¿Dónde están los otros?



Durante treinta y nueve páginas riza su pensamiento en un ensayo sobre antropología y ética, se fortifica hablando de multiculturalidad, relativismo y globalización, se junta con la fabulosa otredad, nos explica cómo entender al extraño y a los pueblos oprimidos, aguarda valores universales y propone a los mejores observadores de nuestra tribu, todos imparciales, distanciados, comprensivos. Durante treinta y nueve páginas ametralla al lector con el desfile habitual de nombres ilustres, desde Aristóteles hasta Polanyi. De las muchas autoridades citadas no hay una sola que no sea occidental, ni un libro, ni un pensamiento, ni la metáfora descabalada de un poeta, siquiera un proverbio que no sea occidental. Nada. ¿Dónde están los otros?

Ahora lo entiendo: la libertad y la justicia es para todos, pero la inteligencia es solo nuestra.



Imagen: Hugh Sitton

El día de los débiles




          
Ninguna debilidad tan equilibrada, ciega y permanente como el egoísmo, ese egoísmo sanguíneo, incapaz de abandonarse a sí mismo sin la ayuda del alcohol. Un egoísmo primitivo, tan saludable en su ferocidad, en su demencia, que no es posible huir de él, agarrarse a nadie en la caída que no sea uno mismo.

Esa soledad provoca cada uno de los horrores que conocemos, y a la vez, inexplicablemente, cada una de las maravillas.

El otro queda siempre muy lejos, gravitando en una órbita remota. Está frente a nosotros, nos habla y creemos entender, pero en el hermético recinto del que escucha ese otro es imposible, y su realidad resbala por el impermeable de nuestro egoísmo como la lluvia. Nada queda en nosotros, excepto unas gotas que se colaron por el cuello del impermeable, el repiqueteo de la lluvia en el plástico, unos segundos de frío.

La ciudad entera es un escenario extraño, una compostura que no aceptamos, una tela de araña de calles por la que caminamos temiendo ser devorados en cualquier instante.

De esa debilidad esencial derivan todas las debilidades nuestras, debilidades que se presentan bajo las formas de la violencia, la soberbia, la intimidación, la depresión o la desconfianza, todas ellas golosas, palpables, nutritivas. Casi no hay impulso humano que no sea una debilidad íntima, una carencia disfrazada, un miedo vuelto del revés, donde solo brilla la más estricta torpeza.


La debilidad del hablador, que en el silencio escucha una voz insoportable, acaso su propia voz que le reclama, alguien que si calla es como si se lanzara al vacío.

La debilidad del fuerte que necesita pelea, demostrar lo innecesario,  destruir lo que ya está destruido. Es la debilidad extrema, sedienta, adicta, que necesita ganar una y otra vez hasta morir ella misma.

La depresión, aquella melancolía de la que hablaba Robert Burton, cuando hasta dentro del humor hay una tristeza y en cada triunfo solo se ve un fracaso. El depresivo es el atormentador de sí mismo, enemigo de todos, despreciador del mundo que se incluye en el desprecio; alguien que nos odia sin límite, como nos odió Swift, y que a la vez comprende que él es uno más, es un igual, cerdo, helminto y buitre, alcornoque, mala hierba, filoxera, uno más al que odiar.

La debilidad del vanidoso, ese papagayo nuestro de cada día, que vive hundido, oscuro, atemorizado, pero sale a la luz disfrazado, alto en su propia mentira, esa mentira que le permite vivir, que le engaña y le convence de lo imposible. Publicar es una vanidad indiscutible, y esa vergüenza hay que arrastrarla como un cadáver, hay que echársela al hombro y escribir con ella. 


Solo como lector agradezco la debilidad vanidosa de los escritores, porque en esa debilidad encontré un placer. La belleza es por sí sola el remedio, aunque nada remedie. Es la morfina, que nada cura, pero que nos evita el dolor.


Debo estar agradecido a las debilidades ajenas, porque con ellas han crecido las mías hasta alcanzar su fracaso natural, su agusanada humanidad. Le agradezco a Sócrates el ejemplo y la perversión, acaso hoy insoportable, de querer establecer una moral que dignifique a quien la defiende, aunque esa defensa te hunda, aunque en ella no haya conveniencia, aunque esa moral solo diga: estás equivocado, eres estúpido y risible. Era la debilidad de Sócrates, a la vez su única fuerza y su evidente manía, su abandono y su adicción.

Mi locura más recurrente es la moral, acaso porque soy tan amoral que necesito corregirme a cada instante, como el ex alcohólico que no puede acercarse a un vaso de ron sin que un dispositivo de seguridad, de terror físico, se adueñe de él.

Desde el café veo pasar una debilidad tras otra, la apresurada debilidad de cada día, esa fuerza en la caída, esa fe que se trastabilla y sigue, esa ideología bien abrigada, esa esperanza que aún no ha dudado, esa certeza que se miente, esa conversación donde no es posible decir nada, solo compartir los sonidos, entrelazar huecos, temer y despreciar en silencio.

Cada día es el día de los débiles, un día que se repite sin descanso desde hace milenios.

Acaso solo me divierte hoy ver a esa gente como me veo a mí, con la misma distorsión y el mismo afecto. A la vez los odio y los amo, me repugnan y me atraen. Esa debe ser una de mis debilidades, esa contradictoria ceguera.




Nuevas mentiras viejas

Bill Sunday, evangelista y severo defensor de la Ley Seca. Herbert A. French, Biblioteca del Congreso



Creía Kant que la verdad era un deber incondicional del hablante frente a todos, aunque ese hablante se dirija a una sola persona, y en concreto a una persona a quien no se atreve a decirle la verdad. La mentira, por minúscula que sea, es el mayor delito que podemos cometer, pensaba el confiado Kant. 

No hagan caso: es una partida de cartas donde toda la baraja está marcada de antemano. Ese jovencito pecoso que parecía el incauto se ha vuelto un timador profesional con una orden internacional de busca y captura, y la anciana despistada, cándida, que no parece capaz de concentrarse dos manos seguidas, ha resultado ser una exprimidora de crédulos. Tomemos a un timador clásico, a un tahúr con toga, Cicerón. En su texto En defensa de Lucio Valerio Flaco ensaya un elogio de los griegos pero no les concede ningún afecto por la verdad: “el respeto por la verdad y los testimonios esa nación jamás lo ha cultivado”. 

Vale, Cicerón. Lo que tú digas. No fue el único romano que acusó a los griegos de mentir, es decir, de escribir la historia como quien escribe fábulas. Quintiliano y Plinio el Joven repitieron esa acusación. ¿Mentían? No, pero decían esa verdad justo antes de colarte su convicción, su fe, su mentira bien empaquetada. Para ellos la verdad, la ciencia de la historia, eran Tito Livio o Suetonio, a los que hoy no podemos considerar más que fantasiosos novelistas al servicio del poderoso de turno. Suele ocurrir que quien dice la verdad en la crítica luego miente en la propuesta de ley, y esa partida se lleva repitiendo siglos y no hay día en que no se juegue alguna mano en un libro o en un periódico. 

La historia es sin duda el mejor lugar para dejar una mentira. Mentir en una novela es lo natural, porque las novelas se escriben para mentir y para que sea el lector el que deduzca una verdad. Pero la historia no, porque allí se dicta el pasado, se corrige y se reordena. Si algo no encaja en nuestra teoría, se esconde o se niega.

La historia es el lugar donde cualquier mentira germina, crece y se reproduce, sale del libro, toma las calles, se sube a las banderas y carga los fusiles. Pronto será verdad, al menos para aquellos a quienes les conviene esa verdad. Si no hay consenso, si existen otros que no aceptan esa verdad, habrá que acudir a los refinados instrumentos que hemos elaborado durante siglos de civilización: el exterminio, la opresión, la damnatio memoriae o la censura. 

El ser humano es una larga mentira que produce, incluso cuando cree decir la verdad, nuevas mentiras viejas. Lo extraño, lo milagroso, es que no mienta. A veces es el lenguaje el que trabaja a la sombra y nos engaña, a veces el tanatorio de nuestras creencias, a veces nuestra verdad de hoy que mañana hará reír a los niños en la escuela, otras la cobardía, el puro miedo en la boca, el instinto de supervivencia, y no pocas veces el deseo de vencer, de tener razón, aunque tenerla signifique pasar de largo ante esa cosa frágil, diminuta y dudosa llamada verdad. 

Se equivocaba Kant, porque hay mentiras que a nadie hacen daño, excepto a quien las dice. Son las otras, las que se ponen el uniforme y dan órdenes, las que se disfrazan de verdad y aspiran a ley, las que debemos cuestionar una y otra vez, porque acaso no hay otra verdad más valiosa que aquella que nunca termina de serlo, aquella de la que siempre podemos desconfiar. 

Muros altos




Un error es un hallazgo que no podemos despreciar. Sin el error no habría posibilidad de acierto, que es algo conveniente para el ego, pero aún más importante es que sin el primer error no se daría la posibilidad de cometer el mismo error por segunda vez, por tercera y cuarta, la multiplicadora posibilidad de cometer indefinidamente el mismo error, al que luego llamaremos con orgullo Historia de Occidente.

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Es costumbre que el necio no valore la genialidad de su condición y con una humildad pavorosa dedique su existencia a encontrar semejantes. Es una propiedad del genio y de la necedad, y a la vez es una cruzada, un vicio y un íntimo perdón. La existencia de una manada de iguales hace creer al individuo que su comportamiento es una característica de la normalidad.

La necedad agudiza el talento para distinguir a los necios, y esto permite a cualquier necio la posesión de un radar para identificar semejantes. Puede entreverlos cuando van solitarios o en desfile, en efigie o en rumor, pero siempre los identifica sin necesidad de someter a juicio su inteligencia. Son necios porque él lo dice, necio mayor, catedrático en las necedades ajenas.

La necedad, eso nos gusta pensar, es una etiqueta que nos conviene a todos, pero especialmente a los otros.

Debo disculparme porque estas alegres conclusiones son muy pesimistas. De ellas se deduce que quien se jacta de ver necios a su alrededor tal vez ignora que es uno de ellos, o para ser más exactos, el talento para identificar la necedad ajena no exime al talentoso observador de esa condición.

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La especialización investigadora en el universo de las humanidades produce anualmente varias toneladas de papel encuadernado y minuciosamente escrito en forma de tesis, casi todas asombrosas e infranqueables, y esta producción frenética de conocimiento conlleva la transformación de muchos buenos estudiantes en animales fabulosos. 

Hablo de seres que han conseguido adquirir un conocimiento máximo en algo extremadamente pequeño, al menos como campo de conocimiento. Ese campo de conocimiento es tan diminuto que es posible que no exista en él conocimiento alguno, pero eso nadie lo sabrá nunca, pues no existe otro especialista dispuesto a perder su vida para demostrar que su antecesor estaba equivocado, inventó datos, equivocó conclusiones o no dijo nada, aunque rellenase miles de páginas de esponjosa retórica.

La especialización obtiene así, por ausencia o huida, el beneficio de la duda. En ese lugar se instala el investigador, seguro de que nadie podrá saltar el muro que ha ido construyendo con la acumulación de notas a pie de página. 

El muro es demasiado alto para entrar, también para escapar. Queda entonces el especialista encarcelado en su universo, elogiado sin ser entendido, admirado por defecto, convertido ahora en ese animal fabuloso que habita universidades y congresos.



Un hombre que duerme



Lo mejor es quedarse dormido, no acudir al examen, ignorar el horario de trabajo, si acaso alguien tuviera semejante cosa, y quedarse ahí, sin nada que hacer y sin hacer nada, como quien solo espera y olvida.

Quien se pregunta por el sentido de lo que hace está perdido, y quien no se hace esa pregunta solo gira en una turbina. El protagonista de Un hombre que duerme, de Georges Perec, se ha hecho la pregunta, se ha bajado de la turbina y ahora, lo sabemos, está perdido, como nosotros.

Ha decidido no levantarse de la cama, ausentarse del proyecto de una vida que no siente como suya, merodear sin objeto o demorar cualquier actividad, describir lo que sucede como si le sucediera a otro y vivir como si la voluntad fuera una variante de la inercia. Es la novela del que se detiene y espera, alguien que no sabe bien lo que busca, pero sí de lo que huye, alguien que hemos sido y seremos nosotros, tipos que se interrogan sobre esa alucinación a la que llamamos realidad y a la que acudimos con una mezcla de asombro y repugnancia. 

El protagonista de Perec no quiere la libertad de hacer, de fabricar, engullir y producir, sino la contraria, la libertad de no hacer, de permanecer fuera del mundo como quien se ha propuesto analizar cada una de las minúsculas fealdades de su existencia, como si en ellas se escondiera una fascinación o una respuesta. Allí, y pronto lo descubrirá, no se esconde ninguna respuesta, no hay lecciones ni moral, solo miedo, un miedo que se adhiere a la piel, un miedo que te hace desear que todo acabe.

Este es el libro de la negación, la desidia y un cansancio inconcreto y asfixiante. Sabemos que respira el protagonista, pero sabemos que respira sin porqué. No elige ningún camino, solo se detiene y observa la encrucijada como un entomólogo aturdido y pesimista.


Es alguien que se juzga y no se encuentra inocente, alguien que se detiene al borde de un día cualquiera y decide respirar en esa frontera, establecerse en un hilo de pensamiento y mirar sin afecto a los dos lados. El precipicio y la vida son igualmente absurdos, piensa, y el paso, si hay que darlo, puede postergarse.

Quien se juzga a sí mismo no puede esperar benevolencia. El narrador y protagonista de Un hombre que duerme es también el juez, el fiscal y el acusado, y todos saben bien que no hay salida, que el problema somos nosotros, que el incendio está bajo la piel y no se apaga con buenas intenciones y un puñado de principios higiénicos y una dosis adecuada de psicoterapia. No, no se apaga el incendio, no hay salida y las escapatorias no sirven. En la vida las puertas de emergencia llevan también al incendio.

Tal vez por eso escribe, para disminuir el agotamiento de la perplejidad, para concentrar la mirada en el detalle menor, para curarse de la vida describiendo la vida, su alucinada turbina que pasa y vuelve y no acaba nunca.

Perec, ese enumerador compulsivo, detalla la vulgaridad diaria y neutra como si en ella estuviera la explicación de la caída, el sentido de esa voluntad que ha decidido no levantarse, no hacer lo que se espera y no esperar lo que se debe hacer.

Nada de ganar el tiempo, porque el tiempo está perdido de antemano y para siempre. Nada de correr detrás de nada. Solo formas para perder el tiempo y excusas para no correr. 

Las páginas en las que describe París, la gente que pasa frente a un café, insisten en el asombro ante todo y en el general sinsentido. ¿Por qué poner un pie delante del otro?, se pregunta Perec. ¿Por qué seguir paseando? ¿Adónde va con tanta prisa toda esa gente? Es una danza hipnótica, que se alarga y perdura, que se vuelve ciclo, que crece y decrece, que se hincha y revienta y vuelve a empezar, una larga enumeración que en su belleza y en su demencia no dice nada, o solo dice eso.


Es vida o es nada



No es el mejor poema de Claudio Rodríguez, pero no le hace falta serlo para que encontremos en esa página el motivo, acaso inevitable, de toda literatura. El poema es “Lo que no se marchita” y pertenece a un libro que podría haber sido publicado ayer, El vuelo de la celebración (1976), un libro donde lo que se celebra es la realidad a pesar de la historia, a pesar de la podredumbre. 

Ve el poeta a un corro de niños y entiende que si hay una casa de la que no se debe salir es esa. De alguna forma esos niños, sin decir nada, le acusan, porque quien descubre el mundo sabe más del mundo que quien viene de vuelta y hace muecas y da lecciones de humo.

Luego se detiene en una niña y escribe: 

Contemplo ahora a la niña más pequeña: 
la que pone su infancia 
bajo la leña. 
Hay que salvarla. Canta y baila torpemente 
y hay que salvarla. 
Esa delicadeza que hay en su torpeza 
hay que salvarla. 

No es el poeta el que ofrece, sino el que pide. No es el escritor el que da sino el que recibe, y debe entender lo que recibe y devolverlo. Por eso Claudio Rodríguez ve en el corro de niños a los maestros y en él, en su madurez, al aprendiz. 

Hay que salvar al que pasa, al que trabaja y muere a nuestro lado, a los que juegan o callan, porque la literatura es vida o es nada. Si no se escribe para salvar algo del fraude del tiempo nada se escribe. 

Y cuántas veces, sin merecimiento, 
estoy junto a este corro, junto a esta 
cúpula, 
junto a los niños que no tienen sombra. 




En esos versos pensaba uno al volver de un paseo por las viejas calles del Toscal, en Santa Cruz, como quien dice en la periferia de cualquier sitio. Aquí todo es final y principio, como si la ciudad entera se estuviera hundiendo de este lado, en las ventanas tapiadas con bloques, en los solares donde un muro separa los escombros privados de los escombros públicos, en la cirrosis de las fachadas, en ese joven descamisado que mata la tarde junto a la puerta de un bar, somnoliento, casi vivo. 

Las casas más dignas son las arruinadas, porque en ellas nada miente, nada se maquilla, justo allí donde cuelgan unos cables de la fachada, donde se acumula la tierra en el alféizar y el número sobre la puerta palidece y tose.

Dos gatos rondan una bandeja de carne bajo un coche, protectores de un banquete de caducidades y sobras. Los cristales rotos de una ventana amagan un grito. La calle desciende estrecha, baja, desacompasada. El balbuceo de un televisor crece y se apaga junto al zumbido de una mosca. 

Se diría que está todo recién muerto, dispuesto para ser derribado, para empezar de nuevo. 

Llego entonces a una plaza y en la plaza hay unas canchas donde juegan unos adolescentes y en su juego, en su espontánea forma de no rendirse, de creer en esta demencia, debe habitar una resistencia. 

No les importa a estos adolescentes estar fuera del mundo. Y el dolor o la injusticia les llueve encima mientras corren, y nada les detiene. Son ellos lo que hablan, ellos los que enseñan. Solo hay que acercarse y escuchar.



Sobre un festival literario o las miserias del oficio



Sospecha uno que si un festival es literario serán los escritores los protagonistas, como se espera que en los conciertos la música la interpreten los músicos, las obras de teatro las representen actores y los trasplantes de riñón los realicen cirujanos, cosas todas ellas insólitas. Es el peligro de confiarse a la lógica en una realidad que tiene el aspecto de un psiquiátrico a la intemperie. A nadie puede extrañarle entonces que a los festivales literarios les sobren los escritores. Me explico.

Hace unos días acabó un asombroso festival literario en la no menos asombrosa ciudad de La Laguna. Los organizadores decidieron, en un acto de bondad, invitarme a tres actos. Así, en pelotón. En la web de la cosa ya bailaba mi nombre antes de que uno hubiera dicho sí o no a esos compromisos. Debieron pensar los organizadores, tan generosos, que uno se dedica a escribir para que ellos puedan ganarse la vida, que uno prepara recitales, coloquios y encuentros para que ellos, en su divinidad, puedan justificar un presupuesto, que uno le cede unas horas de su vida a unos extraños a cambio de “detalles gastronómicos” y palmadas en la espalda. 

Uno ha recitado en bares y subterráneos, ha charloteado en plazas, institutos o muelles de carga, ha conferenciado allí donde le pagaran algo, por miserable que fuera el trato o el escenario, uno no pidió nunca hoteles con estrellas, pero hacerle tres actos al prójimo a cambio de un plato de lentejas es algo que nunca pensé que me propondrían, excepto quizá en época de guerra.

Sé que no fui el único que despreció ese plato que nos dejaban en el suelo, y eso me reconforta. Aspira uno todavía a reunir las lentejas por su cuenta, a comerse el plato en su casa y a no mendigar. 

Sí, lo sé, pide uno mucho, pero puestos a elegir prefiere uno ponerse a lo Max Estrella y comerse las pulgas. 

No se sabe cómo, pero en este festival literario se remunera (según el estrepitoso correo que me envió su organizadora) a los actores, los cantantes y los músicos, también a los técnicos y diseñadores, pero no a los escritores, porque como todo el mundo sabe en los festivales literarios un escritor es algo innecesario y tautológico.

En este conmovedor festival la literatura fue, según sus organizadores, una cosa transversal, porque la literatura está en todos y todos en la literatura, como el Dios del panteísmo. Según esa doctrina cuando tengamos un festival de música habrá que invitar a entomólogos para interpretar a Stravinski o Arvo Pärt, cuando se acerque un festival de teatro tendremos sobre los escenarios a escayolistas y fontaneros, que son gente muy apañada y transversal, capaz de representar a Mayorga o a Sófocles sin excusa y sin ensayo, y si asoma un congreso internacional de filosofía las discusiones sobre Sloterdijk, Zizek o Habermas se las encargarán a concejales y asesores de lo público, tipos capacitados para refutar al más pintado y sacarse sus antinomias del neocórtex.

En el inolvidable correo de la organizadora se afirmaba que solo se pagaba a los escritores que realizaban “un trabajo previo de escritura”. Esto significa que los poemas que se leen en los recitales no están escritos o son improvisados para el acto, o según otra posible interpretación esos poemas no han necesitado trabajo alguno, que es la idea que muchos tienen de ese ejercicio de la inteligencia al que llamamos poesía.

No quisiera uno que su oficio fuera más que el de un albañil, un jardinero o un taxista, pero tampoco que fuera menos. 

Este es el país que nos tocó vivir, esta la época. Con ella o contra ella haremos nuestra literatura. Para defendernos de tanta masa encefálica al servicio de todos no valdrá con una trinchera, tampoco con un muro. Es en nosotros, en nuestros acomodados cerebros, donde sigue multiplicándose el cáncer.