después, demostrada esa relación, suicidado Taniyama y famoso y coleando Shimura, le preguntaron al segundo cómo era el carácter y el talento de su compañero de conjetura.

–Taniyama era un matemático poco escrupuloso. Cometía muchos errores, pero pronto descubrí su inmenso talento: siempre cometía sus errores en la misma dirección.

Errores en la misma dirección, escuché, y sentí la emoción del hallazgo. Es una definición perfecta de la literatura, esa vasta conjetura que todavía sigue esperando a su Andrew Wiles.

Enseguida recordé un recital en Roma en el que me tocaba actuar como presentador, un acto que titulé, para mi vergüenza, La teoría del error, donde me apoyaba en Feyerabend y su prólogo a Contra el método para sugerir que cada palabra elegida por un escritor es un error seleccionado entre muchos errores posibles, que todo escritor trama en su obra, a veces de forma involuntaria, una particular teoría del error. 


Ahí tienen a Paul Feyerabend elaborando su anarquismo epistemológico. 

Hubiera sido mejor citar a Shimura y hablar de la buena literatura como un error cometido siempre en la misma dirección. Era la definición más exacta y la más amplia. Errores sí, pero errores necesarios, que definen un carácter, heredan una obsesión y se conjuran para pensar el mundo bajo una luz íntima. 

En 1995 el hipertímido y pelirrojo Andrew Wiles demostró un caso especial de la conjetura de Taniyama-Shimura, y a través de ella alcanzó una demostración del Último teorema de Fermat. 

En literatura todas las conjeturas son indemostrables. Los Andrew Wiles no nos sirven para nada. El genio se convierte en idiota dependiendo del siglo o del comentador. Ese tiovivo no debería inquietarnos.

El talento del escritor reside en apostar por la opción más digna de ser leída, pero también por la opción que mire, como hacía Taniyama, hacia el lugar que señala nuestro temperamento, rumbo hacia una isla que nunca se alcanza. Errores en la misma dirección. 


Crecimiento natural


Imagen: Slinkachu

Hacerse grande es conveniente para el pequeño: conviene sentir esa obesidad del alma, esa hinchazón que les hace creer que vuelan mientras se hunden. Es una ilusión necesaria, antes de que venga la realidad con su aguja y explote el globo.

Sueña la mosca con ser elefante, una mosca-elefante con un inmenso ojo compuesto, alas traslúcidas como velas, acorazado el segmento abdominal, y unas patas gruesas, esmaltadas, casi metálicas. Un sueño monstruoso el de la mosca, también el del banquero, la ministra o el concejal.

Son sueños infantiles, que no pueden ser pensados porque se desvanecerían. El pensamiento es el oxígeno, la cordura que nos vuelve diminutos, que nos regresa a nuestro tamaño, y para alimentar estos sueños es conveniente la asfixia, la más higiénica irracionalidad.

Van todos creciendo, alimentando su grandeza sobre alzas y tacones, dándose la razón a cada paso. Da gusto verles salir a la calle, tan alta la barbilla al mediodía, orgullosos de una sociedad que si aún no les aplaude no es porque ignoren su tamaño, sino por miedo a ser aplastada. 



De griegos, bicicletas y traductores





Ati Solerti, con la ayuda de Mario Domínguez Parra, ha traducido al griego algunos poetas españoles para la revista Vakxikon. Entre los incluidos encuentro a varios poetas que nadie debería ignorar, como Iván Cabrera Cartaya, Jordi Doce, Rafael-José Díaz o Francisco León.

Una mezcla de generosidad y de temeridad les ha llevado a incluir dos poemas míos y unas líneas de Fabio Montes. 

"La piedra", un poema de Nadie (2002), pinta así en el griego de Ati Solerti:

Η ΠΕΤΡΑ 



Μέσα στην πέτρα ο χρόνος δεν μένει:

σ’ εκείνη επίσης υπάρχει μια φωνή που τρέμει,
που παρακμάζει και μισεύει. 
Γη κοιμισμένη θα γίνει κάποια μέρα, 
κι από τους αχανείς δρόμους του κόσμου 
η φωνή της θα γίνει αυτή η φωνή, 
αυτή που εσύ της παραχώρησες.


Sí, yo tampoco lo entiendo, pero seguro que Ati Solerti me ha mejorado. 

Apostaría que en sus palabras soy menos indigno.

Los lectores griegos, si acaso tengo alguno, leerán algo como esto, más o menos:


LA PIEDRA 

El tiempo no se detiene en la piedra: 
también en ella hay una voz que tiembla, 
que declina y se pierde. 
Algún día será dormida tierra, 
y por los vastos caminos del mundo 
su voz será esta voz, 
la que tú le otorgaste. 


Valga esa traducción como excusa para hablar de la amiga Maila, una profesora de ruso que traduce a escritores polacos, a la que conocí hace unas semanas en una especie de fiesta-manifestación de la bicicleta en La Laguna. 

Antes de comenzar la ruta yo mostraba mi natural decrepitud, los pedales se reían en mi cara, el manillar me observaba con espanto. María José a mi lado iba casi niña, siempre en mediodía, como estrenando juego. Luego apareció Maila con chaqueta negra bajo el sol africano: pequeña, reconcentrada, nerviosa, cerrando cada frase con media sonrisa. 

Nos pusimos a hablar en dirección a Polonia y enseguida nos encontramos pedaleando sobre Stasiuk, Szymborska, Lem, Mrozek o Gombrowicz, como enfermos que somos, abandonados a nuestro vicio.



Ahí tienen a tres toxicómanos de la literatura dentro de una bandada de ciclistas. Deberían encerrarnos a todos en Tworki (El manicomio), que es la novela de Marek Bienczyk que Maila ha traducido para Acantilado. 

Me conmueven los traductores, su forma de abrir la ventana de un idioma para que entre el oxígeno, su manera de estar en el escenario sin ser visibles,  su minuciosa generosidad que cada día se presenta en la sala de máquinas de la obra ajena.

Pienso en Cansinos Assens, traduciendo a jornada completa, encorvado sobre el escritorio, la cabeza llena de alfabetos y de verbos irregulares, arrastrando la piedra de la literatura para otros, entregándoles lo mejor que había en él. 

Pienso en Ángel Crespo, en Carlos Pujol, en Clara Janés… Yo no sé si alguna vez haremos justicia a toda esa gente que trabaja, por una paga miserable, para nuestra felicidad. 

Maila Lema, que pedalea para Bienczyk, pertenece a esa raza que nos dignifica a todos. 


Mudanza





Toca el día a mudanza. Se requieren brazos, una espalda no doblegada, dos horas de servicio.

Hay gente que no puede contar sus mudanzas, tanto han vivido. Miran hacia atrás y descubren un baile de direcciones, llaves trastocadas, caseros y habitaciones con vistas a otras casas que también tienen habitaciones con vistas a otras casas, y así. 

Es el caso de la amiga que se muda: su vida es un vaivén de tal calibre que se puede decir que vive en todos sitios y en ninguno.

Nuestra amiga sabe que establecerse no sirve para nada. El que se cree a salvo y bajo un techo definitivo es el que vive en mitad de un espejismo.

El asunto es que entramos en su casa y vemos cómo la casa ha desaparecido, reducida a una isla de cajas de cartón, bolsos hinchados de ropa, estanterías que nos dan la espalda, cables que se rizan por el suelo y cuadros derrotados.

No hay casa, solo un inmueble que se aleja. Esa abstracción que llamamos hogar va siendo cargada en un furgón. Son los órganos aún vivos que esperan para ser trasplantados. 

Los objetos, fuera de su función, se empequeñecen y deprimen. Viajan hacinados o boca abajo, el rostro contra la pared, revueltos con otros objetos incomprensibles, entrechocando por el camino, llamándonos con un tintineo frenético. 

Imagen: William Eggleston


A la hora justa el hogar diseccionado ha llegado al nuevo inmueble.

Cuando se abren las cajas los objetos salen a la luz espantados: se tantean el cuerpo, enumeran los daños, acaso nos perdonan. Poco a poco ocupan su lugar, hacen la casa, se adueñan de un ámbito, y desde allí nos observan de nuevo como iguales. 

Una mudanza es una representación de la existencia: sueños embalados que cargamos hacia ningún sitio, platos que se quiebran por el camino, ceniza que era mejor dejar atrás. 

Perdemos objetos y ganamos los hábitos del nómada.

Yo he optando por no guardar casi nada.

En la última mudanza todo cabrá en una sola caja de madera.