Existió una vez un niño

 


Existió una vez un niño que vivía en una isla que era a la vez el paraíso y ningún sitio, el fin del mundo y el principio del olvido, el centro de la nada y las afueras de la civilización. Ese niño no fue domesticado, no alcanzó sus objetivos, no creció en la dirección correcta. Tuvo amigos, hermanos y padres, tuvo profesores, guardianes y psiquiatras, pero nadie consiguió llamarlo, porque nunca tuvo un nombre. Ese niño aprendió a ser araña, gusano en el barro, silla abandonada en un basural, aprendió a conversar con las ratas, a morder como los perros salvajes, a dormir en las calles de una ciudad muerta. Existió una vez un niño que fue casi real, casi cierto, alguien no menor que la nada y no mayor que un silencio. En las peores calles sin salida, en los barrios que no empiezan ni acaban, a la sombra de los centinelas gigantes, aún puedes intuirlo, solitario y sucesivo, multitud y ninguno.

 

 

Foto: Lisa Bukreyeva 


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