El árbol de la vida



Asómbrate de todo. Recuerda lo diminuto que eres y el maravilloso espectáculo que se te ofrece cada día. Aprende a volver a ser lo que ya fuiste. Nunca hagas lo que odias. Piensa que tu materia es endeble, y como ella estás condenado a la separación y al olvido. Observa cuanto te rodea como si la naturaleza fuera un inmenso espejo: todo lo que ves es lo que fuiste y lo que serás.

De eso nos habla Terrence Malick.

El árbol de la vida quiere ser una celebración panteísta. Lo extraño, lo inesperado, es que consigue serlo. Más que la tragedia de una familia tejana vemos el paso rítmico, fragmentado y a veces digresivo de un extenso poema. 

La película atraviesa todos los peligros de un cine reflexivo y lírico: la pretenciosidad, la acumulación de símbolos innecesarios, las especulaciones metafísicas. Terrence Malick cae más de una vez en esas trampas. La minuciosa ebriedad de su visión le permite erguirse de nuevo y seguir.

También se apoya en el libro de Job (otro poema): Dios envía moscas a las heridas que debería curar. 

Los justos sufren, los injustos son felices. Cumplir con una moral no es suficiente para ser feliz, nada lo es. 

Una misma palabra sirve para el horror y para la alegría.

El mundo se desmantela, agoniza y renace cada jornada. No esperes justicia del azar. No esperes otra ley que la ausencia de leyes.

Malick solo nos entrega su plegaria, cuya única fe es la belleza.


1 comentario: