El astillero




Como la descripción de un hundimiento va descubriendo Onetti al protagonista de esta novela, el escamoso, opaco, disimulado Larsen, y una procesión de adjetivos salen a la calle de la página para ennegrecer su estrategia y pintar la ciudad esclerótica de Santa María, el negocio sin futuro, los otros personajes que deambulan como matihuelos empujados por el viento, tranquilos en su inercia.
Onetti no engaña a su lector desde la primera página: el ritmo de su prosa será obeso, lleno de matices de coleccionista y cargado de insistencias, como si arrastrara en cada párrafo la necesidad de ser definitivo e inapelable. Un párrafo, dos o media docena soportan esa naturaleza, pero no cada página de una novela. No sin cierta voluntad de exceso. Esa es su grandeza y su manía.
            Para quienes vemos el mundo con la misma luz borracha que nos presenta Onetti, su desmesura es también una forma de la coherencia. Sus descripciones nos envuelven como una cosa física y nos llevan hasta la realidad por un pasillo que es siempre reflexivo. La prisa no cabe aquí. Su idioma es pleno pero no enjoyado, turbia la mirada y algo ronca la voz, volcado en cada oración hacia la intuición psicológica, las dobleces y fugas del pensamiento.
            Su mundo es el nuestro aún, y aunque El astillero sea un regalo del año 1961, la literatura que necesitamos es siempre ahora y sin descanso. Esa postura no es indescifrable: el carácter fatigoso y endeble del protagonista, sus temores y vaivenes, su trabajo sin vocación y su desasosiego, todavía nos pertenecen, y acaso no hay lector que no pueda ser Larsen y reflejarse en el espejo sucio donde nos pide Onetti que nos miremos.

La noche en el zoológico




Caballos varados en una habitación de hotel, hipopótamos con agendas urgentes y seguro dental y barbados psicoanalistas de silencios bien calculados, escarabajos que flotan en una piscina nocturna, entre su desesperación y un gin tonic, cernícalos que rellenan formularios y estudian idiomas asombrosos, tortugas que corren hacia la felicidad, búfalos que dormitan ante el ojo cirrótico de un televisor apagado, serpientes que se entrenan para domesticar su veneno, jóvenes ciervos dispuestos para el soborno, gallos de prosa seminal, delfines que se barnizan el prestigio en el océano de un aula, papagayos perdidos dentro de sí mismos, hienas que nos explican los pasadizos de la ética, moscas atrapadas en el vientre de un atasco, heroicos microbios condecorados, nematelmintos que soportan una refinada educación que no impedirá que parasiten a su anfitrión, cerdos que han comprendido los límites de su voluntad, tiburones cuya buena conciencia nos enternece a todos.

            Larga, interminable es la noche en el zoológico.



Imagen: Bruno Schulz

Sin fundamento




Hoy me dio por reunir objetos, sospechar escenas de calle, tramar historias sin fundamento.

Un botón como ojo de avestruz encontrado en la silla de un café. Aquel hombre tan orgulloso de trabajar como un buey para que sus dos hijos vivieran como príncipes. El camarero que nunca sonreía y nunca se quejaba, elemento mecánico del servicio, perfecto, casi vivo. “La culpa es de los curas”, repetía la señora con una gran cruz de oro en su cuello. Las hormigas, que cada cierto tiempo se empeñan en hacer colonia en mi casa: no recuerdan el anterior exterminio. Gente que lee libros para esconder la mirada. El amigo que no sabe abrazarme, al que no sabría abrazar. Las preguntas del dentista a las que solo puedes responder con sonidos guturales. La hija que no está dispuesta a pagar la cuenta de la madre, la madre que no está dispuesta a dejarse timar por su hija. La severa relación que une a los mejores manteles con las mejores papadas. Un viejo marinero varado en la parada de autobuses, jubilado, inmóvil, receloso. Las rodillas hinchadas de la mujer que carga con dos bolsas llenas de comida, calle arriba, como quien lleva alimentando toda su vida a una jauría insaciable. Esa gente desesperada que vaga por la ciudad, que conversa con el asfalto y las aceras, que parece que nunca se ha detenido en su búsqueda. Y nosotros, que esperamos lo que no puede suceder, desorientados, caídos en la perplejidad, nosotros que hemos huido por la puerta de emergencia.


Imagen: Carlos Prieto