El último refugio


Imagen: Ben Benowski



Viven para servir a otros, y rara vez se quejan de su condición. No parecen estar, son casi invisibles, pero sin ellos todo se desmoronaría. Quieren al que nadie quiere, al apestado, al loco, al genio, al insoportable vanidoso, a la hermana neurasténica, al depresivo o al amigo enfermo. Callan y trabajan, y su nombre es cualquier nombre.

Se alegran íntimamente cuando las personas a las que cuidan consiguen algún éxito. Pero no les importa estar detrás, casi se diría que buscan la sombra, ese lugar donde las cámaras no llegan.

Joseph Brodsky conoció alguien así, Nadeyda Mandelstam, y le dedicó la más hermosa de las necrológicas que yo he leído. Está incluida en su libro Menos que uno.

El talento no necesita para nada de la historia, escribió Brodsky. Es cierto, el talento se abre paso contra la historia, incluso contra sí mismo. Lo que no puede soportar nadie, tampoco nadie con talento, es la absoluta soledad moral, la ausencia de un último refugio, de una amistad leal que esté más allá del bien y del mal.

“El estoicismo es el suicidio”, escribió Cesare Pavese en las últimas páginas de su diario. Si el único camino es el saber, el camino es un callejón sin salida. Si todo lo que nos queda es autocontrol, entonces no nos queda nada.

Pavese encontró ese vacío último que está más allá de todos los trabajos de la vida: más allá de la subsistencia, de la autoestima y del deseo. Encontró que no había nadie que creyera en él y dijo basta.

Todo sucede alrededor como en una alucinación: herrumbre, azulviscoso, verdemoho, algas.

Pero si tienes suerte, tendrás alguien que cree en ti y en quien puedes creer. No te hinches entonces, sólo resiste y camina.


Decir Porchia



Sostenía Antonio Porchia que sentimos demasiado, pero que comprendemos poco, y lo decía para contradecirse con alegría una vez más, seguro de que sólo en las contradicciones y las paradojas habita nuestra especie.

Saber es menos importante que comprender, y Porchia se pasó la vida luchando por comprender. Hasta que un día descubrió que uno apenas comprende, y luego escribió con un lápiz: “Quien dice la verdad, casi no dice nada.”

Para los enemigos del aforismo el texto debe explicarse a sí mismo, por eso odian o desprecian esas frases de aire rotundo que les obligan a pensar.

Y eso parece suplicarnos Porchia: piensa un poco a mi lado, siente por aquí, adéntrate conmigo para encontrarte a ti. Porque leyendo sus voces uno sólo puede encontrarse a sí mismo, y de todas las imágenes que puede revelarnos una lectura esa es la que más necesitamos.

Para ganarse la vida Porchia no tuvo un oficio, sino todos los oficios. En una entrevista declaró que el amor le había sucedido dos veces, también que era un lector escaso y desordenado. Quienes le conocieron aseguran que era un hombre ingenuo y sutil a la vez.

Hablaba mientras pensaba que no debía hablar.

La verdad es que Porchia era un poeta que no quería ser un poeta. Quizá porque quien es algo no necesita serlo, lo es contra sí mismo y sin porqué.

En la esquina

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Habitan las esquinas del barrio, el umbral de los bares, las mugrientas escaleras del pabellón, cualquier lugar es bueno para ellos si hace sol y no hay nada que hacer, y si es de noche se cobijan en lugares donde la luz de las farolas agoniza. Desde los catorce o quince años vegetan allí como animales del asfalto, fumando en silencio, y a veces su gramática de humo se riza en el aire mientras sonríen. No parecen tener padres, aunque todos sabemos que los tienen. Es mejor no preguntar por ellos.

Empiezan pronto a ocupar los portales de los edificios y los bares de su calle, pero como son gente fiel y de hábitos ciegos, si vuelves veinte años después al mismo lugar, los que no están en la cárcel, siguen en las mismas esquinas, en idénticos callejones, como viejos reyes desdentados de una nación de sombras.

No esperan nada de la vida, sólo los juegos del trapicheo y de la broma. Sonríen cuando se juntan en un rincón del parque, y parece que son felices. Pero en general son gente amarga, gente que huye sin descanso, y que ha elegido para su fuga el camino más fácil: no moverse del sitio, no hacer nada, sólo matar el tiempo.

Ahora, es la moda, han sumado a sus abandonos el placer de la violencia. De todas las violencias. Insultar, por ejemplo, les motiva, les hace creer que son mucho más de lo que son. Durante unos segundos se sienten unos valientes, quizá porque saben que su escasa biografía no es más que una acumulación de íntimas cobardías. Insultan porque ya no les queda otro placer. También aman las peleas, la fuerza sin habilidad, que es el poder de los que no tienen ningún poder. Tienen su propia jerarquía, hecha de detenciones, de noches en el calabozo, de pequeños robos, de insultos a la policía. Todo eso suma, y les entrega galones invisibles que ellos exhiben entre su gente.

Algunos cambian de vida con los años, quizá se enamoran, y terminan en un trabajo que nunca desearon, acarreando cajas, levantando bloques o sirviendo gasolina. Pero son una excepción, no menos amarga que la regla. Casi todos siguen esperando en el portal del edificio, en la esquina del parque, en ese bar que nunca cierra, siguen esperando y se vuelven ancianos, y el tiempo aún no se acaba. Una mala tarde unos jóvenes se acercan a uno y le llaman viejo, y quieren robarle la cartera, esos jóvenes que son como era él hace cincuenta años, pero en la cartera no hay dinero, ni fotos, ni tarjetas, sólo un documento nacional de identidad que no dice nada.

Stasiuk. La noche. Ladridos.



Stasiuk me lleva hasta una Europa que ignoro, un territorio a la vez descomunal y mugriento: con él atravieso carreteras que van hacia los Cárpatos, hacia pueblos remotos de Polonia, Hungría o Eslovaquia, hacia los establos, los tanques oxidados y las naciones del olvido, hacia la niebla de Tyrawa, hacia valles que ocultan otra época y bares donde los gitanos beben aguardiente de ciruela. La vida va con él, tentadora y embarrada, con su mezcla de porquería y maravilla.

Viajo con Andrzej Stasiuk, con su libro
De camino a Babadag.

Pero me detengo y levanto los ojos del libro: aún estoy aquí, no he conseguido escapar. Voy a la terraza, apoyo las manos en el murete, y ahí está otra vez, como siempre estuvo, esperándome, el mismo barrio achatado con sus farolas de luz amarillenta como altos y encorvados vigilantes. El calor corta la carne blanda de la noche con su navaja invisible. Más allá del barrio veo la autopista, con su perpetuo vaivén de luces blancas y rojas. Es un espectáculo mudo para mí, que estoy demasiado lejos para escuchar su estruendo. Luego viene el océano, sus barrotes invisibles, su oscura nana. Y en mitad del océano, entre las sombras, un diminuto punto de luz marca la posición de un buque mercante, en rumbo quizá hacia los mares del sur.


Sin embargo mis barcos y mis aviones están aquí, a mi alrededor, todos encuadernados y en posición. Sólo ellos me soportan y me entienden. Sólo ellos siguen siendo fieles a mi locura.


No merezco este paisaje porque no sé amarlo sin queja.


Sólo sé que estos perros que ladran en el barrio cada noche también ladran por nosotros. De alguna forma todos ladramos en silencio cada noche con ellos, y todos somos un perro encerrado en la azotea de una casa, y no existe nadie (tampoco los pájaros, los insectos o las personas) que pueda entendernos.


El diagnóstico de Adorno


“A la teoría dialéctica, contraria a todo lo que viene aislado, no le es por eso lícito servirse de aforismos.” Así justificaba Adorno sus Minima moralia, situándose en esa esquina de la filosofía donde la negación y la crítica son el único salvavidas del ser humano.

El aforismo es la brecha que se abre en el casco de las grandes embar
caciones del pensamiento, y Hegel es una sólida embarcación donde el aforismo es sólo un imprevisto, un accidente del futuro. La función del aforismo no es agotar una especulación o sugerir un sistema, sino poner a prueba lo aceptado, quitarle la máscara a un prestigio, mostrar el vacío de lo que parecía lleno o infiltrarse entre las verdades aceptadas con una antorcha en la mano.

No creo que exista otro libro como Minima moralia cuya lectura nos enfrente tan abiertamente a las contradictorias raíces de la sociedad contemporánea.

Su autor despliega un ejercicio de crítica feroz contra una sociedad que parecía destinada a la autodestrucción o a la demencia. Es bueno recordar que esas páginas fueron escritas entre 1944 y 1947, y que en ellas se habla del encantamiento de la ignorancia, de una sociedad que parece complacerse en el analfabetismo moral. Sesenta años después de ese libro la complacencia es parecida, las supuestas soluciones son enfermedades en sí mismas, y las terapias son tan miserables como alarmantes.

Minima moralia es un diagnóstico que no podemos evitar. Que muchas de sus intuiciones las señalara antes Benjamin no le resta poder ni validez a esas páginas.



Adorno siente cómo la intimidad de algunas personas ha sido invadida por la industria, por un sentido comercial que se aplica a todo. El amor y la amistad no están exentos de esa fiebre. Para esas personas todo es un balance, un juego de precios, un aprovecharse del otro, un comerciar con todo, incluso con uno mismo. Lo que Adorno aplica a algunos individuos, hoy es una epidemia, una forma tolerada, natural y respetable de existir.

Su inteligencia no le exime del error y de las opiniones salvajes. Sostiene, por ejemplo, que cuando se dice de un hombre anciano que es un hombre venerable y ecuánime, “hay que suponer que su vida ha consistido en una serie de tropelías.” Tampoco esconde cierto elitismo absurdo que le hace detestar a esos intelectuales fascinados por “el personal de cocina”, que él asocia con una pobreza espiritual.

Más allá de esas caídas, Adorno se nos presente como un Erasmo moderno,
algo menos equilibrado en sus juicios que el holandés, pero igualmente efectivo en su deseo de mostrar la íntima hipocresía que sustenta nuestras vidas, de iluminar las sombras que habían convertido el tren de la razón ilustrada en un tren de la muerte camino de un lager.

Adorno ataca todos los flancos de una sociedad que siente enferma. Nada ni nadie parece estar a salvo de su bisturí. El uso con fines ideológicos de la biografía. El poder, que cuando se siente amenazado en sus privilegios se defiende como un animal herido que debe aniquilar a quien le hostiga. El nuevo avaro, cuya benevolencia es un negocio y cuya amistad es una inversión a corto plazo. La imposible convivencia social, atrapada entre una cortesía helada o un compadreo mezquino. La monstruosidad de la arquitectura funcional. La tecnificación como preludio de la brutalidad totalitaria. La transformación del regalo generoso entre individuos en una caridad planificada por el Estado. La conciencia de que la Segunda Guerra Mundial era a la vez un fin del mundo y el fermento de futuros odios. Y esa ironía envenenada que le hace afirmar que la cultura de su tiempo debería ser psicoanalizada por un economista y no por un seguidor de Freud.


Y es que el psicoanálisis mismo es para Adorno el evangelio de la alegría obligatoria, un evangelio que niega la libertad del individuo a conocer su sufrimiento, y le entrega esa potestad a otro, al nuevo sacerdote, al doctor.

Estas reflexiones de un exiliado muestran cómo se destrozan los logros de la ilustración recurriendo para ello a la versión más grosera del racionalismo. Por eso Adorno se sitúa en los márgenes de la razón, una posición que más tarde detallaría en Dialéctica negativa (1966). Allí explica que las soluciones conciliadoras que propone la dialéctica hegeliana no sirven frente a la realidad, que contradice con meticulosidad cada propuesta.

Tiene que existir una frontera entre los peligros de la razón y el vacío del irracionalismo, un lugar donde pueda habitar la cordura y la crítica. Desde esa frontera escribe Adorno, siempre a la contra, insatisfecho y crudo.

No es difícil estar en ocasiones en desacuerdo con él, pero sería una estupidez no reconocer que su obra es un objeto necesario para entender lo que somos, una obra acaso imprescindible.


Absolución


Durante un segundo, en mitad de una tarde de agosto, el tiempo cesó.

Un silencio sin viento y una luz metálica estaban en el aire y podían ser respirados. Nos acostamos con una idea en la cabeza –el argumento de un relato que no avanza, de una historia circular y reseca–, una idea que da vueltas en el suelo como una mosca moribunda, hasta que se detiene y se vuelve cosa, hasta que se disuelve.

Fuera acecha el sol como un jaguar hambriento, y de él nos protegen, como una celda ilusoria, los barrotes horizontales de la persiana.

Durante unos minutos se nos concede la nada. Es un regalo que no comprendemos, ni siquiera sabemos si es un regalo.

Pero la nada quizá sea el mayor acontecimiento al que puede aspirar un ser humano, porque esa conciencia de la nada implica estar vivos y a la vez estar libres, aunque sólo sea por unos minutos, de los deseos y vértigos de la vida, libres del hambre, de la sed y del miedo.

La nada que me entrega esta tarde de agosto es un regalo que no puedo corresponder. Durante unos minutos me vuelvo lo que veo y lo que respiro, y no hay temor ni alegría en ese silencio, sólo una absolución.

Una absolución que ningún juez ha dictado, pero que todas las cosas anuncian.


Ese humo que sonríe

Imagen: Michael Ging



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El ridículo es una medicina, y todos deberíamos ponernos en ridículo de vez en cuando o hacer el ridículo un buen rato, por fastidiar más que nada. Aunque no es lo mismo ponerse que hacerlo. Ponerse en ridículo implica cierto victimismo, cierto metaridículo (lo digo así para ponerme yo también), como si uno fuera demasiado consciente de su vergüenza pública. Mientras que hacer el ridículo puede ser un acto de ingenuidad, de carácter o de genuina torpeza.

Hacer el ridículo es una medicina y una catarsis. Una persona que ha hecho el ridículo ya puede disponerse a trabajar, puede comer descansado y saludar a sus semejantes. Puede incluso ponerse a escribir poesía, que según Gombrowicz es lo más cerca que puede estar un ser humano del ridículo y del descrédito.

Nadie peor, nadie más ridículo que aquella persona tan empingorotada que nunca ha hecho el ridículo. Con estas personas ocurre algo parecido a lo que afirmaba Nietzsche sobre la paradoja de los humildes. El que se jacta de ser humilde –venía a decir el bigotudo Zaratustra–, se jacta de su virtud, y por tanto es un orgulloso insoportable.

Es decir, alguien que va de serio, que se cree honesto y bueno y humilde, y por creerse todo eso no hace nunca el ridículo. No existe mayor caricatura que una persona perpetuamente seria.

Pienso en los políticos, en sus amaneradas formas, en su retórica gelatinosa, en su incapacidad para entender al rival, para aceptar un fracaso públicamente, para dimitir.

Pienso en los fanáticos religiosos, en su incapacidad para dudar, en su manera de contradecirse, de torturar y asesinar en nombre de la Verdad.

Son pocos los que desconocen que el mundo es un vasto circo, y que muy pronto hay que elegir un papel, un ridículo. ¿Quieres ser el domador eslavo, la contorsionista de ojos rasgados, el payaso Fidelio, el malabarista checo, el mago que hace desaparecer a su diminuta ayudante o la trapecista?

Pero el ridículo también tiene otra cara, la del que se atreve, la del temerario. A veces hay que hacer el ridículo para decir lo que se piensa. Y ahí ya rozamos con el farsante y con el loco, que son sinónimos naturales del escritor.

En un memorable artículo lo explicaba Charles Simic: “No puedo imaginar una sociedad más horrible que aquella donde la risa y la poesía estén prohibidas, donde la insana enajenación de los ricos y los poderosos, así como las hipocresías de los clérigos y los políticos, pasen inadvertidas. En el mundo en que vivimos, la mayor parte de la energía intelectual se gasta protegiendo del ridículo a aquellos que proclaman la verdad eterna.”

Bendito sea Simic y su sonrisa, y ese artículo titulado “Corta la comedia”, que uno leyó en la revista Letras Libres.

Esa es una de las labores esenciales de este juego al que llamamos literatura: no proteger del ridículo a nadie, tampoco a nosotros mismos, tampoco a nuestros amigos o al lector.


Imagen: Ivana Lagartija


Ayer, leyendo la minuciosa y repetitiva biografía que Edmund Williamson le dedica a Borges (Borges. Una vida, se titula), encontré estas palabras que el autor argentino escribió sobre la pasividad y la connivencia de muchos intelectuales durante el peronismo: “¡Tantas atroces y sonrientes efigies, y ni una sola caricatura; tantos interesados panegíricos y ni una sola sátira!

Pronto nos iremos y no quedará nada de nosotros. El juego se está acabando, ¿no lo ves? Dejemos al menos un poco de ironía en el aire, mostremos el ridículo tenaz de este baile de salón donde la vanidad y el poder se pisan sin pudor, se trastabillan y caen. Y luego, fíjate bien, esos dos monigotes se arrastran en busca de algo (una bandera, unos billetes, un Dios verdadero y opresivo), algo que nosotros debemos prender antes de que lleguen ellos, para que arda con placer y muy pronto sea humo.

Ese humo que sonríe en el aire es todo a lo que podemos aspirar.