Tropismos, de Nathalie Sarraute

 


Cada fragmento de estos Tropismos, aunque en apariencia extraños entre sí, comparte deformaciones y crecimientos involuntarios, reacciones inconscientes, ramificaciones y retorcimientos. En su diferencia estos fragmentos inventan una cartografía del comportamiento humano que no necesita de la extensión, sino de la precisión.

Vemos seres que rezuman de los muros, trepan por las rejas, cruzan las aceras, avanzan frente a las casas como racimos oscuros, seres que se detienen bajo las marquesinas y se agolpan frente a un escaparate, en espera de algo que no llega. Una página nos lleva hasta un mediodía de julio: escuchamos el chirrido de una silla que alguien arrastra por las baldosas, y aunque el calor es asfixiante ella siente frío de repente: ella, que vive sentada al borde de la cama, ocupando un espacio diminuto; ella, que escucha el silencio, sola, acurrucada e inmóvil. ¿Quién es ella? En este libro no hay nombres, solo sombras que funcionan como espejos.

En otra página de estos Tropismos vemos a alguien cuya existencia es como una sala de espera de una estación de tren. En eso nos hemos convertido, en un no lugar. Somos un vacío abarrotado de seres anónimos que se entrecruzan. Somos un lugar sin memoria. Solo nos queda la urgencia para llegar antes a la soledad.

Nathalie Sarraute nos entrega su muestra surgida de la observación: una persona que siente, ante la presencia de otro, ante su desafío, la necesidad de confesarse, de contarlo todo y desnudar su conciencia; un joven que quiere ser un intelectual, pero de esa forma parasitaria y decorativa en que algunos quieren serlo, no por el placer del conocimiento mismo, sino por su exhibición; conocemos a una costurera que se conforma, que no pide nada para sí misma, una mujer que se ha quedado detenida, transformada en una lámpara encerrada en un acuario. Las fotografías verbales se suceden: dos ancianos sin esperanza detenidos en el café; un niño que solo juega con sus padres y que nunca se atreve a perderse con sus iguales, a romper ese condón umbilical; un adulto que necesita que le cuiden como cuando tenía siete años.

No escribe historias Nathalie Sarraute, porque nada le interesan los argumentos. Cada sección es una imagen, una escena sin contexto que ella disecciona, pero que nunca pone en movimiento. La observación y la descripción son el principio y el fin de su estética, y no necesita más, porque en esas fotografías habita su incendio y su fuga. Tropismos no aspira tanto a una verdad última como a detectar las diminutas contorsiones, los gestos mínimos, las obsesiones, los miedos que disimulamos y los silencios que nos explican.

Entre los hermosos experimentos que practicó Nathalie Sarraute estuvo la escritura de antinovelas, como Retrato de un desconocido. Sartre aseguraba que las antinovelas jugaban a la construcción de personajes y a la invención de tramas ficticias, pero solo para engañarnos, para destruir desde dentro la idea misma de novela. Su función era representar la muerte del género, su autodestrucción escenificada. El propio Sartre le concedía a ese incendio un valor de futuro: es el principio de una nueva novela capaz de pensarse a sí misma.