Como esperando al juez





Conocerse a uno mismo es como investigar un asesinato cuyo culpable somos nosotros.


Quien escribe un bestiario y quien se enamora confían en un mismo prodigio: la existencia de seres fabulosos.


Nada tan apetecible como esas trampas en las que deseamos caer una y otra vez.


Revuelve en el pasado en busca de unas palabras que den coherencia a su vida, y no las encuentra. Teme que su mentira se deshaga. Teme que los demás descubran que es un farsante. Pronto viene en su ayuda una vieja costumbre: el pasado también se puede inventar.


Los refugios del padre se parecen demasiado a las celdas del hijo.


Esos zapatos en mitad de la calle, violentos y solos, como esperando al juez.



Desconocía por completo a su novio, es decir, tenía todo lo necesario para estar siempre junto a él.



Ningún Estado puede arrebatarte el derecho a que se rían de ti.


Exprímite, se dice a sí mismo en un poema Salvatore Toma. No dejes nada dentro, añado. Y luego llama al silencio y vuelve. Así es como hace la rama, como enseña la hormiga.


Un minuto de retraso sobre lo real, de Abbas Beydoun


Abbas Beydoun, nacido al sur del Líbano en 1945, se me acerca hoy como un poeta occidental en lengua árabe, un heredero de Auden, Brodsky y Tranströmer, o si lo prefieren, como un poeta árabe que no quiere serlo del todo, que ha decidido iniciar el único exilio posible para un escritor: que su voz sea de ninguno para ser de todos.

Beydoun se educó en una biblioteca de libros traducidos, al compás de un idioma que transporta una multitud de culturas ajenas, que arrastra las voces que no piensan como las voces que escucha en la calle, un idioma cargado de intuiciones que discuten las enseñanzas que recibe cada día. Esa educación que ha tomado el desvío hacia los otros es la que ahora le permite escribir una poesía dentada y autocrítica, a la vez desoladora e irónica, fotografía de un tiempo, retrato de las demencias de la historia.

Esta voz nos llega gracias al asombroso trabajo de Luz Gómez García, traductora y prologuista de este libro, Un minuto de retraso sobre lo real (Vaso Roto, 2012), que esconde dentro tres libros de poemas: Una temporada en Berlín, Puertas de Beirut y La muerte nos toma las medidas.

Beydoun inicia el poema desde un lugar conocido y sin mitología: la necesidad de unos zapatos, la queja de un hueso, el hombre que baila con una pierna amputada, un malentendido en una lengua extranjera, una mancha de vino en la camisa, unos minutos de retraso en una cita, un poema que no arranca, la imagen de una maleta o el retrato de un joven en un tren. Justo donde muy pocos ven el poema es donde lo encuentra Beydoun, donde inicia su análisis y su detonación, una avalancha intuitiva que quiere explicar la naturaleza de la realidad, que empuja hacia la superficie lo que estaba hundido, que hace de lo íntimo algo colectivo, que sigue el rastro del pensamiento hasta encontrar la quebradura que nos atañe a todos, la antigua debilidad que nos explica.

El proceso que utiliza el libanés es a la vez cristalino y complejo. Beydoun escribe series de poemas en prosa que giran alrededor de una idea central, de ese motivo mínimo que crece sin descanso, acumula significados, se transforma en símbolo y termina por convertirse en radiografía de una época.

Al final de ese proceso que nos propone Beydoun la maleta se ha convertido en un órgano que huye, en una vértebra que estalla, en el cuerpo que se nos escapa, porque las maletas son como los muertos, los que no pueden viajar, pero que siempre llegan antes que nosotros.

En otro poema el dolor de un hueso no es solo un aviso, es el desfile de la mentira que solo atendemos cuando chilla, es la memoria falsificada, el poema mismo, cada una de nuestras palabras, que al mismo tiempo nos dicen y nos encubren.

En otra página vemos que el retraso en llegar a la cita, apenas unos minutos, ha sido suficiente para que la otra persona se haya vuelto invisible, para que nos hayamos citado con nosotros mismos, para que entre la realidad y el que la observa haya un abismo, para que el día se convierta en una farsa.

La mancha de vino puede ser borrada con facilidad de la camisa de la misma forma que limpiamos nuestro pasado, porque nada nos alegra más que lucir cada mañana la camisa nueva de una conciencia, una vida impoluta, un orgullo de mosca, y que toda la vergüenza se quede embalsamada.

En la pierna amputada del hombre que baila hay una enseñanza que no queremos escuchar, parece decirnos Beydoun: allí está la ceniza que cada mañana barremos sin asombro, allí las banderas que hinchan el orgullo, las mismas que otros utilizan para taparse los ojos y avanzar. 


Hay poetas que nos resultan admirables, otros cuya voz nos acompaña el resto de la vida, y luego hay unos pocos que llegan justo en el instante en que los necesitamos, poetas que entran en nuestra casa y nos muestran lo que somos, lo que no queríamos ver, lo que no estábamos dispuestos a aceptar. Beydoun ha llegado así, con un minuto de retraso sobre lo real, dispuesto a distinguir al que busca del que corre.

No se debe escribir de ningún libro sin señalar al menos una falta, sin mostrar un defecto, una caída. Abbas Beydoun tienes algunas, pero todas forman parte integral de su mirada, todas le pertenecen, es decir, son defectos, pero también son armas.



Las otras Emilys




A veces pienso en aquellos que aprendieron a deshacerse de una parte de sus vidas, aquellos que tiraron a la papelera cuanto se les ofrecía, porque existir es también renunciar. En algún momento entendieron lo que no eran, y luego cerraron la puerta.

Pienso en Porchia, alguien que hacía literatura sin literatura, que solo inclinaba unas pocas líneas para que sus amigos las usaran, como quien presta una manta cuando se acerca el frío. Aquí tienes, parece decirnos: si puedes abrígate con esto. Ahora ven aquí, mírate, míranos, y dime que no somos irrisorios.

Pienso en Salvatore Toma, alguien que parecía ajeno a cualquier necesidad que no llevase hacia las palabras, alguien que podía verse al otro lado, más allá de sí mismo, que entendía la vida como una pesadilla de la que esperaba escapar pronto. Alguien encadenado en Maglie, su pueblo salentino, absorto bajo una tierra ignorada, piedra entre las piedras, solo feliz ante el vuelo del milano o del tordo, solo vivo cuando no era él, dispuesto cada noche a no encontrar el alba.

Pienso en la mujer que fue Emily Dickinson, en sus tardes en las que nunca se termina de poner el sol, en su forma de mirar fijamente unas copas vacías y sucias después de un breve encuentro, segura de que en ellas estaba la otra vida, la imposible, como algo que pasó cerca, un tren fantasmal que solo deja un tintineo y una huella de labios en el cristal. Pienso en el escalofrío de sus pensamientos, en sus manos pálidas que se cruzan sobre el regazo, un su vestido blanco, en la voluntaria reclusión, en las horas que trepan por las paredes y nos dicen cómo soportar nuestra porción de noche.

Pienso en las otras Emilys, anónimas y remotas, de ayer y hoy, las que no escribieron poesía y que quizá se salvan en ella, pienso en sus días donde la felicidad era solo algo observado, una alegría que llegaba de contrabando, un recuerdo hurtado, una sonrisa ajena, una calle incendiada al mediodía, pero nunca algo suyo, porque la realidad vive más allá, y crece, se retuerce y nace sin nosotros. Y luego esa larga espera hasta que nos llamen para regresar.
           
           

Oración




No revuelvas, niño, dicen, no te inquietes. Déjalo pasar, que corra. Vete a tu aire, que así cogerás tu viento, el solo tuyo, el solo.

Dale velocidad a la memoria, dale tiempo de navaja, golpe y quiebro. Eso quieren. Pero al final, digas lo que digas, no serás más que el hijo, no serás.

Fuiste la que salías de la fiesta al amanecer con tu bolsa a la espalda, de vuelta a casa, tú, la vieja hetera, con el aulós aún en los labios, tocando para ti sola, tocando. La misma que regresa a casa hoy, dos milenios más tarde, aún erguida y sola.

Fuiste esa noche polaca en que Herbert habló con su padre muerto, agradecido por el buen traje y por las flores, y dijiste también que no esperas, que no.

Fuiste el que piensa que nada es suficiente, tan equivocado como el primer día, siempre huyendo de todos aquellos que alguna vez te dieron la mano, seguro de que no hay otro refugio que la huida, seguro.

La hermana ha dicho que debes curarte, la hermana. Dice que la herida es antigua, que debes buscar tu venda, aliviar el paso. Es imposible, le respondes: no quieres curarte, no. Mientras haya una noche en vilo, una respiración, un nombre, prefieres que duela, que tense la cuerda, que aniquile.

Solo así estarás vivo, solo así.


Imagen: Gustavo Minas