La forma inconclusa

 

 


Un signo de la modernidad es la forma inconclusa, cambiante y frágil de muchas obras: El proceso de Kafka o sus aforismos, que debían llevar a otros aforismos que nunca se escribieron; los infinitos proyectos inacabados de Pessoa, en una secuencia memorable de borradores y apuntes; El hombre sin atributos de Musil; las mil versiones de sus propias composiciones de Juan Ramón; los libros que prometía Canetti (como la segunda parte de Masa y poder, que nunca fue escrita o nunca cerrada); los cuadernos de Rulfo, llenos de esbozos agónicos; las notas y reparaciones y extravíos para una novela futura que dejó Albert Camus y que conforman lo que hoy podemos leer como La muerte feliz; o aquel proyecto monumental de Benjamin, su Libro de los pasajes, que aspiraba a examinar la filosofía materialista del siglo XIX, y del que solo nos queda un inmenso conjunto de fragmentos, citas y comentarios, quizá aún más sugerentes que la obra que ya nunca podremos leer. Las obras acabadas apenas explican nuestro tiempo, y nuestra escritura está entera en lo fragmentario, como los cuentos de Lydia Davis o los microgramas de Walser, simultánea como una fotografía de Saul Leiter o las coreografías de Pina Bausch. Sentimos que la escritura es más un proceso que un resultado, y eso la convierte en una actividad infinita y demencial, propensa al extravío y al silencio. Interrumpimos los proyectos porque son inabarcables, conscientes de que no existe apenas nada, por diminuto que sea, que pueda ser comentado en su totalidad. Estamos condenados al fragmento, sea de una página o de cien, condenados a la llamarada, y condenados también a la interrogación y a la duda. Podemos hacer como Karl Kraus, maestro de maestros, y adoptar todos los personajes, como él hacía en sus famosas lecturas públicas, podemos escribir un antiperiódico, como el corrosivo Die Fackel, y acusar con razón a la palabra de llevarnos hacia la maldad, hacia el totalitarismo y la mentira. Nada de eso evitará que nuestra escritura camine sin error hacia el precipicio, y esa limitación es también su fuerza. La escritura es una exploración y un vértigo, y no necesita ningún final, ninguna conclusión. La mejor literatura de nuestra época funciona como un lanzallamas.


Imagen: Ludwig Nikulski

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario