La insistencia, de Jordi Doce


Los grandes libros de apuntes, como los que escribieron Canetti, Cioran o Simic, nos interrogan en múltiples direcciones, nos permiten intuir los pasillos enfermos de nuestro tiempo, como quien crea una grieta por la que observar al otro lado del muro, más allá de los grandes discursos y las trincheras. Esos libros nos ayudan también porque habitan la poesía, porque intuyen aquello que somos y nos resulta inaceptable, porque nos vemos reflejados en ese espejo ingrato, y todo ese esfuerzo hace de nuestro viaje algo menos indigno. La insistencia, de Jordi Doce, pertenece a esa estirpe.

Quisiera demorarme en algunas de sus tesis y hallazgos. Aquí se habla de la llaga del tiempo, deletreada hasta extraer de ella una iluminación verbal que nos salve de la perplejidad de existir. Vemos en este libro a ese animal sospechoso dentro de una familia, el escritor, alguien cuya presencia resulta amenazante, aunque nadie lo lea. Sabe su autor que la crítica, como el menosprecio, nos fortalece y acaso nos mejora, porque nos cura del orgullo. Proponen estas páginas una defensa de la observación caminada, de la contemplación sin urgencia, del silencio como refugio. Nos recuerda que la duda (como esa vacilación que otros desprecian tanto) es una forma de estar en el mundo, un hábito que nos protege. A veces, en mitad de una página, irrumpe la llamarada de un monóstico: “una claridad hecha de grietas”. Nos habla de la brevedad en la escritura como quien sabe que necesita dosificar el agua mientras atraviesa el desierto. Por la misma vía entiende estos pensamientos como las pobres semillas que vamos dejando en cada página, semillas que son apenas una posibilidad de futuro, una pregunta que quizá florezca en otros, una cerilla que acaso algún lector sepa transformar en una hoguera. Nunca se confía su autor y regresa a una ironía sanadora, como cuando nos deja una imagen contra la propia escritura que podría haber pintado Brueghel: “Estas frases: un desfile de cojos blandiendo con orgullo sus muletas”. Habría que añadir que todos somos como ciegos que guían a otros ciegos, como cojos que sonríen a la cámara. Siempre habrá alguien al otro lado del papel que crea no ser ciego ni cojo.

Sabe ingresar en los ámbitos de la crítica política Jordi Doce amplificando el paisaje temporal o concentrándose en una palabra, aplicando el microscopio a un gesto o haciendo un breve análisis literario, como los que dedica al Quijote, que son especialmente afortunados. No se equivoca cuando asegura que todos llegamos queriendo ser los salvadores, pero con el tiempo nos hemos convertido en plaga. Nos recuerda que los animales y las plantas permanecen indiferentes cuando suenan los himnos. Sabe que los débiles, los que por no tener no tienen ni voz, son los primeros a los que devoramos.

De la poesía nos habla con la delicadeza de quien se ha pasado la vida frente a un infinito borrador, buscando la distancia justa para que el poema pueda leernos. Quizá por eso no ignora que la escritura es una forma de vaciamiento que roza la patología.

Otro tema que aparece en algunos de estos apuntes es la ausencia y el duelo. Es una materia compleja sobre la que caminar, pero el autor encuentra las vías menos previsibles, aunque no menos estremecidas. Así vemos la ropa del que se fue y la ropa cambiante del que sobrevive, que van dibujando una lejanía. Es el duelo entrevisto como una metamorfosis, donde el que permanece es ahora otro ser.

En sus autorretratos hay un reconocimiento conmovedor de las debilidades, un despojamiento, y esas líneas como escritas en un espejo están entre las mejores del conjunto. Muy pocos escritores como Jordi Doce saben analizarse sin excusas, saben pensar desde las cicatrices, entrever los vaivenes y autoengaños que nos hunden y rescatan cada día. Ve a un perro callejero y entiende que es un igual, porque en esa intemperie vivimos todos. A veces mira hacia atrás con reparo, porque quien nos sigue es nuestra propia desvergüenza. A veces esos autorretratos nacen desde la oposición con otra figura, que en este libro suele ser la figura del padre, pero ya no hay rencor, sino comprensión, el reconocimiento de aquel que fuimos y de su resistencia.

El autor, como nos enseñó Kafka, es el primer acusado, el único culpable al que no podemos ignorar. Quien acude a la lectura en busca de un bálsamo no necesitará libros como este, cuya honestidad nos quema. Escribe Jordi Doce: “Cuando un poeta habla se está declarando culpable”.

En estos pensamientos hay un testigo de la catástrofe, la colectiva y la íntima. Esconder la mirada no servirá. Toda lectura de un gran libro es paradójica: nos hace bien porque nos devasta, nos cura porque nos enferma.

 

49 escalones

 

La revista digital chilena 49 escalones ha publicado una breve selección de mis apuntes, en su mayoría inéditos, que he titulado "Estados fantásticos de la materia". Aquí pueden leerla. Aunque quizá sea más provechoso que revisen otros textos de la revista, como los de Juan Pablo Rojas o Benjamín Carrasco, la crónica de la última visita de Paul Valéry a Mallarmé (donde crece esa vocación absoluta de construir un artefacto milagroso -y minucioso- hecho con palabras), o las traducciones de Frank O'Connor y George Eliot, los poemas inéditos de Ismael Gavilán o una conversación con Adan Kovacsics, ensayista y traductor, entre otros, de Imre Kertész, László Krasznahorkai o Karl Kraus. 


Como quien revela la forma de un cuerpo escondido

 


Entro en un café y veo junto a la barra, castigadas contra un muro, tres sillas rotas con las patas fracturadas brutalmente. A veces en la calle descubro un paraguas desmembrado, una camisa pisoteada en la acera, un zapato esquinado y angustioso. Hay una violencia silenciosa en los objetos cuya utilidad se ha perdido. Son como cuerpos desmantelados, animales que cayeron en la trampa y ahora chillan en silencio mientras la ciudad pasa de largo.

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Decir lo que no es, lo que no puede ser, como quien rodea el centro de algo que no alcanzamos a explicar. No puedo negarlo: soy propenso a la definición por negación, es decir, al estilo apofático, quizá heredado de vagas lecturas sobre el budismo zen y de oscuras páginas neoplatónicas.

La literatura nos enseña que es más sugerente describir lo que no tenemos, mostrar aquello que nos falta, la forma de la ausencia, que enredarse en explicaciones inútiles. El cristal no necesita estar despedazado para ver su fragilidad. Algunos entienden ese dibujo por negación como una huida, pero se equivocan. No es huida, sino descubrimiento. Es como quien revela la forma de un cuerpo escondido tramando solo las sombras que lo rodean.

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Ese día asombroso en que al ver al otro nos veamos a nosotros mismos. Lo imagino para que sea posible, para que sea de todos, como una ebriedad antigua. Simone Weil le dio su voz y dejó que caminara por el mundo esa idea. Que reciba también la nuestra. Imaginarlo es hacerlo real. No importa que aún esté lejos ese día.

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Hace milenios que aceptamos con naturalidad que una historia fuera protagonizada por un zorro, un asno o un árbol (como el roble de Dodona, considerado un oráculo), y con la misma frescura se nos impuso el protagonismo de una espada, un anillo o una isla a la que volver, y a la que podemos llamar Ítaca. A nadie puede sorprender entonces que Chéjov decidiera a principios del siglo XX escribir una comedia protagonizada por una casa y por un jardín de cerezos.

Si Alain de Lille pensaba en el siglo XII que cada criatura es un espejo de lo humano, un jardín y una casa no podrían dejar de serlo. Acaso sea el momento para que nazca un cuento protagonizado por un punto, la novela de una coma o una tragedia que nos cuente la historia de un hexágono.

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“Los pájaros entonan cantos para este solitario visitante”, escribe Zekkai Chushin, poeta japonés del siglo XIV. Visita las ruinas de un antiguo templo y no quiere que su emoción destruya el poema. Las hierbas se han apoderado del templo y crecen entre las vasijas abandonadas. Muchos siglos después, en mi terraza insular no hay ningún pájaro que cante mientras leo. Solo se escucha el rumor amortiguado de la ciudad, indiferente como un latido enfermo. El viento a veces golpea las ventanas, como llamándome. Muy pronto la hierba invadirá esta casa.

 

Imagen: Ludwig Nikulski

 

Purple Haze

 


Nada aprecio tanto como a esa gente malvada, puros delincuentes nuestros de cada día, enemigos públicos, hermanos, esa gente que no dice su nombre cuando es generosa, que no levanta la voz para jactarse de su humildad, que le paga un café a un desconocido de ojos desesperados o cede el asiento en el tranvía sin decir una sola palabra, con la sutileza de un bailarín. Amo al que comprende que molesta y no insiste en la pregunta. Amo al que detecta el error ajeno y podría corregirlo, pero sabe que no es el momento, que ahora no sirve de nada la verdad. Es la mujer que te explica cómo llegar a ese lugar que nunca encuentras, ese lugar que no existe pero que buscas cada día. Es el conocido, del que nunca esperaste nada, que te regala por sorpresa un libro que no podías comprar, o aquella noche en que necesitabas compañía y una amiga se bebió un par de ginebras contigo, y eso que no quería, y te hizo reír mientras sonaba Purple Haze de Jimi Hendrix en una covacha en mitad de ningún sitio y soportó tus majaderías como quien te ofrece un salvavidas antes de que cierren la noche.

Este puede ser el peor de los mundos, la pura putrefacción transformada en espectáculo, pero aún veo ese enjambre de milagros cotidianos y de gente que arde porque reconoce su propia debilidad, su pura tontería, aquellos que saben estar en desacuerdo, que se quitan la razón a carcajadas, los que aún sienten que la piel guarda la memoria de los muertos, los que se fumaron su vanidad en las esquinas, tipos que no tienen miedo al ridículo, caterva de desquiciados que no van a ninguna parte, gente como tú, desnortados y ebrios, porque no existe camino ni meta, porque solo deambulamos en mitad de la niebla.


 Imagen: Marie Šechtlová

Enterramientos, placebos y perros callejeros

 


El libro en nuestro país tiene una propensión natural al enterramiento, porque no hay institución que no tenga su colección de libros encerrada en un almacén, bien embalsamada en cajas polvorientas, porque como todos sabemos la literatura no necesita lectores, sino indiferencia y sombra. La pasión por editar es tan aguda como el fervor por convertir esos libros en sarcófagos.

No es difícil ver a un escritor recién premiado, casi orgulloso, cómo te mira con melancolía cuando le preguntas dónde se puede comprar su último libro, porque la pregunta misma es un dislate, una forma de la ignorancia, porque los libros, aunque se editen ya no se venden y aunque se vendan no se leen, y por eso nadie aspira a la más endeble de las críticas. Esos libros, si acaso existen, pasan a formar parte de bibliografías dudosas y de bibliotecas que funcionan como santuarios, reductos donde se acumulan nombres de escritores en peligro de extinción.

Las librerías están invadidas por volúmenes donde la literatura misma es un suceso molesto, una condición que desacredita al negocio, pústulas que deben ser extirpadas para no ofender la inteligencia de los lectores. ¿Cómo se atreve un escritor desconocido a publicar una colección de cuentos o un poemario y pensar que encontrará un lector, que merece un lugar en esa librería? ¿No sería mejor, piensa el ejecutivo de la gran editorial, hacerse famoso primero y que su nombre hueco resuene como un tambor en el gran desfile demente de la actualidad? Mañana le publicaremos un libro, nos dicen, y lo escribirá cualquiera o nadie, qué importa, porque el libro es para ellos una mera sustancia edulcorada, el placebo con el que trafican.

Al otro lado, como perros callejeros, desplazados hacia las afueras y los últimos suburbios, aún quedan unos pocos lectores, últimos enfermos de una casta milenaria. Con ellos encenderemos el fuego.

 

Imagen: Zisis Kardianos 

 

Xuan Bello

 

Recibo hoy la noticia de la muerte de Xuan Bello y al instante regresan las pocas veces en que coincidimos: a principios de este siglo en Oviedo, en la tertulia de García Martín, y diez años después en Roma, donde vino a recitar. Lo primero que me pidió cuando entró en la vieja Academia, quizá lo único, fue que lo dejara un segundo solo en mi habitación, que había sido la suya años atrás. Esas habitaciones están llenas de fantasmas, leyendas y sombras. Esas habitaciones no se acaban nunca. Había una memoria veteada de juventud y de sol, también de melancolía, en sus recuerdos romanos. Una tarde nos quedamos solos y acabamos en el Trastevere, junto al río humano de la Lungaretta, y compartimos un vino y hablamos algunas horas sobre esta demencia nuestra de la escritura. Me dijo que escribir es cavar, que no es posible sin hacerse daño. No nos volvimos a ver, y ahora aquella tarde parece aún más irreal.

Vuelven en esta noche insular sus historias de Paniceiros y sus retratos cotidianos, los seres a los que salvó con sus palabras, justo allí donde él sabía encontrar un resquicio para la poesía, una forma de elevarse sin abandonar nunca la tierra. Vuelven sus poemas, donde está su voz, tierna y entera. “No olvides / las manos de tu padre. / Como viñas / al sol recién plantadas”, escribió en el poema “Las manos”. Tampoco nosotros podremos olvidar las manos que escribieron estos versos, que dejaron sobre el mundo esa luz que nos pertenece a todos.

 

Apuntes para una teoría de la inercia

 


La inercia es la enfermedad esencial en nuestro tiempo. Esa inercia produce la necrosis de la esperanza, que es la última grieta por la que se cuela el deseo de cambio. Sin ella solo queda la pesadez del sueño incumplido y el repetido estribillo de una canción alegre y hueca.

La inercia se apacigua en las calles y adormece el pensamiento, porque nadie confía en sí mismo y nadie cree que el mundo pueda ser diferente, como afirmaba Leonardo Sciascia cuando hablaba de su tierra, de Sicilia.

La verdad se queda en las cunetas junto a los desperdicios, entre papeles ilegibles que acumula el viento, eslóganes descartados y los proyectos que devoró la herrumbre. La verdad, entendida como búsqueda, se ha transformado en una parte más de los residuos del mundo. Quienes defienden ese camino no tienen poder o apenas tienen voz.

La inercia es la consumación de la apatía, la ausencia de voluntad, la confirmación de una sedación colectiva. La inercia acepta la propia miseria y la naturalización del crimen, porque los entiende como algo inevitable, como un fatum a la manera en que lo definía Cicerón, es decir, un suceso que es resultado de otro y cuya alteración es imposible. Los hijos de la inercia se conforman con ser vagamente estoicos (ese sistema de engaños íntimos), y creen que esa elección les dignifica.

La sociedad segrega hoy su propia anestesia y la consume al instante, embobada y feliz. Segrega sus noticias y revelaciones, sus falsas novedades (tan antiguas como la venganza o el timo), y así cree acelerar hacia el futuro, ese espejismo. Esa anestesia está iluminada por la idea del espectáculo, de lo real como un gran show que nunca termina (un show que incluye disparates, engaños y masacres), como si la música del circo sonara día y noche y nadie quisiera detenerla, mientras todos aplauden y el ruido aplasta, al menos durante unas horas, nuestro vacío.

 

 Imagen: Marie Šechtlová